<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8078533061348186049</id><updated>2012-02-16T16:58:01.645-08:00</updated><title type='text'>Esquemas del abismo</title><subtitle type='html'>Marcelo Zamboni
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    Ideas</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://barderlute.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>LuTe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16283436852338003349</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_s7vDVnVW7YU/SbvKVmd7bMI/AAAAAAAAAAM/qwT4loIYoDA/S220/san+jorge+14.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>9</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8078533061348186049.post-6241739580393649226</id><published>2009-01-31T08:15:00.000-08:00</published><updated>2009-03-14T09:39:39.247-07:00</updated><title type='text'>El sueño de la razón. Marcelo Zamboni. Novela. Mención de Honor. Premio la Nación de novela 1998</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;strong&gt;El sueño de la razón&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al doloroso trato de la espina&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;al fatal desaliento de la rosa&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;a la acción corrosiva del tiempo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miguel Hernandez&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Soneto Final)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 29 días del lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy cerré la puerta de mi casa en el zoológico de la ciudad de Buenos Aires, dentro de ella está mi clasificación de insectos, la colección de tapices indígenas, los papeles de las muchas conferencias que di sobre los Andes o la Patagonia, mis maquetas sobre las jaulas o el hábitat que debieran tener mis animales, el plano del gran lago artificial que proyecto para albergar a mi monstruo. Desde el coche que me lleva a la terminal de trenes miro estas calles por las que camino desde mi juventud y que conozco de memoria. He pensado mucho, en los últimos días, sobre este viaje que inicio, pero hice tantas locuras a lomo de caballo atravesando este país, que no sé si soy el más calificado para valorar lo que significa traer esa criatura a Buenos Aires, una ciudad, que como todo el mundo sabe, está llena de criaturas locas. Nuria es una de ellas. La mayoría de la gente opina que yo también lo soy, y debe ser esa gente la que forma parte de la multitud que se ha reunido para ver salir la expedición y que enlentece el paso de mi automóvil y le impide al chofer maniobrar con facilidad para estacionar. La terminal está llena de bote a bote y no cabe ni un alfiler. Una banda musical arranca con una melodía alegre, casi circense, y aquí y allá, se ven carteles que se elevan sobre las cabezas. “Dejen a los monstruos en paz”, “Onelli es un monstruo”, “salvemos a las especies”, “Dios ama a los monstruos”. No solo se hace difícil bajar del vehículo por la cantidad de trastos que llevo sino también por la ansiedad de los reporteros que se aprietan contra las puertas a la espera de obtener alguna primicia. Onelli, aquí, ¿cómo va a sacar al monstruo del lago? ¿qué va a usar de carnada? Quiere saber el reportero de La Nación. ¿Es verdad que el monstruo se alimenta de hombres? Pregunta el corresponsal del Heraldo de Londres. Si, le contesto mientras abro la puerta, lo empujo y me acomodo los anteojos, se come a los hombres y a sus sueños. ¿El monstruo es mamífero? ¿es pez? ¿Cómo va a hacer para traerlo a Buenos Aires? ¿No cree que es sólo un cuento para asustar a los niños que se están por dormir? No tengo ganas de contestar más. Tensigg ha visto mi llegada y se ha abierto paso entre la gente para ayudarme con mi equipo. ¿Ahora entiende por qué quiero ir con usted? me dice, mire esta multitud. Les interesa ver nuestra sangre, le contesto, un entretenimiento, algo raro, algo que no tienen en sus casas, algo que los aleja de la mortal monotonía, esperan ver nuestros cuerpos entre las fauces del monstruo. Tensigg agarra alguno de mis bultos y sonríe. Me hace gracia la ropa que trae puesta, pero es británico y ya se sabe lo que es el gusto inglés para vestir. Tal vez crea que salimos a perseguir zorros por la campiña de Liverpool en vez de ir a la caza de un monstruo lacustre. Mientras manos me palmean, tocan y empujan, atravesamos el gran Hall de la estación y llegamos hasta el andén donde está Guisset que lucha sin descanso contra cacerolas, cordajes y otros enseres. Vamos a ver cuántos de estos van a estar para recibirnos, dice Guisset que deja sus cacerolas por un instante y ayuda a Tensigg. Miro al público que se agolpa contra las rejas del andén, tiene la mirada de los que sienten hambre y observan tras los cristales la actividad el salón comedor. Siento que me miran con esa piedad reservada para los insanos, para los que se largan a perseguir fábulas infantiles. Pero me conozco, enamorado de las descripciones que Julio Verne hizo de la Argentina en “Los hijos del Capitán Grant, crucé el Atlántico cuando era un muchacho y todo lo que encontré superó lo que había imaginado. La Argentina es un experimento de Dios, cuanto loco anda suelto por el planeta en busca de sueños, viene a este país. Llegan de todas partes, Sheffield vino de Norteamérica, Tensigg vino de Inglaterra, yo de Italia. Tensigg y Guisset, que subieron al vagón y se instalaron, están asomados a la ventanilla y me llaman. Voy a hundirme en la profundidad de ese lago a mirar las pupilas del monstruo. Lo voy a sacar de esas aguas y lo voy a traer a Buenos Aires.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tren deja la estación. Busco en el bolsillo la carta que envió Sheffield y releo las palabras que me sacaron de la realidad y me tienen junto a este abismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi nombre es Martín Sheffield. Nací en Norteamérica y soy sheriff. La persecución de unos forajidos me detiene desde hace meses en los desiertos y montañas de su país. Un par de noches atrás, acampé a orillas del lago Puelo. Muerto de hambre, cociné una liebre. Después, el alcohol y el sueño me derribaron. Me despertó un ruido de ramas. Era madrugada. Va a pensar que estoy loco y es así. Una especie de enorme caracol, de cuello muy largo y flexible, de color gris oscuro, surgió entre los alerces. La cabeza era diminuta en comparación con el cuerpo- de siete a nueve metros de largo- Llevaba un animal entre las fauces. Giró el cuello, dejó caer el animal y avanzó con paso inseguro, impulsándose en patas o aletas. Se detuvo a centímetros de mi cara. Su mandíbula cerca de la mía. Muerto de miedo, sentí que era absurdo morir así, a manos de una bestia prehistórica. Entonces sucedió algo. Me miró. Ignoro cuanto tiempo pasó. En sus pupilas vi una imagen que no me atrevo a contar. Estoy loco, tengo miedo. El monstruo emitió un sonido parecido al suspiro, se volvió, recogió su presa, se deslizó hasta la orilla y desapareció en las plácidas aguas del lago. Entonces, me arrastré hacia atrás. Usted recibe esta carta en su querido zoológico ¿Se imagina qué atracción? Vendría gente de todas partes del mundo para verla. Me vuelvo a Norteamérica. Hay cosas que, después de haberlas visto, hacen intolerable seguir. Tal vez sea inútil pedirle que rompa esta carta, que olvide lo que he escrito y que no me eche culpas. Cada uno persigue su sueño. El mío, es una mujer que olvidé en Medellín y a la que voy a ir a buscar. Una vez más, le pido que me perdone.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guardo la carta. Este Sheffield... “Una especie de enorme caracol... Una imagen que no me atrevo a contar...” ¿Qué vio Sheffield en las pupilas del monstruo? ¿Qué es lo que voy a buscar? Busco en la valija. De entre un manojo de sobres atado con una cinta, saco otra carta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me siento enamorada de usted como jamás recuerdo, como jamás lo estuve, ni aún cuando me enamoré de usted, hace ocho años. Nos creíamos épicos ¿sabe? Eramos jóvenes ¿Qué nos pasó? No hago otra cosa que recordar el domingo en que nos vimos en el Botánico. Hacía años que no lo veía. Me invitó a tomar asiento cerca de los Primeros Fríos y, sin dar tiempo a nada, me besó. Días después, tuvimos nuestra única noche de amor. Lo amo, Onelli. Amo sus ojos, sus manos, sus canas. Siempre lo amé. Dijo que estaba hermosa. Se equivoca. Estará más enamorado que yo. Tengo miedo. Dijo que no quiere perderme. Yo no lo quiero perder. Dijo que voy a ser suya para siempre. Me alegro, porque sin su amor me muero.&lt;br /&gt;Tengo las cartas que me dejó. Tiene las cartas que le di. Ábralas el día en que están fechadas. En esas líneas, se enterará dónde estuve estos años en los que no hice otra cosa que esperarlo. No me culpe. Fui suya siempre: cada día que pasé por delante del zoológico. Cada vez que pensé que estaba adentro.&lt;br /&gt;Ahora viaja en ese tren que lo lleva al desierto que ama más que a mí. Onelli: está loco y lo amo. Traer el monstruo del lago. Qué extraña manera de declararme su amor. Tan extraña, como los pasos que dimos para volver a encontrarnos.&lt;br /&gt;Sheffield es un borracho y está alterado como usted ¿Qué vio en las aguas del Puelo? Vapores del alcohol. Qué país de mareados, locos, soñadores.&lt;br /&gt;Va a cruzar el desierto, los bosques, y va a sacar a ese monstruo para mí. Le voy a decir algo: su viaje es una excusa. El único monstruo está dentro de usted. Pregúntele a él, los motivos por los que estuvo lejos.&lt;br /&gt;Sé que no va a volver hasta que lea mi última carta. Mis líneas y las suyas medirán nuestro tiempo. No pretendo ser original. Nadie lo es. No sé qué más decir. Me queda por resolver mi exilio en esta casa, y a usted, el suyo en el zoológico. Tengo la foto que salió en la Nación. Tengo sus cartas. Tengo la vida para esperar. Tengo este amor que me aterra. Estoy enamorada de usted como jamás lo estuve, como no recuerdo haberlo estado, ni siquiera cuando me enamoré de usted para siempre. Y se lo voy a recordar cuantas veces sea necesario. Ahora, vaya. Haga lo que siente. Tráigalo vivo o muerto. No me importa. Pero vuelva, porque sin su amor me muero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Doblo la carta y saco del sobre la foto de ella: los ojos claros y alegres, la sonrisa amplia, los pliegues a los costados de la boca, un lunar en la mejilla, las cejas gruesas, las pestañas largas. Suspiro y guardo el manojo de sobres. Guisset me observa en silencio. Tensigg anota ¿Qué escribe en su cuaderno? Miro mis botas sucias de tantos viajes. Toco el 38 en mi cintura y anoto en mi diario: yo también estoy enamorado de usted como jamás lo estuve, ni siquiera hace ocho años, cuando me enamoré de usted. Cruzo el desierto, por última vez, para sacar al monstruo del lago y ofrecérselo. Y tiene razón: viajo para descubrir al verdadero monstruo. El que tuvo miedo de quererla.&lt;br /&gt;Dejo el diario. El tren se interna en la Pampa y hace leguas y leguas de trigales. Al mediodía el vagón es calor y polvo. Guisset, que durmió varias horas, se despierta. Converso con Tensigg. Le digo que alguna vez soñé con cruzar en caravana el desierto de Gobi, andar a pie por la Manchuria, trepar el Himalaya y recorrer los mares pero no hice nada. Todo hombre tiene un único sueño y un rompecabezas, contesta. Su sueño es sacar al monstruo del lago y llevarlo a Buenos Aires. ¿Cuántos hombres hicieron eso? Olvídese de Europa, China o África, preocúpese nada más que por esa criatura. Por eso lo acompaño. No todos los días se ve a un hombre alcanzar su sueño. Su rompecabezas es más complejo, agrega. Sacar el monstruo y llevárselo a Nuria representan varias piezas pero no parecen todas. Son muchas. Sin embargo, intuyo que falta alguna. Por eso lo acompaño. En alguna parte de la Pampa o del desierto o de los bosques, está la pieza que falta. Debemos ir atentos. Podría estar en este tren, en las nubes, en un arbusto, la luna, dice Tensigg. Permanecemos callados un rato. Después saca su cuaderno y mientras mira el paisaje, anota. Creo que Tensigg, subido a un sueño disparatado y ajeno, está más loco que yo.&lt;br /&gt;Paramos en algunos pueblos y bajo a estirar las piernas. Cenamos temprano. Tensigg se acomoda contra la ventana y se duerme enseguida. Guisset se preocupa por mi dolor de cabeza y mi insomnio. Le digo que se tranquilice, que voy a encontrar con quien hablar. Y lo encuentro: cerca de medianoche y mientras todos duermen, recorro varios vagones. En uno de ellos me detiene un individuo cuyo rostro queda oculto por la oscuridad. La brasa de un cigarro lo ilumina a intervalos pobres. Sólo un idiota creería su historia del monstruo, Onelli, dice. Sé que va en comisión por asuntos limítrofes. Tenga cuidado. Son viajes llenos de peligros y accidentes. El tono de su voz es porteño. Aplasta la brasa y desaparece en el vagón.&lt;br /&gt;Tiene razón: este viaje es más peligroso de lo que supongo. Tengo veintinueve días para descubrir quien soy y sacar al monstruo del lago. Tengo veintinueve días de vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 28 días del Lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me vuelven las palabras del porteño. Cabalgo sobre un viaje peligroso y tener los días contados es desesperante. Vuelvo al vagón donde todos duermen y me dejo caer en el asiento. No duermo. Tengo dolores que trato de calmar con el contenido de algunas botellitas. Eventualmente, echo mano al Veronal para controlar mis demonios. Lucho contra el sueño pero sufro de antemano su derrota. He pensado ser otro pero estoy resignado a vivir con este cuerpo.&lt;br /&gt;Varias veces espío el reloj durante la noche para controlar el paso del tiempo. Leo otra vez la carta de Sheffield y la de Nuria. Sheffield está loco, Nuria está loca, yo estoy loco. Sheffield me deja su visión monstruosa y se va feliz a Medellín y a Norteamérica. Nuria y yo, volvemos a nuestro amor y parto a sacar una criatura lacustre como ofrenda de esa pasión. Pero Nuria es inteligente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Hoy es un día terrible, Onelli. He peleado contra su recuerdo todo el tiempo. Amanecí buscando sus ojos cerca de mí y no dejé de hacerlo. Ni una señal. Usted atrás del monstruo, y yo, huyendo de él. No lo entiende, Onelli. Quiere encontrar una fantasía en medio del lago ¿Cuál es la realidad? En la mía, el monstruo que es usted, me toma por la espalda y me aprieta la garganta.&lt;br /&gt;No me mate, no me lastime. Me duele no tenerlo.&lt;br /&gt;Es un día terrible. Cada vez que lo veo y vuelvo a sentir que estoy viva, usted me deja. Lo amo y soy suya.&lt;br /&gt;Suya, inútil y eternamente.&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta mujer ha visto detrás de mis pupilas el encierro de otra criatura. Que Dios se apiade de mí. Sea como fuere, con monstruo o sin él, nuestra vida no podrá ser la misma después de habernos visto.&lt;br /&gt;Tensigg y Guisset desconocen mis órdenes de establecer contactos con los comisionados Hauchter y Steffandrini, que desde hace varios meses están explorando valles, morenas, lagos y picos cerca de las fronteras.&lt;br /&gt;Empieza a clarear. Me levanto. Tensigg ronca sin piedad y Guisset tiene la palidez y la inmovilidad de un cadáver. Cruzo el vagón y me acerco a una de las puertas. Quiero respirar aire puro. La noche ha dejado los trigales atrás y ahora están estos arbustos achaparrados y grises. Miro hacia todas partes y veo que estoy solo. Nadie se mueve en los vagones. Me tomo de los pasamanos para aspirar el aire frío de la mañana. Algo contundente me golpea la espalda y me hace trastabillar hacia adelante. Me sostengo con fuerzas del pasamanos mientras mi cuerpo, en el vacío, choca contra las paredes exteriores del vagón. No voy a aguantar. Las ruedas del tren me van a convertir en alimento para pájaros. Una mano, como garra, sujeta mi brazo. Fuerza, dice y me arrastra hacia el piso del vagón. Resoplo, la fatiga me impide darle las gracias. La gente sigue durmiendo en los vagones. Me asomé demasiado, digo. Un chambergo de ala ancha oculta su cara. Sólo veo sus garras de animal. Estos viajes son mortales, mi amigo. Basta un desequilibrio en el terreno, en el tiempo o en la comida para que uno pase del otro lado. Basta que lo venza el cansancio para que se duerma y quede a merced de lo incierto. Uno se mete por picadas que abre a machete y qué encuentra: abismos y una nada que lleva al miedo. Usted persigue a un sueño infantil muerto de miedo y a su vez lo persigue alguien que quiso empujarlo ¿no? El miedo persigue al miedo, dice. Gracias por salvarme, ironizo. No lo salvé, contesta, quise que sintiera el miedo de pensar que la próxima vez, no voy a estar para ayudarlo o que tal vez sea yo el que lo empuje hacia el vacío.&lt;br /&gt;El individuo se endereza y se desdibuja en la penumbra del vagón.&lt;br /&gt;Me sacudo, me pongo de pie y vuelvo al asiento. El tren baja la velocidad. El sol está más alto. Un puente se extiende delante de mis ojos. El río Neuquén. Fin del viaje en ferrocarril. Comienzo de la cuenta regresiva. Tengo 28 días de miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 28 días del Lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los tipos con los que me crucé en el tren van a hacer que empeore mi insomnio y el dolor de cabeza. Son bravos. Me podían haber asesinado y, sin embargo, el de las garras, evitó que cayera a las vías.&lt;br /&gt;Es difícil cuidarse de todo: los peligros del desierto o los abismos, los indios, de mí. Tengo las cartas de Nuria, tengo a Guisset y a Tensigg, tengo mi sueño. También tengo una voz dentro de mi cabeza, que no hace otra cosa que enfermarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Usted es mi viento y mi arena, Nuria. Le voy a contar secretos: Ya en Buenos Aires, mientras preparaba mi expedición, el ministerio, a través de algunos de sus hombres, detectó gente que me seguía y espiaba. Hay demasiados intereses políticos territoriales y no debemos perder ni un kilómetro cuadrado de este país. El Ejecutivo no tiene pruebas contundentes para detener a esos hombres. Piensan que tratarán de evitar, por todos los medios, aún el asesinato, mis contactos con las comisiones. Me informaron acerca de cuatro espías: Rodríguez, un milico corrupto de nuestro ejército, salió de Buenos Aires para matarme. Dicen que cree en la Patria, la religión y esas cosas, que no entiende de libertad, amor y sueños. Problemas de él y su rompecabezas, Nuria. Sigue Aguirre. Informan que su rostro es brumoso y que tiene garras, que no cree en los límites de la locura y sus extravíos. Sí en unos roñosos billetes que nunca compran nada. Me informan de Yáñez, un chileno que defiende fronteras que desconoce. El último que viene atrás de mí con su caballo alto, negro y muscular es Valdez, otro chileno. Lo señalan como peligroso. Han visto el desprecio en su mirada. Describen su estatura como descomunal. Dicen que sólo cree en la brutalidad. Espero que las aguas del lago me salven de tanto asesino.&lt;br /&gt;Usted es mi viento y arena, Nuria. Guisset es incondicional. Se encarga de mis cosas. Se preocupa por cómo me alimento, por mi insomnio, por qué remedios tomo para mi dolor de cabeza, por los momentos en que ando por ahí y no sabe en dónde estoy. Por el silencio que flota a mi alrededor en el desierto o en los bosques y Tensigg anota, Nuria. Guisset se preocupa porque vivo en las sombras. Se asusta de que se me llegaran a romper los anteojos. Fuera de su control, tomo ginebra y hasta fumo cigarros. Guisset vigila mis medicinas para que no tome demasiado. Sabe que mis dolores de cabeza me vuelven loco y me hacen cabalgar con toda mi locura. Vigila el Veronal de mi insomnio. Estas drogas, Nuria viento y arena, son la única ayuda que tengo en el vacío de este desierto y esos lagos extranjeros. No creo que Guisset duerma durante mi insomnio. Cierra los ojos pero está allí, me cuida hasta que ve que tomo el Veronal para dormir algo. Qué decirle cuando me mira escribir como un poseído. Escribo palabras que luego no puedo entender. Daría cualquier cosa por ser una persona común. Alguien no perseguido por tormentas, sombras y perros.&lt;br /&gt;Usted es mi viento y arena, Nuria. Con Tensigg tenemos nuestra conversación de señoras viejas. Tan inglesa y porteña al mismo tiempo. Hablamos de los sueños y los rompecabezas. De que los hombres, que pasan rápido como sombras, no deben detenerse hasta alcanzar lo que sueñan. De que los hombres, que pasan rápido como nubes, deben juntar las piezas del rompecabezas de su existencia. No me animo a preguntarle a Tensigg qué es lo que ocurre cuando un hombre completa su rompecabezas. No me animo. Pasamos como naves y es todo tan rápido. Tensigg me pregunta sobre el monstruo del lago y de otros lagos. Me habla de Escocia y del lago Ness, de Noruega y del lago Suldal, de Islandia y del Skrimsl, de Suecia y del lago Storsjö. Me cuenta del lago Ree, en Irlanda, donde un sacerdote, por medio de la palabra de Dios, salvó a un nadador de ser devorado por un monstruo. Me habla de eso y de lanas, ferrocarriles, saladeros, barcos, vías navegables, rutas al pacífico, límites con Chile, Paraguay, Bolivia y la Banda Oriental. Habla y anota en su cuaderno con esos dedos de araña ¿Qué anota, Nuria?&lt;br /&gt;¿Cómo definir con una palabra lo que siento por usted? Si supiese esa palabra, no la diría. Sólo sé que usted es mi viento y arena, Nuria. Porque su amor me persigue por todas partes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al bajar del tren, la estepa patagónica se extiende ante nosotros como el lomo de una enorme criatura. Algo capaz de devorar nuestros cuerpos y escupir los huesos hasta que algún otro quijote, lanzado a alguna temeraria aventura, los encuentre. Cuando encuentro restos de los que pasaron antes que yo, pienso en tantos sueños truncados, tanta pasión que se consumió, tanta desdicha. Sólo perdura lo que hacemos. Es humillante que el temor frustre nuestros deseos. Nada es más penoso que soñar y no animarse a vivir. Todo es ilusorio y sin más objeto que el paso inútil del tiempo. Tengo este reloj adentro de mi cuerpo que me habla del tiempo que se le otorgó a Onelli para vivir. Este reloj no para, es implacable en su puntual conversación. Es necio, no entiende razones y repite siempre lo mismo: El único tiempo inmortal es aquel en el que transcurren nuestros sueños. No hay que detenerse. Detenerse es caer prisionero de la mortalidad. Entonces, sigo con mi sueño de amor lacustre.&lt;br /&gt;Es un día de negocios y preparativos. Con 37 grados y seguidos por moscas y tábanos nos encaminamos a lo de Sanabria. Una pocilga infecta de techo de totora. Sanabria tiene lo que hace falta: caballos y alimentos. Me recibe sin sorpresa y con gesto preocupado. Supongo que la noticia de mi viaje me habrá precedido. Mientras Guisset recorre el almacén y Tensigg examina unos rifles, Sanabria me lleva aparte. Preguntaron por usted, dice ¿Cuántos? Dos, chilenos. El primero hace tres días. El otro, ayer. Dijeron ser amigos suyos, que lo habían conocido en otros viajes. Que ya se encontrarían. Una vinchuca que ganaría cualquier premio en una exposición de insectos, cae sobre el hombro de Sanabria. La aplasta sin mirar. Las gotas de transpiración le bajan por la frente. Preguntaron qué había de verdad en todo lo que se decía de usted, sigue. Les dije que todo era verdad. Uno se rió. El otro me miró fiero. Se llevaron caballos de los buenos. Pagaron bien. Cuídese, Onelli. Hay mucho loco suelto. Le agradezco la noticia y le pago por tropilla y conservas. Nos ofrece un par de piezas y unas indias pero las rechazo. Guisset y Tensigg salen cuando Sanabria me hace el último comentario. ¿Así que a la caza de un monstruo? Lo miro serio. Por las dudas, no se mire en un espejo, Sanabria. Podría encontrar cosas increíbles. Cualquier excusa es buena para vivir, contesto y me voy.&lt;br /&gt;Acampamos al reparo de unos pilones del puente, donde está más fresco. Guisset se las ingenia para preparar un guiso que comemos con un hambre feroz. Después de comer, Tensigg da vueltas por allí. Examina los arbustos como si fueran prendas de Gath y Chaves y anota en su cuaderno. Guisset limpia todo y se dedica a ordenar los bultos. Yo saco cuentas simples: Rodríguez, Aguirre, Yáñez, Valdez: Cuatro con un solo objetivo: matarme.&lt;br /&gt;No tengo tiempo para morir.&lt;br /&gt;Sobre la caída del sol aparece el dolor de cabeza. Me aprieto los ojos y Guisset me pasa una botella cuyo contenido apenas me alivia. Cenamos. Será cuestión de llegar al sueño a través del Veronal.&lt;br /&gt;A tratar de dormir. Fue un día de calor, moscas y de una angustia que me sopló todo el tiempo al oído: Sólo se hacen cosas por amor, Onelli.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 27 días del Lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lucero aparece y anuncia la madrugada. El Veronal ya no tiene efecto. Guardo el revolver y el espejo, y camino por la barranca y el río. Examino unas piedras de la orilla y veo la primera sombra. Se levanta contra la hora rosada, sin rostro, sin límites, como hecha de nada. La miro y parece estimularse. Baja el montículo y repta hacía mi. Ondulante, imprecisa. Cuando está a unos metros, llevo mi mano al 38 y escapa. Giro buscando otra, pero no veo ninguna más. Guardo el arma y vuelvo. El sol sube lento. Despierto a Guisset y a Tensigg, tomamos mate y galletas, y seguimos viaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;No tengo qué reprocharle. En todo caso, el único que se reprocha por lo que ocurrió, soy yo. Usted no imagina ese anfiteatro colmado por el público, en el que pronuncié aquella conferencia hace ocho años. Lo único que vi, fueron sus ojos. No recuerdo de qué hablé. No creo que importe. La conferencia fue un pretexto, un paso del destino que me acercó a usted. Todavía oigo los aplausos. El auditorio encontró en mis palabras algo que creyó que iba dirigido a él. Cualquier palabra que dije, fue para usted.&lt;br /&gt;No tengo qué reprocharle.&lt;br /&gt;Sentí palpitaciones cuando se acercó mientras el público se retiraba. Se quedó mirándome ¿qué quería?&lt;br /&gt;Le miré el color de sus ojos, sus pupilas dilatadas y me enamoré. No supe qué decir, no supe qué hacer.&lt;br /&gt;La tomé del brazo y le pedí que nos fuéramos.&lt;br /&gt;Cruzamos las calles y nos detuvimos a tomar algo frente a una mesa del Tortoni.&lt;br /&gt;La escuché y ya no quise irme de su lado. Recuerdo el instante en que me adelanté hacia sus labios y la besé. Su mirada estaba perdida. Horas más tarde, la acompañé hasta la esquina de la casa de sus padres.&lt;br /&gt;¿Qué pasó después? El tiempo nos engañó, Nuria. Nos prometió el Paraíso pero nos cubrió de miedo y desencuentro. El tiempo nos maldijo. Pidió que nos amáramos sin el cuerpo. Nos puso a prueba: Si nuestro amor era verdadero, iba a ser capaz de durar ocho años. Sólo entonces, nos tendríamos físicamente el uno al otro. Fueron años imposibles. Años de pensar en su boca, sus ojos, su voz. Años de rememorar el único beso. Años de no saber cómo hacer para tenerla conmigo. ¿Y usted? ¿Por qué estuvo lejos de mí?&lt;br /&gt;Ocho años después, la llamé y nos encontramos en el Jardín Botánico. Allí estaba, como un milagro, nuestro amor intacto. Cayó la maldición y fuimos uno del otro.&lt;br /&gt;No tengo qué reprocharle, Nuria.&lt;br /&gt;Acaso deba reprocharme por el largo exilio al que, inútilmente, me entregué.&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las diez el termómetro marca cuarenta grados y trombas de arena vienen en remolinos desde el norte. Nos siguen. Una polvareda detrás de nosotros lo confirma. Se la señalo a Tensigg pero dice que solo ve las ondulaciones del calor. Guisset se encoge de hombros. Al rato nos envuelve un manto de granizo seco. Los caballos no quieren seguir y paramos a descansar. Nos cubrimos la cara con trapos y tenemos los ojos apenas abiertos. EL viento de arena no nos permite hablar. Somos penitentes en silencio. Otra sombra surge detrás de Tensigg y se alza amenazante. Saco el 38 ante el sobresalto del británico que gira para ver polvo. Guardo el arma y lo tranquilizo. La ginebra hace estragos entre los indios, digo, y los indios están por todos lados. Tensigg se calma y habla de la mala planificación de la campaña al desierto. Dice que todo hubiera sido diferente si en lugar de ginebra se hubiese llevado a cabo con Whisky escocés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;¿Usted me besó en el Tortoni, Onelli? Luego del Tortoni, nos quisimos despedir. Me tomó del brazo en un gesto dominante que los dos sabíamos que no era de amistad, hizo que girara mi cuerpo sin violencia pero con determinación y me besó. Tiene que creerme: fue la primera vez que un hombre me besó. Fue la primera vez que un hombre me trató como una mujer. Tuve miedo, Onelli. Lo que sentí después de ese beso no lo había sentido antes y no lo sentí más. Usted se apartó pero continuaba besándome. Me toqué los labios porque sentía sus dientes. Lo que vio en mi cara, fue la ternura. Lo amé tanto. En aquel momento, en esa despedida, empezó el pánico ¿Qué pasó después? ¿Cómo manejar lo que usted me había provocado? Si un beso había sido capaz de tanto ¿cómo imaginar lo que me haría padecer el hecho de que me tocara, pusiera una mano sobre mi espalda o mis muslos? ¿Cómo iba a poder contra usted? Hace ocho años, tuve miedo y me fui. No sé si entendió que cada vez que lo busqué, fue para decirle que lo amaba. No lo dije ¿era necesario? ¿No bastaban mis gestos, mi cara, mis ojos? Veo que no. Lamento no haberme dado cuenta. No tenía la capacidad de poner en palabras que lo amo, Onelli, que lo amaré siempre ¿Sabe qué lo hace único? La acumulación de tantos recuerdos que no puedo tolerar. Ese beso, nuestro encuentro en el Botánico y pasar una noche con usted. Esa noche fue superior a la sensación física del beso después del beso. Nos separamos y siguió dentro de mí, por las calles, al entrar en casa, en mi ropa, mientras besaba a mis hijas. Siguió conmigo a la hora de la cena y después, cuando quería leer y las palabras se movían. Es más de lo que puedo tolerar ¿Cómo evitar los suspiros? ¿Cómo evitar sentirlo dentro? Cómo evitar el deseo de morderle el hombro y dejarle una marca de mis dientes. Su presencia física me altera, Onelli. Qué voy a hacer, Dios mío ¿Y usted? ¿Por qué estuvo lejos? Ahora persigue monstruos por los lagos del Sur. No sé qué voy a hacer en esta casa, con esta sensación permanente de sentirlo dentro de mí. Ya no quiero vivir, se lo juro. Ya no puedo vivir. No puedo manejar esto que siento. No sé qué voy a hacer, no sé cómo voy a hacer. Me encantaría olvidar que esto ha ocurrido. Usted jamás me besó, jamás me vio el domingo antes de su partida, jamás pasó una noche conmigo. Jamás estuve tan enamorada de un hombre como lo estoy de usted, hasta el punto de tener la sensación física de sentirlo conmigo, en mis manos, mi boca, dentro de mi cuerpo. Tengo su olor y me quiero morir en serio, Onelli.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las trombas de arena pierden fuerza y nos permiten abrir los ojos. Decidimos seguir la marcha. Llegar al agua tranquilizará a los caballos. Un par de horas después, alcanzamos la Laguna del Toro y sus sauces. La tormenta vuelve con sus remolinos de viento y arena. Guisset se entretiene en una lucha despareja con la tierra y los bultos. Tensigg saca su cuaderno y toma notas. Camino por el borde de la laguna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Esté tranquila, Nuria. Me gustaría oírla para saber que no estoy loco, que existe y está afuera. Tengo su voz dentro de mi cabeza. Entienda lo que le voy a decir: la amo, la amé y la amaré para siempre. Soy un monstruo desgraciado que se va a juntar con el resto de la banda. Piano, violín y flauta. No sirve ni para un tango, Nuria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suyo y sobre usted,&lt;br /&gt;naturalmente,&lt;br /&gt;Onelli.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las ráfagas ceden y la tormenta se acaba. Una polvareda a lo lejos trae anuncio de jinetes. Los que me siguen no son idiotas. No van a atacar mientras esté con mis amigos. Van a esperar el momento preciso. El momento en el que esté solo. Vuelvo al campamento. Vamos a hacer noche acá. Se viene la hora de las sombras, digo y acaricio el 38.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 26 días del lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vuelvo despacio por el borde de la madrugada. El espejo, dentro de mi bolsa, pesa como un abismo en cuyo fondo una criatura lacustre recorre las aguas con sensualidad. Algún día caeré dentro de él para buscarme. Algún día miraré con mis ojos los ojos del destino que me está señalado. Pero tantas promesas que me hago pueden ser el presagio de una pieza faltante. Esa pieza elusiva podría estar inmersa en vaya a saber cuántos días, meses, años, décadas, vidas. Podría estar en cualquier parte del desierto que pasé o en el fondo de un lago que no voy a ver.&lt;br /&gt;No puedo más. Nadie sabe lo que es no dormir noche tras noche. Nadie conoce la forma en la que el dolor de cabeza borra estrellas. No quiero vivir. Voy a limpiar mi 38. Su tambor no debiera tener más razones que las que impongo. Maldigo su desobediencia. Tensigg y Guisset no resucitan. Murieron anoche, en medio de la tormenta y allí están. Roncan. El primer rayo de sol ilumina unos arbustos. Remuevo brasas que humean y pongo agua a calentar. Un mate y galletas me van a hacer pensar en otra cosa. En vivir, por ejemplo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Si le dijera que cada palabra, gesto, movimiento de sus ojos y sus manos, la forma que tiene de sentarse, la curva de su espalda o el color de su piel, los anoté con detalle en una libreta que conservo ¿me creería?&lt;br /&gt;Si le dijera que todo lo que conversamos aquel día, hace ocho años en el Tortoni, lo que ocurrió alrededor de nosotros mientras nos mirábamos, toda frase que escuché de sus labios o usted escuchó de los míos, la recuerdo ¿me creería?&lt;br /&gt;Si agregara que sé el mínimo detalle político, social, cultural, religioso, educativo, que ocurrió ese día en Buenos Aires ¿me creería?&lt;br /&gt;Si dijera que aquella tarde hace ocho años, en el Tortoni, perdí el mapa del único sitio de la tierra que quería explorar ¿me creería?&lt;br /&gt;Si dijera que hay días fatales en los que todo se resuelve a cara o ceca, días en los que basta una mirada para terminar con todo ¿me creería?&lt;br /&gt;Le digo que tengo días fatales.&lt;br /&gt;No soy cualquier hombre.&lt;br /&gt;Crucé Los Andes. Acompañé a Moreno, peleé contra indios borrachos que pretendían volver al campamento a decir que habían matado a Onelli. Me atraparon ríos, persiguieron aluviones. Estuve frente a los ojos del puma y del jabalí. Nunca sentí miedo.&lt;br /&gt;Si dijera que desde ese día fatal del Tortoni, tengo este miedo que me acecha desde el olvido ¿me creería?&lt;br /&gt;Créame. Sus ojos siempre me llevaron al borde de este abismo, al límite entre este mundo y el otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Saco la calabaza, echo yerba y agua. El mate me reconforta. Otro amanecer, otra jornada por delante, un día menos para llegar al lago. Me pregunto si viviré para recordar este tiempo, qué ocurrirá cuando entre triunfal en Buenos Aires y la gente señale y grite al desfile de monstruos. Qué ocurrirá. Guisset se mueve, se despierta y se rasca la cabeza. Me mira y decide salir de su saco. Observa el horizonte, dice que es una suerte que haya pasado la tormenta y se acerca a tomar mate. Nuestra conversación sobre el territorio que vamos a cruzar, despierta a Tensigg que se despereza y se sienta a esperar su turno. Comemos galletas hasta que se termina el agua de la pava. Preparamos las cabalgaduras y trotamos hacia el sudoeste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;No es fácil vivir ¿Quién puede hacerlo? ¿Usted cree que alguien puede? ¿Que la vida es tolerable?&lt;br /&gt;No es fácil ir por la calle, saludar a la gente, entregarse a lo de todos los días ¿Usted cree que vivir es fácil?&lt;br /&gt;Dígame: ¿Hay alguien capaz de vivir?&lt;br /&gt;No sé qué hace el resto del mundo, no tengo la menor idea de cómo hace la gente.&lt;br /&gt;Pero, sin usted, no puedo vivir. Sin usted, me muero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marchar el día entero a través del desierto es mortal. Uno ve en el aire las formas que el calor levanta de la tierra hacia el horizonte de temblores. El sol sube con velocidad de enorme caracol en medio de un paisaje inmutable. Varias veces durante la marcha miro hacia atrás. No veo jinetes ni sombras. Sólo las miradas que Tensigg cruza con Guisset. Sólo el exacto dolor de cabeza que me cruza la sien sin parar. Guisset pone su caballo junto al mío y me da una botellita cuyo contenido bebo. Soy esclavo de esta cabeza y de todo lo que en ella sucede. Estoy bajo su imperio y su falta de misericordia. Cruzamos la mañana de sol con el acompañamiento monótono de los cascos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Es tan difícil el silencio. Es una cárcel que encierra y tortura. No tiene ventanas, no tiene puertas ni carceleros con los que matar el tiempo.&lt;br /&gt;Es materia ausente, es algo sin memoria, son cosas que decirle.&lt;br /&gt;Es una cárcel de sombra y extrañeza.&lt;br /&gt;En esa cárcel me quedé encerrado el día aquel en el Tortoni.&lt;br /&gt;Devuélvame la llave. La tiene, desde el día que vi sus ojos y me enamoré.&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al mediodía detengo mi caballo y me volteo. Tensigg acerca su cabalgadura y pregunta qué miro. Le señalo la lejana polvareda. En el desierto no hay secretos, saben que vamos rumbo al lago, que llevamos dinero. Cualquier indio se puede alzar con los pesos y habría ginebra para rato, digo. También habría cadáveres, agrega el inglés sin énfasis. También habría tropas del gobierno, estaqueados, violaciones, cárcel. La codicia no mide, contesto. Seguimos la marcha. Tensigg anda pensativo. Grandes nubarrones se alzan hacia el Noroeste. Mire, digo y le señalo a Tensigg las altas nubes. Tensigg se endereza sobre la montura y mira largamente hacia el costado. Los cumulus, negros como aletas, se expanden para rodearnos. Calculo que en media hora el agua estará sobre nosotros. Ojalá hubiera una nube que nos aliviara de este infierno, dice el inglés y se afloja sobre su cabalgadura. Allí la tiene, señalo el cielo y su amenaza blanda y oscura. Tensigg me sonríe y mira a Guisset. Enseguida va a estar sobre nosotros y no hay donde cubrirse, agrego. Tensigg me mira con la bondad de una abuela que trata de entender. Guisset se limita a encogerse de hombros. Sugiero detenernos a comer algo antes de que el aguacero nos lo impida. Hacemos un alto y dejamos que los caballos se sientan libres. Guisset abre latas y prepara cacharros. Me distraigo mirando la inminencia de la tormenta. Tensigg se acerca a conversar pero los bruscos vendavales no me permiten oír lo que dice. Me mira, espera, me vuelve a mirar y me deja solo. Tensigg no sabe lo que es recorrer el desierto cabalgando tormentas o acechado por sombras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Me pregunto qué puedo decir de mí que usted no sepa. Es raro ¿no? Sabe todo. Conoce cosas que ignoro, cosas inconcebibles. Sabe qué constelaciones me gustan y en qué parte del cielo se encuentran. Sabe mi afición por el cinematógrafo, mi amor por Verlaine.&lt;br /&gt;Sabe qué me hace perder el sueño y dar vueltas la noche. Sabe de lo que soy capaz cuando algo me obsesiona.&lt;br /&gt;Sabe de mí cosas inconcebibles, Onelli.&lt;br /&gt;Pero no sabe que frente a usted no sé quien soy.&lt;br /&gt;No sabe que conozco sus hombros de memoria y que, en uno de ellos, me perdí para siempre.&lt;br /&gt;Desde allí, espero que vuelva.&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guisset llama a comer pero no quiero probar la comida. Bajo la mirada de Tensigg me cubro con un cuero y permanezco callado. La tormenta se aleja sin dejar el aire fresco. Después de comer, Guisset pone orden y Tensigg escribe en su cuaderno. Algún día voy a tener en mis manos ese cuaderno. Durante la tarde el calor sigue ondulando el desierto. Tensigg vuelve a hablar de los sueños y los rompecabezas. Está obsesionado. Está loco. Cuando el sol enrojece el horizonte, nos detenemos a pasar la noche. Estoy cansado. Tensigg y Guisset duermen. Veo caer dos estrellas fugaces. Pasa todo tan rápido, como si nada. Mañana será otro día, un intento más y varias leguas menos hacia mi monstruo lacustre. Sería un sueño dormir. Marchar todo el día a través del desierto es como huir sin pausa de peligros invisibles. Es como buscar sin consuelo la pieza faltante de un rompecabezas desesperado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 25 días del lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otra madrugada de espejo que muestra ruidos de monstruo, de bestia voraz. Quisiera ver su mandíbula, sus ojos. Quisiera que el inútil 38 hiciera lo que pido. Pero no. Tambor, cráneo y bala no se ponen de acuerdo y regreso al campamento. Suena un disparo cuyo proyectil hace saltar un pedazo de arbusto. Guisset y Tensigg se despiertan, salen de sus bolsas y miran sin entender. Les hago señas para que permanezcan agachados e inmóviles. Suenan más disparos que pegan lejos. Me voy por un costado y me agacho entre los arbustos. No oigo nada. Pasan los minutos y suena otra descarga. Es un arma vieja, casi inútil. Sigo con mi rodeo hasta que descubro, recostado sobre un montículo, a nuestro agresor. El indio bebe de una botella, se seca la boca con el brazo y apunta como la borrachera le permite. Sin hacer ruido, me paro detrás de él. Le toco el hombro. Se da vuelta y el miedo lo paraliza. Le saco el arma, lo empujo y le digo, en su lengua, que soy el alma de Onelli, que ya está muerto, que se vaya. Escapa corriendo y trepa a un caballo viejo. Vuelvo al lugar donde acampamos. Guisset y Tensigg preguntan si estoy bien. Les doy detalles y les digo que esta noche el indio va a contar al resto de la toldería, y hasta el agotamiento, que mató a Onelli. Me parece bien. Guisset prepara el desayuno y Tensigg consulta mapas. Levantamos todo y partimos. El día sigue con ruido a cascos y sudor de caballos. Más tiempo que se va sin remedio. Pienso que el tiempo fijo que tenemos para vivir es corto. Demasiado corto para empleos municipales, para el ocio de un café entre amigos, para la subsiguiente escena de hogar. Después, otro día idéntico ¿Y la vida? Sólo pide un sueño y un rompecabezas. El sueño es volver con un regalo monstruoso. El rompecabezas son estas piezas y, según Tensigg, falta una ¿En qué consistirá? ¿Será un día y una hora determinada? ¿Será la forma de sacar esa criatura? ¿Será llevarla a Buenos Aires con vida? ¿Dónde está esa pieza? ¿Cómo voy a reconocerla? ¿Cómo voy a encontrarla en el desierto o los lagos? ¿Qué hacer para no perderla?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;La medida de nuestro tiempo son dos promesas.&lt;br /&gt;En la mía, el único hombre que me va a tocar va a ser usted. Suyo es mi cuerpo para que haga con él lo que nadie ha hecho. Suyo mi corazón, mi piel, mi espalda. Suya contra mi voluntad pero entera y toda de usted.&lt;br /&gt;Ojalá lo olvidara, Onelli, pero no puedo.&lt;br /&gt;No quisiera verlo más.&lt;br /&gt;Nuestra medida se hace también de su promesa de no llamarme cuando vuelva, no esperar cerca de mi casa, no enviar cartas o emisarios, no preguntar a nadie por mí.&lt;br /&gt;Pero tengo una sorpresa, Onelli: la medida de nuestro tiempo tiene la forma del más hermoso reloj que puede fabricar el mejor joyero de Buenos Aires. Ese reloj me dirá nuestro tiempo hasta que viva en él, hasta que estemos juntos para siempre.&lt;br /&gt;La medida de nuestro tiempo se hace de su penosa espera, Onelli. Espéreme con años por venir que nadie más podrá habitar.&lt;br /&gt;Lo amo, más allá de los&lt;br /&gt;Límites, fronteras, más&lt;br /&gt;Allá del espacio y del&lt;br /&gt;tiempo&lt;br /&gt;suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miro hacia atrás para ver si nos siguen. Nada. Pasan las horas, el desierto, los caballos ¿Y si en realidad no quisiera encontrar la pieza? ¿no quisiera llegar al lago? ¿no quisiera sacar al monstruo? ¿Si todo fuera una pesadilla de amor disparatado? ¿si tuviera pánico de amar a Nuria y de cambiar mi vida y la de ella para siempre? En este tiempo corto de locura y sueños, ya nos hemos vuelto a mirar, a tocar, a desear. No podemos volver atrás, no podemos ser los mismos.&lt;br /&gt;¿Para qué sacar al monstruo y llevarlo a Buenos Aires? ¿Para decirle: esto es lo que soy? Un loco que no hizo otra cosa que soñar con usted.&lt;br /&gt;Dios me cuide porque yo no puedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;La amo con síntomas y mi enfermedad no tiene remedio&lt;br /&gt;suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sol cae lento sobre nubes que pasan. No he visto polvareda de jinetes. Tampoco vi sombras ni tormentas. Sólo nos siguió un perro. Corrió atrás de nosotros sin descanso. En alguna oportunidad en que nos detuvimos, se quiso acercar. Bastó que le tirara unas piedras para que se mantuviera a distancia. Un par de veces, Tensigg se acercó a preguntarme qué era lo que estaba haciendo. Ese perro, dije y lo señalé. Tensigg contestó que no veía otra cosa que la ondulación del calor. Lo describí lamiéndose las patas sobre un montículo. Dijo que eran un par de arbustos que el viento zarandeaba. Es claro que cada uno ve lo que quiere. Tensigg está peor que yo. No ve lo evidente. A todos nos afecta el calor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;No pretendo curarlo, pero tengo un remedio: mi boca&lt;br /&gt;no merece que sea tan suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tengo dudas de que dos días de marcha bajo el sol del desierto es inhumano, pero dos días de marcha con jinetes pisando mis talones, indios, sombras, un perro y tormentas, es demencial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 24 días del Lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oigo un ruido de ramas. Atrás de mí, adivino la sombra de Tensigg que me observa con gesto preocupado. Es inútil que oculte el espejo. Guardo el 38 y me acerco a él. No me diga nada, dice, no le voy a preguntar qué motivos tiene. Todos tenemos alguno que lo justifica e imagino que los suyos son más fundados que los míos. Su tono es bajo, íntimo, sin reproches. Ninguna vida es fácil y la desesperación nos saca las ganas de vivir. Intuyo lo que le debe estar sucediendo. Hace silencio como para esperar alguna respuesta. No tengo qué decir. Sobre el horizonte sube lento un resplandor rosa que aleja estrellas a su paso. No hay viento sobre los arbustos. No me gustaría estar en sus botas, sigue la sombra de Tensigg con su tono de té de las cinco. ¿Transportar esa criatura a Buenos Aires? ¿Cómo? ¿Golpear las puertas de la ciudad con su enorme regalo? ¿Qué traerá ese loco de Onelli dentro de tamaña rareza lacustre? ¿Qué lo dejará satisfecho? ¿Qué lo detendrá? Los hombres le tienen miedo a los sueños. Por eso pasan sin pena, sin hacer preguntas, contentándose con poco de nada. No espere otra cosa que la envidia, el mal, el desprecio. No espere más que seguir con vida. Todo soñador se encuentra con la bala de su calibre. Entiendo su miedo. Ya está muerto, Onelli. La sombra de Tensigg deja paso a su rostro inglés. Esos imbéciles... Creen que cualquiera hace cualquier cosa... míreme, pide. Su voz no tiene urgencia ni imperio. Cuanto menos sepa de mi propio rompecabezas, mejor. No tengo valor para juntar las piezas. Me prefiero condenado a regresar. Tengo tanto miedo, contesto. Tensigg se ríe. Lo que vi, exige coraje, dice y señala el espejo, estuve tentado a detenerlo, pensé que era el fin de este viaje fantástico y sentí pena por mí. No crea nada de lo que ve, no imagine lo que no hay, Tensigg. Está hablando con un cobarde. El inglés me pone una mano en el hombro. Viento tibio viene del norte. Alguien que cada amanecer se vence a sí mismo, merece mi respeto, mi solidaridad, mi piedad. Volvamos, digo y lo empujo hacia el campamento, despertemos a Guisset, tomemos unos mates y salgamos antes de que el sol se ponga bravo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Estoy perdidamente enamorada.&lt;br /&gt;Voy por esta casa y miro los muebles, los ambientes, los gobelinos. Nada es lo que era. Veo la mesa familiar. Miro a mi marido y a las niñas. No son lo que eran. Veo una familia que no existe, que se desvanece ante mis ojos. Veo una mujer arrojada del Paraíso y de la vida ¿Dónde fue a parar esa mujer? A usted lo protege el desierto y la cacería de su monstruo. A mí, esta ciudad desconocida me expulsa.&lt;br /&gt;Usted se aparece en todo lo que miro. Su voz, su chaqueta, su 38, sus anteojos, sus botas, sus locuras. Debo decirle que es la única persona que me domina. No debo decirle esto. Olvídelo. Una mujer extraviada dice nada más que tonterías. No debo decirle esto.&lt;br /&gt;Usted me calma, Onelli. Logra lo mismo que el sol. Usted hace que le entregue mis armas y sea su prisionera. No me encierre en una torre, no me lleve a un calabozo. Deje que esté a su lado y me conforme con mirar sus pupilas o verlo escribir.&lt;br /&gt;Me hace sentir cosas que me dan miedo. Daría la vida por no sentirlas pero las siento y lo amo ¿Qué hace conmigo? ¿Cómo hace para que me olvide de todo cuanto me rodea y sólo me importe usted? Estoy fuera de mí. No sé dónde, no sé por cuánto tiempo. Quisiera ir hacia cualquier parte menos hacia usted. Espéreme.&lt;br /&gt;Voy por esta casa extraña, con paredes altas y una música en las paredes, enamoradamente perdida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A media mañana, llegamos a la orilla del Limay. Buena recompensa para tanto calor, polvo, viento y arena. Decidimos cruzar y descansar del otro lado. Acomodamos las cabalgaduras y los equipos en la balsa. Les pido a Guisset y a Tensigg que vayan adelante para tranquilizar a los caballos. Me quedo con el balsero. ¿Cuántos cruzaron? pregunto mientras le ofrezco un porrón de ginebra. Cuatro, dice y describe, con detalle, a mis perseguidores chilenos y argentinos. Agrega que todos preguntaron por mí, pero que esté tranquilo: a cada uno le dijo que tomaría una dirección distinta. El balsero señala hacia el sur y la cordillera, y se bebe de un trago la mitad del porrón. Cruzamos el río y nos tiramos a la sombra de unos sauces. Los caballos se entretienen comiendo cardos. El dolor de cabeza alcanza su nivel habitual y lo alimento con el contenido de una de mis botellitas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Mi corazón me lleva al Sur. Me embarcó en esta empresa perdida. Conozco el camino hacia el Lago pero no sueño con el regreso. No voy a vivir para volver. Este desierto no me cobija.&lt;br /&gt;Siento que voy hacia ninguna parte y que no voy a regresar a casa.&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al rato, continuamos la marcha por el desierto. Si los jinetes llevan el sentido de los puntos cardinales sólo podemos ir en dirección al cielo o al infierno. La estepa se presenta clara hasta donde la vista lo permite. No me gusta nada. No hay polvaredas y nos cubre un cielo despejado. Debo estar dormido o cabalgando un territorio que desconozco. Las horas pasan y el paisaje sigue igual. El ocaso nos trae reflejos de cobre y la necesidad de comer algo. Nos detenemos a pasar la noche. Guisset se entretiene haciendo asado, Tensigg escribe con cara de desequilibrio en las hojas de su cuaderno. Me preparo con resignación a enfrentar el espectro blanco del insomnio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 23 días del lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una hora saldrá el sol. Es de noche. Tensigg y Franco duermen en sus sacos. Un viento suave recorre la planicie. Me levanto, busco el espejo en la alforja, recojo el 38, me lo pongo en la cintura y me echo a andar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Todos nacemos para ser amados. Nací para ser amada por usted. Para sentir su respiración, para temblar al escuchar su voz. Esto es una certeza. Pero bastó que usted saliera de Buenos Aires, obsesionado en su ridícula cacería, para que toda seguridad se esfumara ¿Y si usted hubiera nacido para ser amado por ese animal lejano? ¿Para que esa horrible babosa estirara su cuello buscando reflejarse en sus ojos? Qué asco. Nací para ser amada por usted. No para competir con un insignificante caracol de agua dulce. Me las va a pagar, Onelli. Si cree que lo que hace es gratis, está equivocado. Va a volver a Buenos Aires montado en el lomo de su monstruo y tendrá que pedirle a él que lo ame. Olvídese de mí. Despídase de tocarme. Pídale ayuda a Dios para encontrarme a su regreso. Va a ser más difícil sacarme de mi casa que sacar al monstruo del Puelo. Va a necesitar algo fuera de lo común para volver a estar conmigo. No sé por qué lo peleo. No puedo dejar de pensar un minuto en usted. Vivo sostenida por el sueño de verlo otra vez y de ser su mujer para el resto de los días.&lt;br /&gt;Fastidiada, pero suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hago un centenar de metros y me detengo. El horizonte está despejado y no veo tormentas. Una sombra se escapa al verme con el 38. El perro me vigila desde un montículo lejano. Dejo el espejo contra un arbusto y me observo en él. Lo que sea, hombre o bestia, que me devuelve el espejo, se apoya contra el marco y golpea su cabeza contra el vidrio. Lo amo y lo odio ¿Qué voy a hacer? ¿Aprendo a convivir con el que no quiso ver a Nuria y se encerró durante años en el zoológico? ¿Debo matarlo para que sea libre? A lo largo del desierto le he pedido que se escape, que termine su exilio. Me olvido de él cuando cabalgo con Franco y con Tensigg, cuando nos detenemos a hacer noche, cuando me cubro de las tormentas o de las sombras, cuando vigilo las polvaredas. Entonces tengo nada más que un espejo común, antiguo, oval, con líneas quebradas. Pero cada hora antes del amanecer, cuando apoyo el espejo en el desierto, se transforma en algo ominoso. Desaparece mi imagen y surge algo inconcebible, plural. Algo que no quiero volver a ser. Algo que debe morir. Sólo uno de los dos va a regresar a Buenos Aires. Sólo uno de los dos se beberá la sangre del corazón de Nuria. Me olvido de él cuando voy atento a los cuatro jinetes que nos siguen. Tensigg dice que estoy mal de la cabeza, que nadie nos sigue, que el viento del desierto levanta trombas de polvo por la temperatura, que es nada más que un fenómeno meteorológico. Que si durmiera un poco y pudiese controlar el dolor de cabeza, el viaje sería como un paseo por los acantilados de Dover. Opina que el camino que seguimos es ruta común hacia Chile, que cualquiera seguiría nuestra dirección. Y que me deje de embromar: bastante tengo con ir al Puelo a sacar de sus aguas a una criatura prehistórica. Guisset asiente y dice que dos monstruos son demasiado para encima preocuparme por jinetes que siguen el rumbo de sus obligaciones u órdenes. Muchas veces, descuido el espejo. Dejo solo al que fui en su escondrijo de años. Lo dejo solo para que piense, si puede, qué ha hecho de su vida y por qué. Lo dejo solo para que enfrente a su verdad: encontrar la salida de su lugar perdido de años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Si es verdad que todos nacemos para ser amados, mi destino es deponer las armas y entregarme prisionero. No pienso escapar. Ámeme cómo pueda. Bastantes errores he cometido. En lugar de entender su miedo, me encerré entre los límites tontos de mi rencor. Debí ignorar sus palabras y escuchar lo que decía con sus actos, con su cuerpo. En lugar de eso, armé un ejército derrotado ¿Por qué? ¿Era más sencillo sufrir que pelear? ¿Era más fácil huir? Acá estoy, cabalgando hacia el poniente, tras las huellas de una fabulosa criatura lacustre. Perdóneme. La amé como pude, la amo como puedo y si regreso, la amaré sin piedad. Ignore las palabras de este desdichado que vivió un encierro triste, lejos del único sitio en el que podía ser feliz: su corazón.&lt;br /&gt;Si es verdad que todos nacemos para ser amados, yo nací para su ternura.&lt;br /&gt;Imposible&lt;br /&gt;Pero suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En una hora saldrá el sol. Es el momento ideal. No hay sombras, el perro está lejos, no hay tormentas en el horizonte, no veo ningún jinete. Vuelvo a mirar la imagen del espejo. Cuánta piedad. Entonces, saco el 38. Dejo una sola bala. Giro el tambor. Apoyo el caño en mi sien y gatillo. La bestia dentro del espejo me mira indiferente y se interna en su escondite de años. Examino el tambor del 38. Sólo pido una bala para un hombre. No es algo que se me debiera negar. Ahora asomará el sol. Otro día para seguir adelante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 22 días del Lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis días están sostenidos por la taquicardia. Cabalgamos horas, entre el ruido de los cascos y el golpe sordo, continuo, de la cefalea en mis oídos. Todo el tiempo le hablo a Guisset. No oigo lo que digo. Creo que grito. Es el maldito redoble dentro de mi cabeza lo que me impide escuchar. Guisset responde con monosílabos y, atado a un esquema horario que sólo él conoce, me pasa botellas multicolores para que beba su contenido. Siento que llega hasta el borde del cráneo y que pierde efecto contra mis meninges.&lt;br /&gt;También viajan con nosotros, estas sombras que permanecen lejos, a mis espaldas. A veces se acercan y me espían desde algún montículo. Busco el 38 en el costado y, cuando lo toco, se esfuman. Sólo por un rato. Un rato, nada más. Tarde o temprano vuelven y me miran desde lejos. Basta que se acerquen, que quieran tocarme, para que lleve la mano al 38. Es un juego estúpido, lo sé. Llegan, me asustan, toco el arma, huyen, llegan.&lt;br /&gt;Después están las tormentas. Le señalo el horizonte a Tensigg. Le muestro las columnas de nubes que se elevan interminables y que se despliegan hacia los costados para cubrir el desierto como un manto. Le hablo del negro profundo de los Cúmulos y de los Nimbus, del sombrío paisaje que llevan en su interior, de cómo descargan su violencia sobre mi cuerpo y de cómo fracaso en el intento de ocultarme de su devastación. Le digo a Tensigg que es insoportable cabalgar todo el tiempo con tormentas, que no es sencillo vivir con relámpagos, que hay que sentir los truenos en las vísceras. Que no es forma de vivir sobre tormentas.&lt;br /&gt;Tensigg sonríe sin entender mi angustia y toma notas ¿Qué notas toma Tensigg? ¿Qué escribe con letra de araña en ese cuaderno que guarda en sus alforjas? A veces creo que me estudia como un entomólogo, que diseca mis palabras, mis gestos, mis obsesiones, mi miedo de no encontrar la pieza faltante. La pieza faltante podría ser él mismo y su cuaderno lleno de anotaciones misteriosas. Tendría que asesinarlo y descifrar sus palabras. La pieza faltante podría estar dentro de mi cuerpo que, sobre una mesa de mármol, Tensigg exploraría con su mirada. Podría ser un hecho o una consecuencia de una acción entre nosotros. En algún momento, tal vez mientras esté dormido, voy a espiar ese cuaderno.&lt;br /&gt;Nos detenemos a hacer un descanso y a comer algo. Guisset dice que va a quedarse a mi lado hasta ver cómo me las arreglo con mis monstruos. Su uso del plural me perturba. Sé que uno solo de los tres que soy, volverá del lago. El enorme caracol que nada sus aguas profundas, la bestia que cumple la pena de amar un imposible o éste: el loco director de un zoológico que albergará una pesadilla lacustre que obtuvo pagando un precio demasiado alto. Su propia vida. Mis días laten con esta taquicardia mortal de la que no quiero sobrevivir.&lt;br /&gt;A Guisset no se le escapa que cada mañana me escabullo del campamento con mi espejo. En los breves momentos en que creo dormir ¿lo tomará para mirar la imagen que lo habita? O mira su propia cara y siente pena por mí ¿Pensará que hay sueños imposibles que cuestan la vida? Cuando dice que espera ver qué hago con mis monstruos ¿Habla del Puelo? ¿Habla de Onelli? ¿Habla de Nuria?&lt;br /&gt;Le preguntó qué quiere decir. Sonríe con piedad sobre mi angustia, se encoge de hombros y señala el horizonte donde se calman mis tormentas.&lt;br /&gt;Me persigue el bendito perro. Bajo del caballo y tiro piedras para espantarlo. Guisset me observa, se calla y hace sus cosas. Por tantos años juntos y por tantas cosas. Tensigg me mira con curiosidad y anota. Algún día.&lt;br /&gt;Tensigg me aburre una vez más con su discurso de que todo hombre viene a esta vida a enfrentarse con una parte única del destino. Que la suya tiene que ver con el pintor Courbet y su cuadro “El origen del mundo”. Que es difícil, que no sabe qué tiene que hacer, que su rompecabezas está incompleto. Como si nunca lo hubiera dicho, insiste en que hay hombres que vienen a la vida con todas las piezas del rompecabezas. Otros, tienen algunas. Él dice que tiene pocas y que es una desgracia. Puede ser que muera sin saber su relación con Courbet y el cuadro. Repite que si uno no arma su rompecabezas, vuelve por las piezas faltantes hasta encontrar la última. Luego, no vuelve más. Su parte, dice Tensigg y se refiere a mí parte del destino, es esta: Sacar ese monstruo del lago, llevarlo vivo a Buenos Aires y entregárselo a la mujer que amo. Dice que soy afortunado aunque presiente que falta una pieza. Le pregunto si no la habremos dejado atrás, el día de la partida en la terminal del Central Argentino o en algún vagón o en Neuquén, en el Limay, entre los arbustos del desierto. Tensigg no me contesta pero anota. Tengo miedo, le digo a Tensigg. Pregunta por qué. Le digo que si lo logro y saco al monstruo del Puelo y lo llevo a Buenos Aires, habré completado mi rompecabezas y cumplido con mi parte del destino. Tensigg me mira y calla. Ya no podré volver, digo. Tensigg me mira y calla.&lt;br /&gt;Odio estas sombras, estas tormentas, este perro y el silencio inglés.&lt;br /&gt;Imagino que saco al monstruo del agua y lo llevo. Estoy haciendo planos para construirle un hábitat, en el centro del zoológico, parecido al del lago. Va a venir gente de todas partes del mundo. Van a venir a ver al monstruo y al hombre que lo sacó del Puelo. Van a preguntar por qué lo hizo. ¿Quién puede entender las cosas que se hacen por amor? Sólo los locos ¿Quién va a entender que crucé el desierto nada más que para llevárselo a Nuria? Nada más que para demostrarle de lo que soy capaz de hacer por amor.&lt;br /&gt;Cruzo este desierto de vientos, tormentas, sombras y perros. Lo cruzo envuelto en muchas cosas que no entiendo. Lo cruzo contra los ojos de Guisset y el cuaderno misterioso de Tensigg.&lt;br /&gt;A veces, para distraerme, hablo en inglés con Tensigg. Hablamos del amanecer en invierno sobre el Michigan, de la niebla sobre la bahía de San Francisco o del sabor de la música en Nueva Orleans. También recordamos a Buenos Aires y las noches del Armenonville con ese muchacho gordo de garganta mágica. Guisset nos recuerda que ya van a llegar los primeros fríos, que nos van a hacer viajar contra reloj y vamos a estar entre la espada y la pared. Tensigg me mira y miro a Guisset. Es sencillo pero a veces no le entiendo nada. Creo que él tampoco se entiende.&lt;br /&gt;Tengo una palabra que describe lo duro que es cruzar este desierto de sombras, tormentas, perros y monstruos, envuelto en la música insensible de la taquicardia. Esa palabra es: miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Usted no sabe lo que es el miedo. Es la idea de que no voy a poder salir de esta casa o dejar a mi marido. Es no saber cómo explicarles a mis hijas el amor que nos tenemos. Es no saber con quién hablar ni a quién contarle lo que me pasa. Es mi padre y su corazón que podría no resistir. Es mi madre, que me mostró el diario el día en que salió su foto, esa fotografía que hizo que lo llamara al Zoológico. Fue su voz, Onelli, y yo que contesté. Fue su idea de encontrarnos en el Botánico y de sentarnos en el banco cerca de los Primeros Fríos. Fue su mano sobre la mía y el primero de los besos que nos dimos. Miedo fue la única noche de amor que tuvimos. Fue esa decisión de ir por ese monstruo como un regalo de su amor. Es una locura, Onelli. Por primera vez, en ocho años, nos vemos y usted se larga a la caza de un animal imaginario ¿Qué va a buscar, Onelli? Mate al que lleva adentro. Ese que me agarra por la espalda y me aprieta la garganta. Ese que no me llamó y no quiso saber nada de mí. Ese que quedó confinado en un encierro de ocho años comiéndose a Onelli, ese que lo escondió lejos de mis ojos y que usted dice que le prohibió verme ¿Por qué? Lo odio, Onelli ¿Por qué me abandonó? Amo a un hombre que me entró por los ojos hace ocho años en el Tortoni. Amo a ese hombre que me dio la única noche de amor. Amo a ese hombre al que no supe hacerle ver que él era lo único que me importaba en la vida. Amo a ese hombre que dejé ir y que desde entonces busqué.&lt;br /&gt;Odio al que permitió que me casara y que tuviera hijas. Yo lo amaba ¿Por qué dejó que me fuera de su vida? Debo ser un monstruo ¿Qué habrá dentro de mí que me llevó a un exilio insensato entre los límites pequeños de un matrimonio sin amor, deseo ni pasión? ¿Qué me llevó a juntar mi vida a la vida aburrida de un hombre al que jamás respeté ni amé? Nunca voy a entender por qué le di hijos. Algo perverso y enfermo debe habitarme para haber rechazado el amor de usted. Es el miedo, Onelli. Es fácil vivir con un hombre al que no me une nada. Es difícil hacerme cargo del amor que siento por usted. Un amor que me llena de pánico, un amor que no sé cómo manejar. Un amor con el que no sé que hacer. Soy un monstruo, Onelli. Estoy enferma. Olvídeme. Pasaba todos los días por delante del zoológico y nunca dejé de pensar en usted ¿Qué hacía cuando le preguntaba a amigos comunes si lo habían visto, cómo estaba usted o si usted había preguntado por mí? Ay, Onelli.&lt;br /&gt;El miedo es el amor que siento. Esta música insensible que no para.&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Así la amo.&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 21 días del Lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La monotonía del desierto es interrumpida por los nombres. Ayer pasamos, cómo ráfaga, el cañadón de Piedra del Águila. Hubo polvo, tierra y premonición de jinetes. Nada impidió que continuara mi dolor de cabeza, que Tensigg garabateara sus notas y que Guisset me observara a la espera de movimientos fatales. Pasé la noche controlando el paso de las estrellas, el giro de las constelaciones. Dios puede dormir tranquilo. Todo estaba como lo diseñó. Esta madrugada el aire corre más fresco y los manantiales de Crammer protegen el sueño de mis amigos y desamparan mi insomnio. Cumplo mi rito inexorable. Les dejo una nota donde dice que nos encontramos al día siguiente a orillas del Collón-Curá y subo a mi montura. Cabalgo hacia el Oeste y sigo un rumbo que sólo está escrito sobre la tierra de los cañadones. Pasan las horas. El aire viene fresco. Le doy un rato de descanso a mi caballo, dejo que tome agua y trepo una pendiente para mirar el paisaje y ver quién me sigue. El volcán Lanín se eleva majestuoso. Una tromba de arena anuncia a alguno de mis perseguidores. Subo al caballo y me apuro. Pasa el tiempo y el terreno se vuelve boscoso y escarpado. Mi andar se hace lento. Guiado por huellas y algunas señas llego hasta la voz de Hauchter y su grupo. Lo encuentro, lejos de su destino, excavando la tierra. El cielo está lleno de nubes negras que traen lluvias. No me importarían las tormentas si no las sintiera tan personales como mi dolor de cabeza o mi insomnio. Algunos indios responden a indicaciones de Hauchter que ni siquiera aparta sus ojos de lo que hace. Me bajo del caballo. Alguien toma las riendas y se lo lleva. Me acerco al pozo en el que Hauchter, metido hasta la cintura, escarba con frenesí. Ignora que le apoyo una mano sobre el hombro y silbo una Tocatta de Bograntti. Su pala choca con tierra blanda y un objeto duro. Lo llamo por su nombre un par de veces y se detiene. Hay algo de perdido en su mirada, algo que he visto muchas veces en un espejo ¿Qué buscamos en la tierra, Onelli? Sus ojos azules se calman y se echa hacia atrás para descansar ¿Qué buscamos que no esté en nosotros? Dice y suspira. Era Brogantti ¿no? Eso que silbaba ¿Qué hago acá en lugar de estar con mi piano, mis partituras, mi familia? Como si yo no existiera, vuelve al pozo. Al rato se agacha, resopla, hace fuerza para sacar algo. Surge del pozo con una piedra extraña entre sus manos. Le pasa un trapo y me la extiende. Hace un gesto al grupo de indios que está a un costado y uno de ellos acerca una ginebra. Miro la piedra. Tiene la forma de una letra del alfabeto. Pienso demasiadas cosas. Empieza a llover. Los indios levantan lo que está tirado y luego se cubren debajo de unos toldos. Hauchter toma unos tragos. Anoche iba camino a remontar el Chimehuin, dice, un rayo de luna iluminaba este lugar. Veníamos cansados. Le avisé a los indios que pasaríamos la noche acá. Sin saber por qué pedí una pala, un pico e hice este pozo ¿Para qué? Señala la piedra. Sólo una rareza geológica, una pieza de vitrina, Onelli. Estoy tan cansado que creo que estoy loco. Se la doy para el museo de La Plata. Me ofrece la botella de la que tomo unos tragos y me pregunta que órdenes traigo del Ejecutivo. La lluvia nos moja despacio. Le transmito lo que el gobierno me ha pedido. Asiente y permanecemos en silencio bajo la llovizna. Al rato, busca entre sus ropas y saca un papel arrugado donde está escritas una letra M y una letra A. También eran piedras, dice, una la encontré a orillas del Escondido, en San Carlos. La otra, en el Puelo. Guarda el papel ¿Lo va a sacar, no? Sonrío y digo que tengo que partir. Me acercan el caballo y guardo la piedra en la alforja. Hauchter se acerca, me da la mano y me desea suerte ¿Era Brogantti, no? Extraño tanto mi piano...&lt;br /&gt;Inicio el regreso bajo una lluvia que ha vuelto difícil el terreno. Mi cabeza va a reventar ¿Qué clase de rompecabezas habitamos? El hombre que nace, se educa, hace estudios, se casa, forma una familia, trabaja y, un día, muere ¿qué piezas junta y para qué? ¿Habrá hombres que viven sin sueños, sin rompecabezas? A veces preferiría vivir en paz, sin amor, sin pasiones, sin locuras. Pobre destino el de Hauchter. Tiene todo el planeta para excavar. Las letras que formen su palabra pueden estar en la China, en el fondo del mar, en el Polo, en un jardín de Dublin. Si lograra encontrar todas las letras de su destino ¿podrá entender el significado de la palabra que forman? Tensigg tiene razón. Cada hombre tiene su propio día y su propia noche. Esta piedra que me regaló Hauchter ¿será la pieza que me falta? Nuria, el Puelo, el monstruo ¿Cómo saberlo?&lt;br /&gt;Cabalgo un par de horas bajo la lluvia con la mente en blanco. Un rumor de truenos me trae a la realidad. Una tormenta personal está sobre mí, adecuada a mi medida. Me siento un desgraciado con un par de pies demasiado grandes para mis botas. Tensigg y Guisset me esperan, no puedo abandonarlos. Un ruido me hace girar y veo la capota que flamea en medio del polvo. Clavo las espuelas en el lomo del animal y suelto riendas. El jinete no se queda atrás. Oigo un estampido y una bala me roza. Podría parar aquí y dejarme ganar por el calibre que fuera. Apuro el caballo. El jinete se acerca. Otra bala me zumba en el costado y rompe una piedra delante. Saco el 38 y disparo. El encapotado se agarra el brazo y se tuerce el caballo que monta. Un zumbido y ahora una bala me hacen un desgarro en la chaqueta a la altura del hombro. La tormenta se transforma en diluvio. Con el 38 en la mano miro hacia atrás y apenas distingo la sombra que se acerca. Disparo pero no creo dar en el blanco. No veo nada. Un zumbido y una bala hacen volar mi sombrero. Si tuviera mejor puntería, si fuera mejor tirador. Un relámpago me trae la visión del bulto que se acerca. Desmonto, espanto al animal y espero con el arma en la mano. Llueve. No veo nada. Pasan los segundos. Algo me hace presión en la espalda. Sólo un milagro me podría salvar: El amor de Nuria. Pero Nuria está lejos. Así es, dice a mi espalda una voz nasal y de tabaco, no puede escapar, suelte el arma y dése vuelta. Dejo caer el 38, giro con lentitud y aparece la extraña figura de mi enemigo. Me llamo Yáñez, dice, se saca el sombrero y se presenta. Miro la pelada del chileno, sus ojos claros e inquisidores, su nariz aguda de pájaro. Tiene cara de escritor de folletines policiales, digo. Yáñez se ríe. No escribo, dice, fabrico víctimas y cadáveres y usted va a ser el próximo. No me mire así... Acá hay un solo asesino, un solo monstruo. Usted. Me defiendo, digo, hago lo que puedo para seguir con vida. Y no crea que tengo muchas ganas, pero no puedo dejar las cosas por la mitad. Tengo algo que terminar en Buenos Aires. Sólo vivo para eso. No esté seguro, Onelli, dice Yáñez, no somos fundamentales, somos reemplazables. Nadie nos necesita realmente, nadie nos espera en ninguna parte, nadie va a llorar por nosotros, nadie rezará por nuestra alma. Usted está perdido dentro de algún espejo que lo lleva a vivir de espía o de asesino a sueldo. Cambie esa vida insalubre. Tenemos poco tiempo, digo. Yáñez se ríe y mira las nubes ¿Por qué no hace parar esta lluvia? Los indios cuentan cosas increíbles de usted pero ¿quién les puede creer? Cuentos de borrachos de ginebra y alcohol barato. Cuentos que nacen de vivir en estas soledades donde todo es posible, hasta monstruos lacustres. Parece mentira: el experto en cuestiones limítrofes dedicado a fábulas infantiles. Usted es un infeliz, Onelli. Va a morir, sabe. Mi gobierno cree que su desaparición le hará un favor a ciertos sectores políticos de la Argentina cuyos intereses son los nuestros. Va a morir sin ver ese lago y sin volver a Buenos Aires. El monstruo es un invento suyo tan monstruoso como usted.&lt;br /&gt;Siento pena: no tendré otra noche con Nuria. Sólo un milagro. Yáñez gatilla el arma. Miro el caño del revolver. Usted no cree en el amor, digo. Se ríe. Fumaría una pipa si no fuera por esta perra lluvia. Me gusta hablar con usted, en serio ¿Quién cree en el amor, Onelli? Está herido, le señalo. Ignora la mancha de sangre que tiene en el brazo. Un rasguño, nada que importe, contesta ¿Ese dolor no le da algo de placer?, busco tiempo. Algo relacionado con el valor, sigo, si usted tuviera una mujer como la mía, una mujer a la que es imposible mirar a los ojos a 36 grados y no besarla, una mujer con silbidos de serpiente y labios de lunares, sabría lo que es escuchar una melodía solar de latidos.&lt;br /&gt;Se sacude el agua de la cabeza ¿De qué habla? Palabras tontas de un tonto enamorado. Si lo que dicen los indios es cierto, haga algo y pare esta tormenta.&lt;br /&gt;Sin saber por qué, muevo la mano en un gesto extraño y surge un resplandor entre las nubes. La lluvia se detiene. Yáñez abre los ojos, mira el color raro del cielo, me mira. Los indios dicen que no hay que dejar que Onelli mueva las manos, eso dicen. Ya es tarde, Yáñez, me adelanto, tomo el caño del revolver, se lo arranco y lo tiro a un costado. Arreglemos esto como hombres. Le doy un puñetazo en la mandíbula que lo hace trastabillar. El chileno se endereza y se me viene encima. Rodamos sobre la tierra mojada. Me incorporo y retrocedo hacia la pared rocosa. Se me acerca ciego con los puños delante. Una mancha oscura aparece a mi costado y en unos segundos estamos en la entrada de una caverna. Me larga un gancho que esquivo y le acierto con un puñetazo en la sien. Algo mareado, gira en el interior de la cueva, ve mi sombra contra la entrada y la ataca. Lo detiene mi bota que lo voltea. Cae sobre un suelo que se mueve. Me quedo quieto. Formas oscuras y pequeñas trepan sobre Yáñez que tarda en entender. Decenas de escorpiones negros lo pican. Grita desesperado pero es vencido en segundos por la entrada del veneno. Miro el cuerpo tirado que se convulsiona y el festín de escorpiones. En su próximo rompecabezas, dedíquese a literatura policial. Es un sueño más justo que el de ser asesino, digo. Salgo de la cueva y silbo para que vuelva mi caballo. El animal regresa manso ¿Quién es el monstruo, che? Sólo un milagro me podía salvar. El caballo relincha. Tenés razón, viejo. Sólo nos salva el amor y los sueños de amor tienen la magia de monstruos lacustres y de mapas diminutos. Voy a buscar un lugar que ofrezca reparo, me permita encender un fuego y le dé consuelo a mi insomnio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Le quiero decir que no tengo palabras. Ando muda por la casa de esta familia que no conozco. Es linda gente, él es buena persona y las niñas se le parecen. Ando sin palabras en el exilio de esta vida de hogar que nada significa. Hace años, fue la posibilidad de escapar del miedo a amarlo. Fue mi escondite. Como antes lo había sido la casa de mis padres. Una casa donde no estuve cada vez que usted pasó a dejarme una carta. Después me casé con un amigo. Era más fácil. Sé que usted estuvo en la iglesia el día de mi matrimonio. Lo vi salir de la capilla ¿Qué hizo durante los años siguientes? ¿Dónde estuvo? Yo, en una casa con jardín, cocinera, amas de llave, gobernantas e institutrices, que ya estaba en derrumbe, cuando dejé el altar. Mi esposo no me tuvo nunca. Ni siquiera la noche de bodas. Vinieron mis hijas que adoro y sé que usted lo entiende. Fui una familia más: sin pasión, sin riesgo, sin valor, sin vida, sin gestos heroicos y sin necesidad. Los últimos años no quise que mi marido me tocara y no me tocó. A usted lo seguí en las conferencias, a las que fui y me ubiqué en las últimas filas, y en las notas de los diarios y las revistas. Lo vi, muchos domingos, en el zoológico, explicándole a la gente usos y costumbres de tantos animales. Usted construyendo esos templos persas o egipcios, su revista del Jardín zoológico, su tren lleno de niños, sus viajes por la Patagonia, la cordillera y sus límites con Chile ¿Dónde estaba cuando caía la noche sobre Palermo? ¿Dónde estuvo esos años? El domingo en que el diario La Nación anunció su descabellada aventura, mamá vino a primera hora de la mañana y me mostró su foto. Recibí su nota y salí sin pensar, sin avisar. Entré en el Botánico y la piel me llevó hasta Los Primeros Fríos. Me miró, lo miré. Habré dicho alguna tontería. Que las nieves del tiempo habían plateado su sien, por ejemplo. Tengo miedo de que algún día me descubra, se dé cuenta de quién soy y deje de quererme. Bastó que pusiera su mano sobre la mía. Me dejé llevar. Si su beso me acompañó durante años y fue difícil de tolerar, hacer el amor con usted ese día, me ha perdido. Sé que no habrá otros hombres y sé que no hubo ninguno antes de usted. Estoy con esta sensación física ingobernable de sentirlo adentro. Usted tan lejano en el exilio de esos bosques y yo tan sola en el desierto de esta casa que ya no existe. Me rindo, Onelli. Para qué luchar o contra qué luchar. No puedo estar sin usted. No puedo hacer otra cosa que esperar que saque a ese monstruo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo de usted y por el resto de los días&lt;br /&gt;Nuria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la habitación que tengo por despacho, no está la mujer que tuve en mis labios hace ocho años. Tampoco, la que besé en el Botánico. En esa habitación no está el que dio la conferencia para enamorarse de usted. Tampoco el que se abocó, para no morir, a una clasificación inútil de insectos, hombres, mujeres e insectos. Sólo Dios sabe qué puede haber en esa habitación de la que regreso para seguir en este desierto junto a Tensigg y Guisset, jugando esta ruleta rusa con el destino y teniendo por arma a un monstruo lacustre. Estoy acá, sobre el polvo del desierto y montado en pelo sobre una espantosa tormenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 20 días del Lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche del Veronal termina y siento cada golpe que me dio Yáñez. Hago un esfuerzo por levantarme pero me pesa todo: la espalda, los brazos, las ganas de vivir. Estoy solo. No hace falta que me aleje. Saco el espejo y observo mi cara: Dentro del marco que tengo en las manos está el que soy y que no se anima a mirarme a los ojos ¿Y si fuera la pieza faltante de mi rompecabezas? No quiero vivir con este dolor. Saco el 38, dejo una bala de mi calibre, giro el tambor y apoyo el caño sobre mi sien. No es mucho lo que pido. Aprieto el gatillo. Dios o quien sea, me tiene a su merced. El que está en el espejo me da la espalda y va en busca de comida. No es justo. Pasamos como naves que recorren un mar cuyos confines desconocemos. Pasamos como nubes que el viento juega y les cambia la forma. Pasamos como sombras de lo quisimos ser y no pudimos. Nada nos humilla más que no alcanzar lo que soñamos. Me duele todo: el cuerpo, el amor, todo.&lt;br /&gt;Me incorporo, guardo el arma y el espejo, y miro el paisaje solitario que me rodea. El día trae un cielo despejado, saco un pedazo de galleta y trepo a mi caballo para regresar con mis amigos.&lt;br /&gt;Una polvareda se alza por el Este. Otro jinete viene por mí. A escapar. Sigo sin ganas de morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Soy creyente y no puedo volver atrás. No quiero verlo otra vez. Usted puso su mano sobre mí y me expandió, miró mis ojos y entró dentro de ellos, apoyó sus labios en mi boca y me dejó desasosiego.&lt;br /&gt;Tenía una vida ordenada, Onelli. Créame. Algo que no se debe abandonar. Un marido profesional, devoto, trabajador, buena persona. Un marido que se acuesta temprano y con pijamas. Es verdad: una maravilla de esposo. Él es lo opuesto al desastre que usted encarna: el desaliño, la ropa arrugada, los pelos en desorden, su mirada de Ícaro. Ese andar con un 38 en la cintura. Sus benditos papeles por todos lados que parecen enanos que quieren hacer su vida sobre la madera de su escritorio y los parques del zoológico. Parecen sombras que gritan, tormentas, perros. Está loco, Onelli. No puedo amar a un hombre como usted si estoy cuerda.&lt;br /&gt;Qué le cuento de mis niñas. Espléndidas estas chicas. No sé a quién salieron. No a mí. Son ordenadas con los juguetes, la ropa, el cuarto. Juegan tiempos exactos que luego guardan para hacer sus tares escolares o recorrer con lentitud el volumen XXVI de la Anglo-American Cyclopaedia. Aprenden piano y a no apoyar los codos sobre la mesa. Permanecen en silencio cuando sus padres hablan. Tienen una ternura inagotable. No sé a quién salieron.&lt;br /&gt;Es una pena.&lt;br /&gt;No amo a mi marido, no me importa esta casa, no me interesa lo que la sociedad de Buenos Aires opine de nosotros. Lo único que deseo es ver al monstruo que es usted, una y otra vez.&lt;br /&gt;Me he vuelto creyente, Onelli.&lt;br /&gt;Cuando se ha visto a Dios, no se puede retroceder.&lt;br /&gt;Con rabia pero&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi perseguidor se acerca de manera inexorable. No tengo escapatoria. Detengo el caballo, lo espanto y me apoyo en la tierra buscando hacer puntería. Comienzo a distinguir la forma del jinete que viene veloz y apunto procurando no fallar. Se acerca y descubro que es un mestizo. Un chasque. Llega con el potro sudado. Saluda y dice que cabalgó día y noche para alcanzarme. Busca en la alforja y me entrega varios sobres. Hay cartas de Nuria y una con instrucciones del Gobierno Nacional para que establezca contacto con la comisión de Forrester y de Leroy. Saco un porrón de ginebra y se lo regalo. El chasque se va dando gritos. Me alegro de no haberle disparado. Sigo cabalgando sobre la tarde con el silbido del viento en mis oídos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Levanto una religión por el amor&lt;br /&gt;Que siento por usted.&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerca del ocaso veo, a lo lejos, el resplandor del fuego del campamento. Pienso que mañana cruzaremos el Collón-Curá y llegaremos al Nahuel Huapí. Me alivia dejar el desierto. Me alegra andar por los lagos y los bosques. Me aterra que en alguna parte pueda haber perdido la única pieza que iba a justificar mi vida entera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 18 días del Lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer fue un día de fiebre, miedo y ansiedad. Tensigg y Guisset quisieron saber acerca de mi viaje misterioso. Me limité a sacar la piedra que había desenterrado Hauchter. Eso bastó para que el rostro del inglés se desfigurara. Temblaba cuando la tomó y no dejó de tratarla como algo frágil. Dijo que la quería examinar y se apartó. Le conté a Guisset de mi encuentro mortal, la caverna de escorpiones y la llegada del chasque. Preguntó si había recibido correspondencia para él y si necesitaba algo para el dolor de cabeza. Le dije que mejor hiciéramos los preparativos para cruzar el río. El inglés estuvo un rato anotando en su cuaderno. Cargábamos nuestras cosas en la balsa cuando se acercó y me devolvió la piedra. No abrió la boca. Su mirada tenía dolor. Juntó sus pertenencias y las trajo. El cielo continuó despejado y la temperatura anunciaba la proximidad de los grandes lagos. Ya en la otra orilla trepamos a nuestras cabalgaduras y seguimos rumbo oeste. El paseo duró poco. En el este se levantaron columnas de polvo. No hizo falta que dijera nada. Sólo podíamos avanzar hacia delante. Un par de horas después, nuestros perseguidores se habían evaporado. Tensigg acercó su caballo al mío. Creo que estamos pasando los límites, dijo, no estoy seguro de que debamos saber tanto. Esa piedra estuvo enterrada cientos de años. El haberla sacado va a desencadenar eventos que no podremos controlar. Esa piedra, contesté, llegó a las manos de Hauchter, a las mías y a las suyas, para que tomemos decisiones ¿Qué le da miedo? El inglés miró la silueta de la precordillera y los lejanos picos nevados. Tendría unos diez años cuando mis padres me llevaron a Cardiff, continuó. Recuerdo el color de ese mar y mi curiosidad por lo que las olas dejaban sobre la arena. El día que regresábamos, el mar me dio una piedra parecida a la que usted me mostró ¿Qué quiere decir? Pregunté. Tensigg suspiró y se quedó pensativo. Cabalgamos la tarde por la planicie sin dejar de mirar hacia atrás. Creo que la taquicardia se podía oír. No hubo sombras ni tormentas. El perro se me adelantó veloz por el costado. Sobre el final del día, cuando vimos las aguas del Nahuel Huapí, Tensigg empezó a delirar de fiebre. Su cuerpo hirvió y tembló como una hoja. Lo acostamos. Nombró a Cardiff y a su padre. Habló de una piedra que se encuentra en Amsterdam y del pintor Courbet. Gritó que el monstruo del lago lo atacaba y pareció aterrorizado.&lt;br /&gt;Bastante tenemos con nuestros rompecabezas como para apropiarnos de piezas ajenas, dije a Guisset. Vamos a pasar la noche acá, tratemos de bajarle la fiebre, agregué.&lt;br /&gt;Guisset buscó entre sus cacharros y botellas y encontró una cuyo contenido pudo, a medias, dárselo a beber a Tensigg. Miré el cielo que comenzaba a titilar. La superficie del lago estaba en calma y el color de las nubes anunciaba un futuro buen día. Dejé a Tensigg bajo el cuidado de Guisset y subí a un punto elevado para mirar hacia el Este. Nada. Nadie. Un viento suave y un horizonte sereno. Regresé y encontré al inglés en un sueño envidiable. Su cuaderno estaba a un costado de su brazo. Lo tomé y pasé los dedos por las tapas duras. Estaba a punto de abrirlo cuando Guisset se acercó para anunciarme que había preparado algo para comer. Sonreí, dejé el cuaderno donde lo había encontrado, toqué la frente de Tensigg y nos acomodamos frente al fuego.&lt;br /&gt;Todo pasa, comenté a Guisset que miró el cielo, suspiró y dijo: como las nubes. Una hora después, Guisset también dormía. Vigilé un rato las aguas acompañado del ritmo sin consuelo de mi taquicardia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Lo amo. Vivo con angustia cada día que pasa. Oigo los pájaros del jardín y amanece. Despierto al que duerme a mi lado. No lo toco desde hace años, no le hablo y no se da cuenta. Despierto a mis hijas. Trabajo el día entero en esta casa. Es mi vicio para olvidarlo. Es mi vicio para no entregarme al miedo de amar y que esta seguridad que me rodea se derrumbe. Qué vicio inútil. Me muero por oír su voz o morder su labio ¿Qué me ofrece? Un amor que me aterra y con el que no sé qué hacer. Vuelva ya mismo. Olvide sus monstruos y sálveme. Temo que el mío me arranque de su vida. Trabajo, se hace de noche y otro día que se va. Todo pasa, amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rescáteme&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;El tiempo devora estrellas: déjese amar. Entreguémonos. Que se detengan las agujas de nuestro corazón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Falta poco para el nuevo día y estoy frente al espejo. El otro que soy no quiere mirarme. No ve cómo el caño del 38 se apoya en mi sien sin temblar. Debiera saber que la bala que destroce mi cráneo nos liberará ¿Sabrá que el tiempo es inexorable? ¿Que nos acercamos? Gatillo pero sigo con vida. Qué decepción. No hay derecho que unos deban vivir tanto y otros tan poco.&lt;br /&gt;Regreso al campamento para seguir con el peso cotidiano de mi corazón. Toco la frente fría del inglés y se despierta, bosteza, alaba el color profundo del cielo y se queda sin palabras cuando descubre el lago. Sale del saco de dormir como si nunca hubiera estado enfermo y corre hasta la orilla. Guisset prepara el desayuno. Tensigg vuelve, busca su cuaderno y me pregunta sobre profundidad, extensión en kilómetros, nombre de cerros y montañas circundantes y luego anota. Comemos y nos preparamos para navegar. Aparece la nave que nos cruzará. Sus velas negras desplegadas se acercan a la orilla y Buck, su capitán, salta a tierra. Nos abrazamos con afecto. Hace tiempo que no nos vemos. Le pido noticias de mis perseguidores. Se pasa la mano por la barba y se saca la gorra. Sus diminutos ojos celestes me observan con complicidad. Dice que no ha visto a nadie, que hacia el norte encontraron un hombre muerto cuyas facciones estaban desfiguradas, que los indios le han contado que hay jinetes que recorrieron el desierto y ahora los lagos, que suceden cosas extrañas: se forman y desaparecen tormentas, hay juegos extraños de luces y sombras, el desierto se llenó de perros sin dueño. Buck se encoge de hombros y agrega que desde que tiene memoria, siempre ha escuchado cosas raras. Nos hace subir, llevamos todo a bordo y zarpamos. Tensigg y Guisset se acomodan para mirar el paisaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Si tuviera una palabra, una sola, que pudiera hacerle comprender lo que siento por usted. Pero ya ve, las palabras no alcanzan, no pueden explicar la sensación física que tengo. Soy un romántico incurable que busca palabras que no alcanzarán jamás. Acaso todo lo que quiera decirle, ocupa el breve espacio de una pupila en la penumbra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Para esta, sólo tengo una palabra&lt;br /&gt;COMPLETUD&lt;br /&gt;¿Qué más?&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Observo el color de las aguas del lago y los bosques que bajan hasta sus orillas. Al rato, entramos en la sombra de unos fiordos enormes. Nubes cargadas de tormentas tapan las cumbres. El agua está inmóvil y adivino el temor en la cara de Tensigg y Guisset. Hay silencio. Sólo se oye el chocar del agua contra la nave. Suena un estampido y otro. Alcanzamos a ponernos a salvo. Tensigg se acerca y me pregunta si sé de dónde vienen los disparos. Le contesto que no y otra bala zumba cerca. Buck aparece y cruza por delante de nosotros como si estuviera paseando. Se inclina sobre un par de lonas que parecen estar al descuido sobre la cubierta. Sonríe frente a dos cañones pequeños. Los acomoda y dispara. Se ríe. Mete otras balas. Guisset mira divertido y Tensigg, anota. Los tiros de Buck son certeros. Nadie vuelve a disparar, reaparece el silencio y el viaje sigue sin sobresaltos. Observamos desde lejos el puerto Anchorena de la Isla Victoria, pasamos puerto Blest y le pido a Buck que nos deje en el puerto Bueno de la Península de San Pedro. Bajamos nuestros caballos y bultos a tierra. Buck recomienda que me cuide y nos damos un fuerte abrazo. Fin del viaje en barco. Demasiados peligros por delante. No sé si será posible sobrevivir a tanto miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 16 días del lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy hice algo intolerable. Dejé a Guisset y a Tensigg en el campamento a orillas del Lago Escondido y les avisé que regresaría a la noche. Cabalgué durante horas en dirección a las montañas, sin mapas ni brújulas, sólo guiado por mi par de alas rotas y la furia de mi espejo. Sobre el final de la tarde entré, sin hacer ruido, en la choza de la india. Estaba sentada frente al fuego con los ojos cerrados y los labios le temblaban. Dijo que me esperaba, que dentro de ella una voz le había avisado que los bosques me traían. Le contesté en su lengua y me incliné con respeto.&lt;br /&gt;La india abrió los ojos, miró los míos, se puso de pie y me abrazó. Nos separamos e hizo un gesto para que tomara asiento frente a ella. Entonces me pidió que hablara.&lt;br /&gt;La noticia del monstruo habitando las aguas del Puelo me despertó, dije. Estaba durmiendo un sueño ajeno o una pesadilla. Encerrado en mi despacho del Zoológico y entregado a una clasificación infinita. Me levanté para vivir mi sueño. Supe que no podía volver atrás, que tenía que resolver de una vez y para siempre el rompecabezas de mi destino. Busqué a Nuria, la mujer que siempre amé y me miré en sus ojos. Como un milagro, nuestro amor estaba intacto. Frágil pero intacto. Salí a cazar el monstruo para que ella supiera lo que podía hacer por amor. Pero hay otro monstruo que me recorre, que pretende que no vuelva a ella, que quiere que no regrese. Cada mañana trato, inútilmente, de verme en sus ojos. Nuria es difícil: se mueve entre el amor y el miedo, entre el dolor y el goce. La amo entera. Estoy recorriendo este camino con la seguridad de que no volveremos a ser los mismos y de que falta una pieza para completar el rompecabezas de nuestro destino.&lt;br /&gt;Me puse a llorar.&lt;br /&gt;La india se levantó, me abrazó con fuerza y me contuvo.&lt;br /&gt;Lo envuelve el amor, dijo. Y el amor es para hombres valientes. Que yo sepa, usted es uno de ellos. Despliegue las alas y vuele. Sólo si vuela podrá ver la realidad.&lt;br /&gt;La miré.&lt;br /&gt;¿Nuria es la mujer de mi destino? ¿No será otra idea caprichosa como trepar los Andes y querer huir todo el tiempo?&lt;br /&gt;Entréguese a amarla y que su amor dé muerte a ese monstruo que le anda por el cuerpo ¿Y si no tuviera que sacar al monstruo del lago? Es el hogar de la criatura ¿Qué ganaría encerrándolo entre rejas para que la gente lo observara? Usted es el peligro: un hombre enamorado, un loco, alguien capaz de hacer lo que quiere por amor. La sociedad no tolera a los hombres como usted, Onelli, pero usted sabe de valor y tiene suficiente para ser libre.&lt;br /&gt;La india apoyó sus manos en mis mejillas y sonrió.&lt;br /&gt;Busqué en mi alforja una foto de Nuria. La india la tomó, estuvo un rato en silencio y dijo: dígale que la amo. Bésela de mi parte. Es muy hermosa. Usted entra en ella por esos ojos y la recorre. Pero está tan asustada...&lt;br /&gt;Es verdad que por sus ojos llego hasta su alma. También entro en la mía, dije.&lt;br /&gt;Me levanté sin tener idea del tiempo transcurrido. Traté de dejarle alimentos como forma de pagarle. Lo rechazó y me dio las gracias por haber ido a verla.&lt;br /&gt;Salí de la tienda y descubrí que se acercaba el ocaso. Por primera vez desde que había dejado Buenos Aires, sentía paz. Entonces, subí a mi caballo y cabalgué con las alas desplegadas.&lt;br /&gt;Hoy le vi la cara a la verdad y no puedo ser el mismo.&lt;br /&gt;Con las alas extendidas, vuelo por encima del bosque, rumbo a la caída del sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Sólo dos cosas me sucedieron en la vida:&lt;br /&gt;Murió mi padre y descubrí que era mortal. Que los hombres pasamos como naves, como nubes, como sombras.&lt;br /&gt;Un día miré sus pupilas y, desde entonces, me sé inmortal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si regreso por usted,&lt;br /&gt;La amaré eternamente.&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Sólo lo escuché hablar y me miró. Supe que no iba a tener paz hasta que me tocara. Me besó. Fue intolerable. Quise morir pero ya era imposible. Me hizo suya y me dejó sin fuerzas para escapar.&lt;br /&gt;Onelli, lo único que me ocurrió fue usted. Me ha hecho inmortal.&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;A 14 días del Lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El único enemigo mortal que tengo es el miedo que me habita. Me acompaña en el vacío del insomnio y me empuja la sien en el caprichoso dolor de cabeza. Algún día no tendré miedo ni dolor y podré dormir. Ahora soy mi enemigo.&lt;br /&gt;El espacio previo al amanecer tiene las características de una puesta en escena teatral. Cambió el marco, es cierto. Este acto lo ejecuto en lo imponente de los bosques y su silencio. Entra el mismo actor de siempre. Un hombre que pasó los cuarenta años, de pelo ondulado con algunas canas, anteojos, ojos claros de mirada penetrante y un físico cuidado. Se aleja del campamento con un espejo en la mano y un arma en la cintura. Anda un centenar de metros y se detiene en un claro entre los árboles. Apoya el espejo en la rama de algún alerce y mira el reflejo de su propia cara. Aparece, siempre con la mirada esquiva, la bestia que lo habita. No le pide razones. Quisiera que enfrentara sus ojos. Saca el 38 de la cintura y deja la única bala. Una bala que hasta el día de hoy se ha negado a besar su mejilla y a jugar el papel de Judas y entregarlo.&lt;br /&gt;¿Quién dice que Tensigg tiene razón? ¿Quién dice que mi rompecabezas tenga que tener la forma de esta cacería de monstruos y amores? ¿Y si el rompecabezas fuera mi mano, el 38 y el espejo? ¿Si hubiera emprendido este viaje nada más que para saber quién soy? ¿Y si me faltaran muchas piezas que no voy a encontrar en esta vida? Tal vez, la empecinada bala de mi revolver encuentre mi sien en los próximos catorce días y esa será la verdadera respuesta a tanta pregunta. Sólo pido una bala. No hay derecho de que a un hombre se le niegue algo tan pequeño, tan insignificante, tan mortal.&lt;br /&gt;Apoyo el caño en mi sien y gatillo. Nada.&lt;br /&gt;Regreso al campamento y despierto a Tensigg y a Guisset para desayunar.&lt;br /&gt;Guisset pregunta el motivo por el cual nos dirigimos hacia el lago con más lentitud. Dejo que tome un mate, que mastique un pedazo de galleta. Le digo que atravesar el desierto fue duro. Tantas trombas de arena, el calor, las moscas. Tenemos derecho a disfrutar del paisaje de los lagos y de los bosques. El tiempo es inexorable. Cuando nos querramos dar cuenta vamos a estar de nuevo en Buenos Aires. Guisset sonríe. Le falta llegar al lago, encontrar al monstruo, sacarlo, buscar los medios para que llegue al Zoológico, dice ¿Cómo lo va a hacer? Enumera la tarea titánica que va a significar todo eso. Tensigg nos mira. Por un rato deja de anotar en su libreta y dice que los trabajos de Hércules van a ser insignificantes una vez que yo haya dejado al monstruo en el zoológico de Buenos Aires. Les digo que tienen razón pero que no veo motivos para estar ansioso por llegar. Los dos niegan con la cabeza y se miran. Qué va a haber motivo, dice Tensigg y anota. Qué va a haber, concuerda Guisset y muerde una galleta.&lt;br /&gt;Es el miedo lo que me hace marchar despacio. El miserable miedo. Pasa un rato y cada uno cavila sobre sus propios asuntos. Preparo mi caballo para salir. Guisset me pregunta adónde voy. Para el Mascardi, digo. Pregunta si quiere que lo acompañe. Le digo que es mejor que se quede con Tensigg. Podría llegar a necesitar datos históricos o geográficos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Regrese. Se fue porque el único monstruo de esta historia está debajo de mi piel, en el color de mis ojos, en mis pupilas en la penumbra, en los lunares de mis labios. Soy el Afanc del estanque Llyn del río Conwy. Déjese caer dentro de mi remolino y no salga más. Soy una agripiana y mi cuello de cisne ya llevó la ternura a mi boca. Soy Ité. Por tratar de ocupar el lugar de la luna le ofrecí mi más horrible rostro. Soy An Niseag, venga al lago de mi corazón para dormir el resto de sus días.&lt;br /&gt;Lo monstruoso en mi vida ha sido este amor que me paralizó. Tendría que escuchar su voz, su encanto y amarlo, de una vez y para el resto de los días, sin misericordia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perdóneme&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apartémonos uno del otro ¿Qué clase de monstruo guarda adentro? El mío es un desgraciado, que se perdió y al que le construí una cárcel, dentro de un espejo, para que estuviera callado y no alterara los nervios de la gente contándoles una triste historia de amor. Es una pena. No es malo. Su destino es comer a Onelli. Algunos días de otoño, lo buscaba al afeitarme. Miraba el dolor en sus ojos vacíos. Lo observaba darse vuelta para ir a comer algo de mí. Pobre criatura: predestinada como Judas, desde el comienzo de los tiempos para un rompecabezas ajeno ¿Dónde estuve, amor? Trabajé en mi querido zoológico, en mis conferencias, en mis artículos para La Nación, en mis viajes por este país soñado por el genio de Verne. Para olvidarla, me entregué a la tarea inútil de hacer una clasificación enciclopédica de los insectos, hombres, mujeres e insectos. En mis ratos libres, encerrado en mi despacho bajo tres cerrojos, sólo me dediqué a eso. Podré sentir lástima por el hombre que dedicó su tiempo a una clasificación mágica o por el que encerré en el espejo para que no molestara con su llanto. Ambos están pagando el dolor de su ausencia. Y lo están pagando, yendo al encuentro del enorme caracol que nos espera en las aguas azules y frías del lago lejano. Pero usted, amor, guarda algo más insensible y plural. Mire su corazón y descubra qué ser se escondió para enfermarme del mío y llevarme a ese exilio de espejos e insectos. Tal vez es inútil todo. No nos echemos culpas. Matemos nuestros animales fabulosos y apartémonos uno del otro para siempre. Tal vez sea inútil todo y no nos quede más razón que amarnos sin pausa, por los próximos cuarenta años de nuestro precioso tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atormentado pero suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejo el campamento y el caballo vaga por el bosque. Hay rumor de cascadas y arroyos. El aire es tibio. Al rato me desvío por una huella que me conduce al borde de un precipicio que termina en las aguas del Mascardi. El lago está calmo y las montañas se reflejan sobre la superficie. Hay silencio. De pronto se oye un ruido de ramas que se quiebran. Me doy vuelta y veo el caño de la pistola que me apunta. Detrás está Rodríguez. Morir así, lejos de Nuria, es injusto. Rodríguez sonríe. Creo que hasta acá llegamos, Onelli, dice. Tiene suerte. Aguirre es más jodido. Lo hubiera hecho sufrir. Le gusta matar despacio. Es que le gusta mucho, dice y se encoge de hombros. Hay que ser profesional, viejo. Limpio y rápido. Rodríguez, cansado, se pasa una mano por la cara. Mire que le hemos hablado, se lo hemos pedido, le hemos explicado la importancia de las fronteras para el ejército, le ofrezco plata, tierras ¿Qué quiere, Onelli? Todos tenemos un precio. No me venga con zonceras. Todos tenemos un precio. El suyo no puede ser tan alto. Este país, dice Rodríguez sin mover el caño del revolver, lo manejamos nosotros. El presidente y el Congreso Nacional son instrumentos que usamos para tocar nuestra música. Quieto, Onelli. Los brazos arriba. Igual, dentro de poco, los va a tener al costado para siempre. Sólo nosotros podemos gobernar y ¿sabe por qué? Tenemos la fuerza y el que tiene la fuerza tiene el poder. Nosotros y la santa Iglesia. El ejército y el amor de Cristo, Onelli. Esos doctores de Buenos Aires, dice y revolea el revolver, esos tontos de levita que se hacen los protocolares y arman discursos llenos de pompa... La pompa y las leyes no sirven, viejo. Lo único que puede hacer funcionar este mundo de imbéciles dóciles es la iglesia, el orden y meta palo, che. Los tipos como usted, son una cosa molesta. Libres, hacen lo que quieren. En este mundo no se puede hacer lo que se quiere. Piense, Onelli. Usted no ve que tiene una responsabilidad para con los demás. Vivimos juntos. Lo que hago le afecta al vecino. No puedo hacer cualquier cosa. Imagine a todo el mundo haciendo lo que se le da la gana. Este, deja a su mujer, la otra se acuesta con el primer fulano que se le cruza. El de más allá, roba, el de más acá, no va a trabajar porque no tiene ganas. Yo no hago lo que quiero, Onelli. El mundo sería un caos. Y Dios, dijo: Al principio era el caos, y lo ordenó. Nosotros cuidamos al caos de tipos como usted, viejo. Lo miro. Lo que propone es un Apocalipsis a la criolla, che, digo y espío el abismo a mis espaldas. Haga lo que quiera con su mundo, sigo. El mío, es mío. Mi responsabilidad es para conmigo, vivo para mí. Y le aseguro, que la vida es más corta de lo que parece o de lo que uno cree. Palabras de algún anarquista, dice Rodríguez. Hay que matar a todos los tipos como usted y a los que les dan la letra para sus partituras de libertad. La libertad no existe. Rodríguez hace un disparo a mi costado pero no me muevo ¿Ve lo que digo? Dice. No me escucha. O es imbécil o es un loco. El anarquismo está arruinando al país. Usted no tiene principios ¿Qué ejemplo es para la sociedad un hombre así? Un hombre no debe hacer lo que se le da la gana. Estoy cansado, che ¿Sabe la de tipos a los que convencí en estos años? Tipos como usted, con discursos como el suyo. Tengo la facultad de ofrecerle lo que quiera ¿Quiere el Nahuel Huapí? ¿Que parte del desierto quiere? Se lo doy todo. Elija la cantidad de leguas que pueda imaginar y son suyas. Estoy cansado. Es absurdo morir así, lejos de Nuria. Lo que quiero no tiene precio, digo, lo que quiero es lo que amo. ¿El zoológico? Se ríe Rodríguez. Es más imbécil de lo que suponía, Onelli. ¿El zoológico? se ríe. De pronto se pone serio. Los indios dicen que no hay que acercarse a Onelli, que hay que matarlo desde lejos, que uno, cerca, pierde ¿Usted quién es, Onelli? ¿Dios? No le tengo miedo, dice Rodríguez y se pone, en tres pasos, frente a Onelli y apoya el arma entre sus ojos ¿Quién se cree que es? ¿Dios? Soy un Dios, digo, que pretende fundar una dinastía de soñadores en la que usted no tiene lugar. Rodríguez gatilla el arma. Lo empujo y, con un giro rápido, salto al abismo. El agua del lago se acerca a toda velocidad. Me hundo y tardo en salir. Nado hacia la orilla. Llego dolorido. El golpe fue fuerte. Tengo frío. Oigo la voz de Guisset que me llama a gritos. Acá, acá, contesto. Aparece la figura tranquilizadora de Guisset ¿Qué le pasó? ¿Está loco? No son horas de nadar y menos vestido, dice Guisset ¿Y Tensigg? Pregunto. Lo dejé entretenido en su rompecabezas de Londres, volvamos al campamento, necesita ropa seca. En el camino de regreso, me apoyo en el brazo de Guisset y digo: No quiero morir lejos de Buenos Aires. Sobre mi cadáver, dice Guisset y se saca el abrigo y me cubre los hombros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 12 días del lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Forrester no ha cambiado. Los mismos gestos suaves, su pelo rubio a pesar de los sesenta años, las arrugas de la cara marcadas por el sol, su escopeta de dos caños, apuntándome. Anda de suerte, Onelli, dice. Ayer, en el mismo lugar donde usted está parado, le disparé a un individuo que no tuvo la delicadeza de presentarse. Se detuvo, viera sus manos deformes sujetando las riendas, apenas le veía la cara y me preguntó, a los gritos, dónde quedaba la picada más cercana para salir de este bosque. Le dije que no sabía, que llevaba años perdido en esta espesura. Que tenía ya pocos indios porque el resto nos había servido de alimento. Que la carne de indio es menos gustosa que la de un porteño y que me ponía contento que algún forastero se acercara a hablarme.&lt;br /&gt;Me río y bajo del caballo. Forrester apunta su rifle para otro lado y me abraza. No me creyó, sigue Forrester, hasta que hice el primer disparo y le volé el sombrero. Se fue al galope tendido, en dirección sur. No regresa más. Lástima. Hubiera sido un cambio saludable en la dieta de mi comisión. Vamos hacia la tienda y me pregunta acerca de Buenos Aires, del Neuquén y del monstruo del lago. Le digo que Buenos Aires está en el mismo lugar, que no la han movido porque lo más difícil es mover el río, y que sigue siendo el lugar del mundo donde mejor se come. Forrester señala unos fémures que están al costado de la tienda y dice que lo que le dijo al intruso era verdad. Estaba harto, necesitaba volver y un cambio de dieta. Tal vez, ser vegetariano por un tiempo, agrega.&lt;br /&gt;Le cuento mi travesía desde que salí de Buenos Aires, los acontecimientos del tren, la persecución implacable por parte de los jinetes y mi reunión con Hauchter. Ese, al que usted le disparó, digo, es uno de los que mandaron por mí. Lástima que no lo haya matado. Tendría un problema menos. Y usted, hubiera hecho flor de puchero.&lt;br /&gt;Forrester se ríe como un loco. Y el monstruo ¿lo va a sacar? Pregunta ¿en verdad lo va a llevar a Buenos Aires? Miro los ojos extraños de Forrester ¿Lo ha visto? Se pasa la mano por la barba rubia y me hace entrar en la tienda. Nos sentamos, busca una botella, toma un trago, se seca la boca con la manga y me la pasa. Un par de veces, dice, lo vi un par de veces el verano pasado. Había bajado hasta Tres Picos y descansé unas horas frente al Puelo. Hice fuego, comí y me eché a tomar una siesta. Me despertó un ruido de aguas. Como cuando sopla viento bravo y está agitado. Allí estaba, una especie de caracol gigante, lustroso, de cuello muy largo. Entraba y salía del agua a unos diez metros de donde yo estaba. Lo vi bien. Una criatura fabulosa. Se sumergió y las aguas se calmaron. Seguí viaje hacia el sur y, de regreso, decidí mirar otra vez el lago ¿Qué había visto? No lo sé, Onelli. No estoy bien de la cabeza ¿sabe? Forrester se señala la sien y cierra los ojos. Tantos años lejos de la ciudad y del contacto con la gente. Tantos años marcando una frontera que avanza y retrocede como una enfermedad incurable ¿Qué perseguimos? ¿Qué venimos a hacer? La gente normal hace una vida normal. Estudia, busca una muchacha de buena familia y se casa, tiene un trabajo reglamentado, un grupo de amigos con los que jugar al billar e ir de juerga y un par de chiquilines que den vueltas a la mesa y digan papá. Miro a Forrester que toma un largo trago de ginebra.&lt;br /&gt;Cuando volví del lago era de noche y había luna, sigue. Las aguas estaban tranquilas como en un sueño. Me paré en la orilla. A unos metros de donde estaba surgió una mujer hermosa. Créame. La luz de la luna le caía por el pelo largo hasta la cintura, le ponía brillo en los ojos, en los labios. Estaba desnuda. Entró despacio en las aguas, se sumergió y salió a la superficie con su lomo oscuro, brillante y con su cuello largo. Trepé a mi caballo y juré no comer más carne humana. Nada bueno puede salir de esa mujer. Sólo magia, locura y abismos. No quiero eso, Onelli. No estoy bien. Una mujer así me llevaría a alguna parte de la que jamás podría volver. Forrester me pasa la ginebra, tomo un trago y se la devuelvo ¿Qué límites estamos ayudando a demarcar, mi amigo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Hay una sola frontera que no puedo definir: su cuerpo. Se me hace difícil saber dónde comienza. Acaso en la punta de mis dedos que salen de mi piel a explorar la suya, acaso en las líneas que mis uñas señalan en los costados de su espalda, acaso en la relación de mi boca con sus vértebras. Salir de mi cuerpo para llegar al suyo es la aventura más hermosa que emprendo. Salir de mis ojos para caer dentro de sus pupilas tiene un giro poético y peligroso que cualquiera envidiaría. Mis manos que acariciaron sus muslos en la noche, fueron la empresa más conmovedora y peligrosa. Con usted, me expongo, pierdo noción de tiempo y espacio y estoy seguro en casa y, a la vez, perdido en medio del desierto.&lt;br /&gt;Nunca puedo definir la frontera de su piel porque su piel se continúa con la mía y al final de ellas, morimos un poco, cada día, los dos.&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Déjese de embromar. Escúcheme: hay una sola línea para demarcar y establecer con precisión. Ese límite borroso está dentro de mí. Va a necesitar un mapa imposible y único que debe estar en un lugar fuera de lo común. No lo puedo ayudar, es una pena ¿no? El único mapa capaz de llegar hasta el centro de mí está en un sitio que va a aparecer por un instante, en un lugar determinado y por unos segundos, nada más ¿Se imagina estar en otra parte en ese momento y perder ese mapa para siempre? No lea en mis palabras algo perverso. Le digo lo que mi corazón dice y el corazón jamás se equivoca. Usted siga las órdenes del suyo y que Dios lo haga estar donde debe, en el momento que corresponda. El resto ya no depende de nosotros ¿ve? El resto es este amor como el caparazón de un pequeño caracol. Esta mañana, el mate me hace decir tonterías. No, lo que me hace tan tonta, Onelli, es la sensación física suya que me sigue recorriendo el cuerpo y que es la más poderosa de las drogas que he probado. Dios se apiade de nosotros, nos perdone y nos deje en paz. Es demasiado loco lo que digo en esta mañana de jueves con el sol que entra por la ventana y se come con gestos de caníbal el recuerdo de nuestras espaldas, lo que queda normal de mi piel. Nos dolemos de amor, Onelli. Basta, por favor, basta con esto, que nos va a matar. Espero que a ningún otro italiano se le ocurra leer “Los hijos del Capitán Grant”. Esté, en la hora que corresponda, en el lugar donde va a aparecer el mapa que lo conduzca hacia el centro de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estoy entregada a Usted&lt;br /&gt;suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Forrester se queda un rato en silencio. Busco el documento con las nuevas órdenes del Gobierno Nacional para él y se las doy. Sus ojos recorren la página con las firmas al pie. Cualquiera gobierna este país sentado en un cómodo sillón en Buenos Aires, dice. Que vengan acá a entenderse con indios borrachos, forasteros peligrosos, mujeres que entran y salen de los lagos, fronteras que se mueven como si tuvieran vida. Que vengan acá. Forrester me mira. Le digo que tiene razón, que termine el trabajo para el que está comisionado y que vuelva a la ciudad. Que tiene amigos y que lo aprecio mucho. Sonríe. No creo que pueda volver, dice. Es tarde. Ya empecé a comerme a Forrester y no creo que pueda detenerme.&lt;br /&gt;Lo miro con piedad.&lt;br /&gt;Escúcheme, Onelli. Si regresa... escúcheme bien. Vaya al Puelo y saque a esa mujer del lago. Es un monstruo. No lo lleve a Buenos Aires. Nada bueno puede habitar su corazón. Sólo sombras y tormentas. Salvo usted, no conozco a nadie capaz de amar a una mujer así. No conozco otro que pueda recorrer los abismos sin caerse. Entonces, sáquela del lago, dele muerte y, si regresa, levante una religión por lo que siente por ella y una tumba simple donde, alguna vez, puedan descansar mis cenizas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 10 días del Lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La orilla oriental del extremo sur del lago Guillelmo es un buen lugar para morir. No puedo seguir adelante. Vamos todos perdidos por este mundo de locos. Hauchter con sus letras, Tensigg con sus notas, Nuria con sus fobias, Forrester con su dieta y su frontera, Guisset con su amistad suicida. Salgo de la tienda empujado por el fin del insomnio y me encuentro con un cielo encapotado que llovizna. El perro esta echado a un costado. Ni bien me ve, se levanta para seguirme. Lo espanto con una piedra. Al rato, se acerca una sombra. Surge entre los alerces y se aleja al ver que llevo mi mano al 38. No sé que decir de las tormentas. Llueve todo el tiempo sobre este país. Creí que era el mío. Ahora me doy cuenta de que estoy lejos, que he cruzado innumerables fronteras. Que este país que cabalgo hacia el lago es extranjero. El agua toca las piedras del Guillelmo. Apoyo el espejo y me miro. Nada. Ni mi reflejo. Sólo escucho ruidos de alguien que come con voracidad. Pongo la bala en el tambor del 38. No entiendo que sea tan difícil. Giro el tambor y apoyo el revólver sobre mi sien. Gatillo. Nada ¿Qué me tendrá preparado el destino que no me deja morir en este país extranjero? Vuelvo al campamento y busco mi caballo. Necesito aire. Voy a galope tendido bajo la llovizna, recorro la orilla, trepo una pendiente escarpada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Cada vez que está fuera de mi cuerpo, está en el extranjero. Puede ocurrir acá, en casa, mientras lavo la ropa. Parte de usted me mira desde la escalera del costado. Mira con detalle el movimiento de mis dedos. Me hace reír, me hace sufrir de extrañarlo tan lejos en ese viaje del que sé que no va a volver. No me mienta, Onelli. Sé que no va a volver. La gente cree que lo de afuera es mejor que lo nuestro. Que afuera todo es más grande, más colorido. Creen en el extranjero sin darse cuenta de que la palabra lejos, empieza en el borde de la piel. Míreme. No estamos lejos, Onelli, y basta que lo diga para que usted vuelva a mi cuerpo y lave conmigo la ropa. Para que sienta su pecho contra mis vértebras y su respiración en el costado del cuello entre el pelo. Siento sus manos sobre las mías y usted que aspira mi olor. Otras veces, estoy en la sala y leo artículos que usted escribió sobre la Patagonia y la cordillera. Los leo con su voz, sus ojos, con usted entre mis dientes. Es tan intolerable lo físico que no lo puedo aguantar. Claro que dejo que esté dentro de mí y ande por donde quiera. Explore, busque monstruos, que seguro los hay. No tendría que haber hecho el amor con usted. No tendría que haber dejado que me tocara. No tendría que haberlo mirado aquella noche, ocho años atrás ¿A qué fui? Si sus conferencias nunca me interesaron ¿Cómo entré allí? No es una zona de Buenos Aires que frecuente ¿Qué hizo que me quedara como una serpiente escuchando sus palabras en una lengua desconocida? Juro que no entendí de qué habló. Escuché un idioma que no había oído antes. Escuché una música, un color y un ritmo que eran para mí sola. No tendría que haberme quedado para mirar sus pupilas ¿Para qué? Sabía qué iba a encontrar. No tendría que haber dejado que me llevara al Tortoni. Pero me entregué. Soy la mujer de este extranjero, pensé. Y usted lo notó en la forma en que lo miré. Me dejé llevar prisionera hasta la puerta de mi casa. Después me encerré. Me declaré enferma. Dije que no estaba. La señora se fue de paseo con el señor esposo. La señora está en misa. La señora tiene meningitis. La señora se tomó unas largas vacaciones desde el 23 de junio hasta el 29 de noviembre. Primero, la Habana, después París, después Nueva York ¿Entiende? Lo que quería darme era más de lo que podía tolerar ¿Qué iba a hacer conmigo? Me escondí. Perdóneme. Hice lo que pude que fue bien poco. La señora se murió. No lo vi en mi funeral ni mandó una corona. No lo vi sosteniendo una de las manijas de ataúd. No lo vi, llorando bajo la lluvia, no lo vi cubrir el piano con un crespón. No lo volví a ver, Onelli. ¿Dónde estuvo? ¿Qué hizo? Odié que no volviera a buscarme. Odié que no insistiera y me despertara. Odié que no me hiciera abrir los ojos. Créame, tal vez necesitaba una buena bofetada. Se encerró en ese estúpido zoológico con esos estúpidos animales para hacer estúpidas clasificaciones de insectos hombres mujeres e insectos. ¿No le parece raro clasificar dos veces el mismo insecto? No me mienta, Onelli. Sé que no va a volver. Está buscando que alguien lo mate: algún indio, algún espía, algún milico, usted y su 38, el monstruo del Puelo. Está buscando que alguien lo mate, para no volver a decirme que está enamorado como no recuerda haberlo estado antes, ni siquiera hace ocho años, cuando se enamoró de mí por primera vez. Está buscando que alguien lo mate para no devolverme lo que me corresponde. Mi amor. Está en casa, Onelli. No está en el extranjero. En este mismo instante, usted tan lejano por el sur, está de nuevo, dentro de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perdida en Buenos Aires&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;La vida era un lugar de este país donde escribía. Daba forma a mis artículos de costumbres, telares, Patagonia, Cordillera y cuántas cosas.&lt;br /&gt;Ahora la vida es el extranjero de estas páginas en blanco que el viento despega de mis manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde un lugar lejano&lt;br /&gt;Para siempre suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La vista del Guillelmo desde arriba es fascinante. También lo es el caballo que encuentro y que come pastos tiernos. Sin hacer ruido me acerco a Rodríguez que, desde el borde del precipicio, respira hondo y observa el horizonte, los bosques de coníferas y las aguas del lago. Se desabotona la bragueta y empieza a orinar. Las luces del amanecer trepan con tonos rosados sobre la lejanía. Rodríguez oye el ruido de las ramas y se da cuenta de que ya está muerto.&lt;br /&gt;Siento alivio, dice. Sabía que era cuestión de tiempo. Tarde o temprano, lo iba a encontrar. Los indios dicen cosas increíbles y uno termina por convencerse.&lt;br /&gt;Siga orinando, digo apuntándolo con el 38. Uno debe hacer lo que el cuerpo pide, ya hablamos de estas cosas pero usted no estaba de acuerdo. Cómo ve, tengo razón. Mi cuerpo me lleva a hacer esto que hago, ser libre. El suyo lo lleva a la traición. Es raro. Usted desconoce la idea filosófica del rompecabezas de Tensigg. La Iglesia no tolera ideas diferentes a las propias. Raro ¿no? Las ideas que dejó Cristo son bien distintas: tolerancia, la otra mejilla, la primera piedra. Se juntó con enfermos, prostitutas, recaudadores de impuestos.&lt;br /&gt;Usted es un hereje, dice Rodríguez, se sacude y se cierra la bragueta. Es un hereje y un animal y su cerebro animal no le permite ver que somos mortales.&lt;br /&gt;Lo que usted dice, es justo el punto que no entiende ¿ve? Digo. Los animales son inmortales porque no saben que van a morir. Yo le doy rienda suelta a mi lado animal. Siempre. Pago este precio intolerable de saberme inmortal y varios más que, para qué contarle ¿no?&lt;br /&gt;Cuénteme, dice Rodríguez, Total. Haga lo que tiene que hacer. Ya terminó todo hace un rato, cuando empecé, por error o romanticismo, a orinar contra el precipicio y el amanecer. Lo mío fue fugaz, es curioso. Tanto perseguir anarquistas... Terminemos con esto. No tengo miedo, en serio.&lt;br /&gt;No lo entiende, Rodríguez, digo, para la próxima vida, le recomiendo más flexibilidad. No trate de buscar anarquistas en cada persona que pretende vivir sin molestar al resto.&lt;br /&gt;Rodríguez mira las luces del amanecer. ¿Para qué darse vuelta y ver la cara de Onelli y su revolver? Ya es tarde.&lt;br /&gt;¿Matarlo? No podría, pienso. No puedo matarlo, ya es tarde. No tiene ni una pieza de su rompecabezas y va a volver por todas las que necesite y las veces que sea necesario. Pobre tipo.&lt;br /&gt;Rodríguez se ríe. Usted no sería capaz de matar a un hombre de espaldas, dice. No me va a matar.&lt;br /&gt;No ve cómo guardo el 38 en el cinto y me meto las manos en los bolsillos. Empieza a cantar el Himno y salta al vacío. No lo puedo creer. Me acerco al borde y veo, al fondo del abismo, el cadáver del militar. Entonces, miro la llovizna que no cede y busco mi caballo. Tengo ganas de volver al único sitio de este país extranjero donde estoy tranquilo: el campamento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 8 días del lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llueve. El cielo continúa encapotado, gris y se mueve un viento frío. Salgo de la tienda en la que duermen mis amigos y me alejo buscando un claro del bosque. Apoyo el espejo en una rama y me observo. Nada. Ni la mirada perdida bajo los anteojos, ni el pelo revuelto. Ni siquiera el cansancio, la desesperanza, la pena. Nada del hombre que soy. Hace varios días que miro el espejo y sólo veo el vacío ¿Dónde se esconde? ¿Para qué? ¿Cómo matarlo si me evita? Saco el 38 y pongo la bala. Giro el tambor y apoyo el arma en mi sien. Gatillo. Nada. Daría cualquier cosa por terminar con esta angustia. Estoy a ocho días de mirarle los ojos a la única verdad que he venido persiguiendo por el desierto, por los bosques, por mi vida. Tengo poco tiempo para encontrar la pieza faltante y armar mi rompecabezas ¿Y si en lugar de llevarlo a Buenos Aires tuviera que poner el 38 en su sien y disparar? ¿Si tuviera que meterme en sus fauces y comer la pieza corazón de mi destino? ¿Si tuviera que cruzar las puertas de la ciudad con su cadáver en mis brazos? ¿Qué sucedería si regresara con sangre en las manos, sangre en el cuerpo, sangre en cada cosa que tocara? Sólo tengo la seguridad del miedo. Como un credo, repito: voy a llegar hasta las aguas del lago, voy a sacar al monstruo, voy a llevarlo a Buenos Aires, se lo voy a dar a Nuria como prueba de lo que soy capaz de hacer por amor y no sé si mi corazón va a resistir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Ayer ocurrió algo único. Guisset y Tensigg estaban inmóviles dentro de sus sacos mientras yo escuchaba el sonido de la lluvia. La música del agua cambió por una neblina blanda que recorría la superficie quieta del lago. Estaba parado en la orilla, subido a una gran piedra, esperando. Un viento suave separó el manto de neblina y abrió un corredor largo de agua. A lo lejos, algo trazó un círculo sobre el lago. Algo que cobró la forma de un lomo oscuro que se sumergió con una gracia pavorosa y levantó un chorro breve. Más círculos se formaron y sentí que mi corazón se descontrolaba y me latía en el cuello y dentro de la boca. Con ondulaciones largas, el monstruo se acercaba más y más. Deseaba ver su cuello largo, su cabeza diminuta. El lomo brillante creaba círculos concéntricos que se expandían hacia las orillas. De pronto, cambiaba de color y tomaba el color de su cuerpo y era usted, mi amor, que ondulaba desnuda en las aguas frías del lago. Entraba, salía, se sumergía y era usted, majestuosa, la que me enloquecía el corazón. Sólo el color de su espalda, sus piernas y su manera de sumergirse en las aguas. Desperté de mi sueño antes del amanecer y sentí la dicha del hombre que se queda dormido sin darse cuenta. Entonces, lloré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su soñador suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Difícil que usted entienda el exilio del sueño, el sabor de su mágica inconsciencia, su piadosa capacidad de salvación. Qué daría por tenerlo dormido entre mis brazos y soñar con un futuro imposible. Qué daría por salvarlo del miedo y que usted supiera que el único sitio en que no es extranjero, es mi corazón. Qué daría por mirarlo dormir sobre mi pecho. Anoche sentí que eso ocurría, que acariciaba su pelo y usted me hablaba hasta entrar en el sueño. Que le sacaba los anteojos y lo acomodaba mejor contra mi cuerpo. Después me dormí y tuve un sueño ajeno. Nadaba desnuda en medio de aguas fría cubiertas por una neblina tenue que se abría. Usted estaba en la orilla, lejos. Mirándome. Me sumergía una y otra vez. Usted sabe lo que amo el agua, lo que me gusta nadar. Me acercaba a usted y sentía que lo amaba tanto, me acercaba a usted y mi cuerpo cambiaba de color y se volvía gris y brillante y era el monstruo que se dirigía a su encuentro. Desperté de mi sueño con el cuerpo mojado, la cama empapada y sin saber si había llorado tanto de extrañarlo o de nadar en las aguas de este tiempo y esta distancia que nos separa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Mojada, condenada, pero&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vuelvo al campamento. Tensigg despierta y pregunta si sigue lloviendo. Guisset pide que lo dejen dormir, que no vamos a poder movernos bajo la lluvia y se da vuelta y vuelve a roncar. La lluvia es tenaz. Tensigg sale de su saco y se para a mi lado con el cuaderno. Me pregunta si recuerdo cuándo comenzó a llover y cuántos milímetros habrán caído. Miro al inglés ¿Qué escribe con su letra de araña? ¿Qué anota que pueda servir y a quién? ¿Toma datos para la Corona? ¿Toma claves para escribir sus memorias: “en 1920 acompañé a Onelli a sacar el monstruo del lago Puelo... Estábamos locos... todos”? ¿Escribe para contarle a sus nietos qué clase de gente vive en este país perdido en el sur de un continente extraño? Qué daría por saber lo que Tensigg escribe. Pasamos el resto de la mañana dentro de la tienda jugando al ajedrez y hablando de la tormenta.&lt;br /&gt;Guisset despierta al mediodía, reparte algo húmedo para comer que nadie sabe qué es y sigue durmiendo. La tarde es de jugar al dominó, más ajedrez e irónicamente, de tratar de armar un rompecabezas, de la ciudad de Londres, con mil piezas de las cuales tengo escondidas diez. Es un dibujo de la capital de Inglaterra con sus calles, puentes, monumentos, sus barcos, gente, animales, la famosa torre ¿Qué más? Es el dibujo de una ciudad que jamás se va a poder completar mientras tenga escondidas las piezas.&lt;br /&gt;No es verdad que la lluvia nos tenga inmovilizados. Me ata el miedo a seguir avanzando.&lt;br /&gt;Cuando anochece abandono el armado del rompecabezas londinense y salgo de la tienda para observar la tormenta.&lt;br /&gt;Tomo una decisión: No me interesa sentir miedo. Todo el mundo tiene miedo. Siempre. Voy a llegar hasta las orillas de ese lago y voy a sacar al monstruo. Voy a regresar con él a Buenos Aires y lo voy a dejar a los pies de la mujer a la que le voy a decir: Ahora ate mi corazón con el suyo porque nadie nunca jamás volverá a desatarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 6 días del lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las horas previas al amanecer no son fáciles. Están llenas de un dolor de cabeza que se resiste al contenido de un par de botellitas que me dejó Guisset ante de entrar en un sueño profundo ¿Cómo será dormir? ¿Tendré que preguntarle al monstruo que nada en el azul del lago? ¿Tendré que dejarme caer entre los brazos de Nuria y el calor de su pecho? ¿Tendré que pedirle a Dios que sea justo y haga coincidir el caño con la bala? ¿Cómo será dormir? Si regreso voy a amar a Nuria con todo mi sueño.&lt;br /&gt;Sigue la lluvia. El agua me pesa sobre el cuerpo. El dolor aumenta con el repiqueteo sobre el techo de la carpa. Es imposible seguir. El camino se pierde entre el barro y las ramas caídas de los árboles. El frío húmedo se mete entre las costuras, atraviesa mis botas. Estamos yendo hacia el exilio. Todos. Mi exilio está entre un 38 y un monstruo ¿Por qué me fui de Buenos Aires? Pude haber renunciado a todo y suspender la expedición, quedarme en la tranquilidad del despacho en el zoológico y esperar que Nuria dejara su casa. Sin embargo, salí con mi locura hacia este exilio lacustre. Tal vez escapo de lo mediocre, de lo común, de días iguales que pasan con lentitud de caracol, de ser un hombre más ¿Qué busco que no esté escrito en las líneas de mi mano, en los surcos de mi cara o en los lunares de los labios de Nuria? ¿Qué busco en este exilio hacia el calibre que destrozará mi corazón?&lt;br /&gt;Quisiera morir sin ver el lago, sin saber si saqué a la criatura, sin saber si encontré la pieza que faltaba, sin saber si regresé a Buenos Aires, sin saber si amé a Nuria por el resto del tiempo que se nos otorgó. Quisiera morir pero no encuentro el modo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;A veces tengo esta sensación de sueño. Nunca la llamé a su casa para verla, no nos encontramos ese domingo en el Botánico, nunca hicimos el amor. Salí a una inútil cacería para probarme vaya a saber qué de niño perdido, para probar que un hombre loco es capaz de desparramar sus días por los límites, sin más brújula que el iris de unos ojos verdes. Todo es un sueño, Nuria. Sigo enamorado de usted que no lo sabe. Usted piensa todo el tiempo de todos los días en mí, que no lo sé. Cada uno vive su pesadilla de amor ideal sin sufrir. Cada uno sabe que el equilibrio de la piel se rompería si nos tocáramos con la punta de los dedos. En mi despacho del zoológico continúa mi clasificación de insectos. Usted sigue en la habitación de su casa donde borda, conversa sin escuchar o ríe. A veces tengo esta sensación devastadora. No veré ningún monstruo en ningún lago, cruzaré derrotado las puertas de Buenos Aires, no vendrá a ver cómo sacudo el polvo de mis botas y mi cansancio. No nos amaremos por el resto de nuestras vidas porque nunca nos hemos vuelto a ver. No sabremos cuánto amó uno al otro. Cuando sucede esto, releo cada una de sus cartas para estar en el único lugar creado a mi medida: su corazón. Cuando sucede esto, pronuncio su nombre en el insomnio, sólo para saber que es verdad que la amo. Cuando sucede esto, dejo de creer en mí y pongo toda la fe en sus promesas de amor. Sé que en ese territorio voy a poder conciliar, por fin, mi sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después del desayuno, Tensigg y Guisset se dedican a mirar la lluvia. Les digo que me quiero adelantar, explorar el terreno, saber qué nos espera. Trepo al caballo y me voy. Cabalgo dos horas hacia el oeste y desciendo en un valle cercado por tormentas. Entre los pinos encuentro un par de carpas. Nada se mueve. No oigo caballos ni conversaciones. En la primera tienda encuentro los cadáveres de tres indios. Cada uno tiene un agujero de bala en la frente. En la segunda, está el cuerpo de Leroy. Querido amigo. Yace boca arriba. Le sacaron los ojos, le cortaron la lengua y las manos, le marcaron con un cuchillo una letra O en la frente. Temo que le suceda algo parecido a Steffandrini y su comisión. Entre las ropas de Leroy encuentro un papel: “Lo lamento, Onelli. Nada parece detenerlo. Mató a Rodríguez y a Yáñez. Ha ido demasiado lejos. Maté a este comisionado que también tenía su estúpida ilusión de demarcar límites. Su muerte va por cualquiera de los asesinatos que usted cometió. El próximo cadáver que aparezca va a ser el suyo ¿Le parece encontrarnos en cuarenta y ocho horas? PD: como sé que es un sentimental, dejé el corazón para usted”. Lo firma Aguirre. Guardo la nota y miro lo que queda del cuerpo de mi amigo. Siento pena. Me arrodillo, saco el cuchillo y lo hundo en su pecho. Entre la sangre de mis manos está su corazón. Salgo de la carpa y busco un lugar bajo los árboles. Cavo un pozo y lo entierro. El agua me empapa. Saco de mi bolsillo las órdenes que el Gobierno Nacional me había dado para Leroy. Las rompo y busco mi caballo para regresar. Aguirre tiene razón. Nada va a detenerme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Usted me atravesó el corazón. Hace ocho años. Me lo atraviesa con cada carta que leo. Me lo atraviesa con esto intolerable de pensar todo el tiempo en usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sangrante pero suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Tengo esta tormenta desatada.&lt;br /&gt;Tengo esta tormenta desatada, que me atraviesa el corazón como una flecha.&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 4 días del lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer paró de llover. Sopló un viento que barrió las nubes y trajo colores rosados sobre el bosque. Acampamos a orillas del Foyel y el cielo se adornó con estrellas. Tensigg se empecinó en discutir conmigo la posición de Antares y Canopus. Lo venció el sueño que ya había dado cuenta de Guisset. Me quedé observando el firmamento hasta que eché mano al Veronal y se acabó. Un silencio fuera de lo común me despierta. Como si el bosque hubiera caído bajo un poderoso encantamiento. Se aproxima la salida del sol. Salgo de la carpa y camino entre los árboles. Cuando encuentro el lugar adecuado, repito, ante el espejo, mi deseo de no regresar. En el momento en que apoyo el 38 en mi sien, siento el golpe que me hace perder la conciencia. Cuando abro los ojos me encuentro con las manos atadas a la espalda y en el interior de una tapera.&lt;br /&gt;Debiera hacer dieta o pagarme por haberlo subido al caballo. Es malo para la salud estar tan excedido de peso, Onelli, dice una voz áspera y extraña que está a mis espaldas.&lt;br /&gt;¿Por qué no me mató? Era tan fácil, déjese ver. No quiero morir sin conocerlo, contesto.&lt;br /&gt;Aguirre me rodea y se para adelante. Tiene un chambergo cuya ala tapa su cara. Sus manos son garras. No puedo imaginar las líneas de su rostro. Me parece repulsivo. Matarlo hubiese significado ruido y sus amigos estaban cerca, sigue. A mí me gusta ocuparme del cadáver ¿Qué más quiere? Si dejo su cuerpo, ellos lo llevarían a Buenos Aires. Esa mujer, a la que usted escribe, le daría sepultura en algún lugar donde poder visitarlo con la seguridad de que nunca más usted se le escaparía. Todos asegurarían que, de no ser por su súbita muerte, el monstruo hubiese habitado el corazón de Buenos Aires. Odio los finales felices. Aguirre hace una pausa.&lt;br /&gt;Miro el sitio donde estamos. Hay una mesa con botellas y algunos vasos. Un poco de luz se filtra por una ventana mal tapiada. El aire tiene un olor nauseabundo. Me duele donde Aguirre me golpeó.&lt;br /&gt;Tengo una idea mejor, sigue. Imagine que sus amigos se despiertan y usted no está. Lo buscan y encuentran un espejo en medio del bosque. Vuelven al campamento convencidos de que va a volver. Se habrá ido a visitar a su amigo Leroy que está cerca, le dice uno al otro. A propósito, fue un gusto visitar a Leroy, mirar sus ojos, estrechar sus manos, hablar con él. Un gusto, de verdad. Y pasa el tiempo y usted no regresa. Se hace de noche y se van a dormir. Pero usted, Onelli, no regresa ni al día siguiente, ni nunca. Sus amigos avisan a Buenos Aires que usted se ha perdido y ella se angustia. Se comisiona gente para, los primeros días, buscarlo a usted pero a medida que pase el tiempo, buscar su cuerpo. Un cuerpo que ha perdido la cabeza y que no van a encontrar. Fin de la historia. Sus amigos regresan a Buenos Aires para recordarlo, de vez en cuando, con algún discurso y esa mujer levanta una religión a su memoria. Eso es un final mejor. Usted vivirá por ella eternamente, dice Aguirre y suspira.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Siempre fui creyente. Cumplí los ritos, las procesiones, las festividades. En su ausencia me he vuelto pasionalmente religiosa. Mi única religión es usted&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No veo la forma de salir de acá. Voy a morir ¿Todo habrá sido un error? ¿Seré la pieza del rompecabezas de este tipo que me apunta? ¿Si todo el viaje no hubiese sido otra cosa que llegar a esta habitación para que este individuo encaje sus piezas y se libere de volver? Es atroz pensar la vida como parte del destino de otro ¿Si lo fuera? La vida de muchos nada más que para la salvación de pocos.&lt;br /&gt;Aguirre se adelanta y desata mis manos. No deja de apuntarme.&lt;br /&gt;Me van a dar muchos billetes por llevar su cabeza en una bolsa a Buenos Aires, sigue. Necesitan la evidencia. Ver que está muerto. Sin cabeza, no hay plata, dijeron. Ahora se da cuenta de que este viaje le va a hacer perder la cabeza ¿Cruzar desiertos y bosques para sacar una criatura imaginaria de un lago? Es una idea delirante de una mente desquiciada. Hay cosas más importantes que gastar dinero en los sueños febriles de un alucinado. Usted es un imbécil, Onelli. A una sociedad sumisa, conservadora y estúpida como la de Buenos Aires, no la puede perturbar con empresas fantasiosas. Ellos en la tranquilidad del hogar y usted, vestido de manera estrafalaria, cazando monstruos por el Sur. Ellos, levantándose temprano, desayunando con los hijos, saliendo a trabajar, tomando una copa con los amigos antes de volver. Ellos y sus esposas, sus sueños de poca monta, su vida gris. Ellos no deben salir del escenario que tienen ¿Se imagina a alguien preparando un viaje a la luna? Otro, ideando máquinas para volar o para sumergirse en el océano. Se imagina lo que sería una sociedad dónde cada uno hiciera lo que le manda el corazón o lo que le dicen sus sueños. Todo eso es desorden y anarquía, Onelli. La vida es corta para perder el tiempo caprichosamente y no hacer lo que Dios manda.&lt;br /&gt;¿Y qué es lo que manda? Pregunto y me friego las muñecas para aliviar el dolor que me produjo estar atado. Lo que manda es cuidar las normas, seguir los preceptos y vivir en paz. Rezar mucho para ganarse el cielo, dice Aguirre.&lt;br /&gt;Creo que no leyó el Nuevo Testamento, digo.&lt;br /&gt;Cállese, se acabó, dice Aguirre y se acerca a la mesa con botellas y vacía el polvo de un sobre en un vaso. Destapa una ginebra y sirve. Se aparta y me hace una seña. El de la derecha, ordena. Me pongo de pie y, al acercarme, golpeo la mesa y sujeto vasos y botellas para que no se caigan.&lt;br /&gt;Es tan torpe, gordo imbécil, el de la derecha, repite Aguirre. Levanto el vaso y me tomo el contenido de un trago. Siento que me quema la garganta, que al final, el tiempo destinado a Onelli ha concluido. Qué pena. Miro el ala del chambergo que tapa la cara de mi verdugo, sus garras, su revólver que me apunta.&lt;br /&gt;Los indios dicen que Onelli no muere; que vivió siempre y que va a vivir siempre... son tan borrachos. Dicen que no hay que mirar los ojos de Onelli ¿Qué tienen los ojos de Onelli que no hay que mirar? Sáquese los anteojos, ordena Aguirre que se acerca sin dejar de apuntarme.&lt;br /&gt;Dejo los anteojos sobre la mesa.&lt;br /&gt;Ojos de gordo torpe e imbécil, dice, ahora tengo que esperar. Señala una bolsa de arpillera y un cuchillo, descarnarlo va a ser fácil. Es mi locura, descarnar.&lt;br /&gt;Miro a Aguirre, la bolsa, el cuchillo. Qué poco tiempo. Es una pena. Entonces, abro los ojos, me aprieto el vientre, toso, me doblo y caigo convulsivamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Me gustaría decirle tantas cosas.&lt;br /&gt;Sólo escribo este silencio.&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gordo imbécil, murmura Aguirre, sacar un monstruo de un lago... Se acerca, toma el otro vaso y bebe el contenido. Tose, busca la bolsa de arpillera y saca el cuchillo. Me gusta descarnar, dice y abre los ojos, se toma el vientre y se dobla. Viene una arcada y cae con convulsiones.&lt;br /&gt;Me levanto y miro el chambergo que oculta su rostro. A la ruleta rusa... a mí, pienso y me inclino para sacarle el sombrero pero oigo un aullido lejano y me detengo. Miro el cadáver. La vida es demasiado corta, me repito y tomo mis anteojos. Al salir, la claridad del día me molesta. Hay algunas nubes. Me subo a mi caballo y me llevo el de Aguirre. Hay tan poco tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 2 días del lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aprovechamos el buen tiempo para cabalgar bajo la luna llena. La misma que está brillando sobre el cielo de Buenos Aires, la misma que Nuria mira. Todo parece irreal. Estoy harto del ritmo de los cascos. Estoy harto de ser el director de esta sinfonía. Quiero que la música llegue a su fin y que vuelva el silencio. Sin embargo, todo empeora. El dolor de cabeza es un cuchillo que tengo clavado dentro de los ojos. El insomnio tiene el monopolio completo de mi noche y, de a ratos, caigo en un sueño breve del que salgo asustado. Tensigg escribe con una furia inusual. Como si escribir lo aislara de una realidad a la que teme ¿Quién es? ¿Para quién trabaja? ¿Qué hace? ¿Escribirá la crónica de esta expedición? Esa crónica, de existir, ni siquiera le interesaría a algún periódico escocés que hiciera notas sobre avistamientos de monstruos lacustres ¿A quién le interesaría? Guisset me mira y dice que estamos a un paso del lago y del monstruo. No le puedo explicar lo que significa no poder gobernar la taquicardia o la respiración. Es difícil hacerle entender el miedo. Tengo en mis manos la sangre de tres tipos a los que tuve que matar por vivir en los bordes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Usted me lleva hasta mi límite.&lt;br /&gt;¿Cuál es el suyo? No quiero imaginarme que sea un 38.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasan las horas y pasan las leguas. Los caballos necesitan un descanso y el amanecer se acerca. Nos detenemos en un claro cerca de un arroyo. Levantamos la carpa y encendemos un fuego. Guisset prepara algo para comer y Tensigg, anota. Me voy hacia el bosque a tratar de resolver mis cosas. Sólo quiero una bala que lo mate. Tantos años se escondió de la mujer que amaba. No merece vivir. Reviso el espejo como el que inspecciona un enorme y oscuro galpón. Nada. Sólo ruidos. Quisiera mirar sus ojos. Una vez. Nada. Pongo la bala, giro el tambor, apoyo el caño en mi sien y espero. Gatillo. No tengo suerte. Tengo dos días por delante. Vuelvo al campamento y algo se mueve dentro de mi alforja. No puede ser. Como si tuviera pocas cosas de las que preocuparme. Se asoman varios enanos con gorros de colores. Los cuento. Exactamente, diez. Voy a tardar en individualizarlos, saber sus nombres, qué pasado o presente tienen cada uno, qué esperan de sus vidas, qué caprichos, qué amores y qué secretos guardan. Cómo si no tuviera que ocuparme de las otras cosas, aparecen estos pequeños. Qué suerte tengo con las piezas del rompecabezas. No le voy a decir nada a mis amigos. No quiero la mirada de Guisset ni las anotaciones de araña de Tensigg. Daría lo que fuera por un poco de paz. No tengo la menor gana de ocuparme de estos enanos.&lt;br /&gt;Regreso al campamento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Tuve una noche pésima. Una noche de insectos que subían y bajaban por los bordes de la cama y el cuerpo frío de muerto de mi marido. Hace demasiado tiempo que está así. Vivir con un muerto. A quién se le ocurre. Usted, mientras tanto, vive en su expedición que no termina. Está con sus amigos, con sus maravillosas obsesiones. Está tras la búsqueda de una bestia fabulosa que espera en el fondo de las aguas azules de un lago. Ese pobre animal también espera su parte del destino. Imagino el momento en que se miren cara a cara, pupila a pupila. Imagino la piel de cada uno. Imagino lo que usted va a pensar y la sensación de alivio de la criatura. Imagino que usted no piensa ni un minuto en mí. Acá, lejos, en esta ciudad vacía de Buenos Aires, en el exilio inútil e inhóspito de esta casa de familia. Dios nos salve de esta rutina del bordado, el piano, las niñeras, la hora de cenar, los días de visita, lo que se debe hacer. Lo que se debe hacer, Onelli. Dios lo bendiga y lo cuide para mí. Usted hace lo que quiere. No debe pensar ni un minuto en mí. Está loco y lo amo, Onelli.&lt;br /&gt;Tuve una noche pésima, Onelli. Sé que entre sus brazos voy a poder dormir otra vez. Saque ese caracol de sueño del agua y tráigalo. Pero regrese pronto que quisiera dormir con usted.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guisset me ve y dice que me apure, la comida todavía está caliente. Tensigg me pregunta si tengo alguna novedad. Le cuento de los enanos y se ríe. Después anota. Estoy a punto de pedirle que me deje ver su cuaderno pero me callo. Enanos, dice Guisset y también se ríe. Miro las pocas nubes que pasan hacia el sur y pienso que me gustaría tener alguien con quien hablar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A 1 día del lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De nuevo lluvia. Escribo con tormentas a mis costados. Es literal. Franco y Tensigg están dentro de la carpa bajo los alerces. Hay viento y llueve fuerte. Los relámpagos me iluminan las manos. No sé qué hago acá afuera. El agua cae sobre mi cabeza, los anteojos, la ropa, los dedos, la lapicera y el papel. Hoy no he visto sombras. Ninguna. Por primera vez en varios días. Ninguna. El perro tampoco apareció. Lo vi anoche, oliendo los huesos que dejamos y después se echó a mi costado. Esta mañana saqué el espejo y escuché los sonidos de esa bestia comiendo otra parte de mí. El ruido de su manera de comer es repulsivo. Saqué el 38, puse la bala, giré el tambor y lo apoyé en mi sien. Otro día más para seguir. Ningún enano se atrevió a salir de las alforjas. Pero me gritan, los escucho y les hago caso. Escribo esto, lo que ellos dicen. Queda poco tiempo. Estamos a un día del Puelo y me acerco a una de las piezas más importante del rompecabezas. Queda ese jinete. Que Dios se apiade de él. Los enanos gritan y escribo bajo la tormenta. Lo raro es que la lluvia borra cada palabra que escribo. No las puedo leer. Al rato me las olvido. Los enanos gritan, llueve, no puedo parar de escribir y no entiendo qué gano tratando de escribir bajo el agua palabras que no voy a leer y que voy a olvidar. Es imposible. Escribo, nada más que con tormentas a mis costados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;A veces me pongo triste por las palabras que se pierden. Cosas que pienso o que digo sobre este caballo que atraviesa bosques de araucarias, alerces o pinos. Escribo sobre el agua de arroyos, palabras que leerán las truchas u otros peces. Quién dice que escribo palabras sobre el agua para ser leídas por una criatura fabulosa que deba entregarse a la solución de un rompecabezas acuático.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cerca del lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos detenemos en un bosque cercano al lago. No quiero mirar sus orillas, no puedo hacerlo. Le pido a Guisset y a Tensigg que levanten la carpa y les digo que regreso en unas horas. Apuro mi animal siguiendo la picada que bordea el lago por el norte. Un bosque de cipreses y alerces me ocultan las aguas en las que anda mi monstruo. La profundidad debe estar siendo hendida por el ir y venir de su cuerpo. Casi puedo sentir el agua rozando su piel de caracol. Casi puedo tocar su espinazo con la punta de los dedos. El frío lo envuelve. Qué daría por montar su lomo y emerger del azul lacustre en medio de enloquecidos círculos. Qué daría por darle palmadas en el cuello y la frente, enamorar sus pupilas de golpe y para siempre, golpear las puertas de la ciudad de Buenos Aires y heredar la merced del corazón de Nuria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;Hay criaturas capaces de volar las alturas de los cielos; otras, recorren leguas y leguas marinas con el ondular de sus cuerpos. Hay criaturas que trepan abismos verticales con sólo la fuerza de sus garras; otras que recorren el mundo subterráneo sin ver la luz durante meses. He visto correr a velocidades que superan la imaginación. También he visto criaturas inmóviles, el tiempo que sea necesario, para atrapar su alimento. En este mundo hay todo tipo de criaturas. Pero sólo tres me importan: Hay un enorme caracol de piel frágil que nada tranquilo por aguas azules con una mirada que significará todo. Me espera. Voy por él. Está usted, criatura mía, y el color de sus iris, sus labios, su pelo hasta la cintura, sus lunares, los gestos mágicos que tiene para mí, los tonos de su voz, sus manos, sus pies, su sueño. Espéreme. Si regreso es porque habré encontrado el camino de salida. La tercera criatura es este loco. Lo único que desea es mirar sus ojos, detener allí la marcha de su corazón y dormir en paz. Sé que algo de esta criatura que soy, debe morir para amarla hasta siempre. Espero que ame lo que quede de mí, si regreso del Sur.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perdido pero suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche cae sobre mis espaldas. Viene huyendo de un cielo encapotado, rumoroso y demencial. Doy rienda suelta y me agacho sobre el caballo. La senda se angosta. Luces agónicas se filtran entre las ramas altas. El aire se enfría y tiene olor a lluvia. Relampaguea y un rayo pone trazos finos contra el cielo. Se suceden truenos. Qué no daría por montar en pelo la tempestad de mi monstruo. Qué no daría por dar vueltas y vueltas hasta cansarlo. Qué no daría por besar su cuello. Llueve.&lt;br /&gt;Algo sucede en la alforja. Ahora no, no. Es lo que faltaba. Los enanos están bravos, mal de la cabeza. Asoma el de gorro rojo, el que quiero más. Me observa con ojos tristes. Sin dejar de mirar la picada, le ordeno que no salga, que se puede caer, que es peligroso. Me ignora y mira hacia las patas del caballo. La lluvia resbala por mi cara, mis brazos, mis dedos. Empapa con rapidez el gorro de mi amigo. Le grito que vuelva a la alforja, que después hablamos. El enano me dice adiós con la mano y salta para caer bajo los cascos. Miserable suicida. Estábamos tan cerca. No tengo tiempo ni espacio para lamentar otra muerte. Pasamos como naves veloces a través de las tormentas. Pasamos como nubes que dibujan sueños caprichosos de muchachos que sueñan con ser hombres. Pasamos como sombras que persiguen sombras de amor que escapan. Quiero morir acá y ahora. Sacar mi 38 y volarme las meninges. Miserable suicida. No era momento ni lugar. Le grito a mi caballo para que atraviese las cortinas de agua y siga hacia mi destino: encontrar al comisionado Stefandrini. En una curva brusca dejamos el bosque y aparece el valle. Lo recorre un viento loco de tormenta y agua. La picada desciende entre ramas y hojas que gotean. A poco de andar, aparece colgada de una rama una marca que conozco. Una cuerda con una medialuna de cobre. Es la señal de mi amigo. Estoy cerca y no deja de llover. Acaricio el cuello de mi caballo y vamos al paso. Siento algo que se clava en mi costado y allí está: Stefandrini y su escopeta. Una sonrisa se mezcla con su barba. Me palmea, toma las riendas y me conduce hacia el campamento. Me pone al tanto de las últimas novedades. Dice que esta mañana vio pasar a un jinete oscuro. Iba buscando algo, mirando aquí y allá. No pudo ver su cara. Acaso no tenía, dice y me habla de los músculos de su cuello, de su actitud de poder. Dice que le ignoró como si nada le importara, como si no existiera y luego siguió en dirección al lago. Dejamos el caballo junto a los de él y me hace entrar en la tienda. Le hablo de las instrucciones que el Gobierno Nacional ha pedido que le transmita. Lo pongo al tanto de la maquinaria de traición que ha tratado de detenerme. Le hablo de la conjura chilena. Stefandrini me observa en silencio. Deja que concluya y escuchamos un rato el rumor del agua que moja la carpa. Hay tanto para hacer, dice y es tan poco el tiempo. Se oye relinchar a los caballos. He visto cosas raras, sigue Stefandrini. Dos noches atrás, una luna llena, tres veces más grande y luminosa que lo habitual, iluminó el valle. Algo hizo que fuera hasta la orilla del lago. Poseído por un agotamiento repentino, me senté sobre unas piedras. Vi la silueta de una mujer de pelo largo, que entraba en las aguas quietas, Onelli. La mujer se sumergió. Me levanté pensando que se iba a ahogar y me acerqué hasta el sitio donde había desaparecido. El agua estaba mansa. De pronto, en el centro del lago, hubo movimiento de hervor. Aparecieron varios círculos, como si algo voluminoso se hubiese hundido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;Todos perseguimos criaturas inasibles cuya belleza y magia está en la imposibilidad de pertenecernos. La belleza del gorrión está en su pequeñez y su libertad. Lo sublime de la rosa en lo frágil de sus pétalos. Qué maravilloso el dibujo de las nubes por el cielo. Pasamos, amor. Somos bellos mientras somos. No intentemos amar lo que se fue, lo que quedó fijo en el recuerdo. Ya no seremos. En este viaje suyo hacia ninguna parte hay tres criaturas que debiéramos dejar en paz: En las aguas del lago vive, bajo la piel única de Dios, la criatura que somos. Mire lo que deba mirar, traiga lo que quiera traer. Ella no es más que un ramo de flores tendido por un hombre enamorado a la mujer de sus sueños. Haga lo que tiene que hacer para volver en paz. La otra criatura es usted y su boca, sus hombros, su mirada perdida, su voz, su actitud varonil, su desmesura. Si vuelve trataré de amarlo sin miedo y sin piedad. Yo soy una criatura desolada y muerta. Si regresa del sur, busque mis labios y devuélvame a la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Regresé pensando en olvidar todo. Anoche me despertó el frío, continúa Stefandrini. Salí de la carpa y una niebla pesada había caído sobre el valle. Los caballos estaban nerviosos. Cuando me acerqué a calmarlos oí un sonido que me perturbó. Parecía el lamento de un animal herido. Están pasando cosas, extrañas, Onelli. A veces el bosque está silencioso. Nada se mueve, nada se escucha. A veces el alboroto es impresionante. Como si los animales quisieran huir de algo que los hubiera asustado.&lt;br /&gt;Nos quedamos en silencio. La tormenta sigue. Le digo a Stefandrini que esté tranquilo. En un par de días, todo habrá terminado y volverá la paz. Me pongo de pie para irme. Me acompaña a buscar mi caballo y lo sujeta mientras monto.&lt;br /&gt;Varios rayos iluminan nuestras caras.&lt;br /&gt;Lo va a sacar ¿no? Pregunta Stefandrini.&lt;br /&gt;Los truenos le impiden escuchar mi respuesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lago&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy es 25 de noviembre de 1920. Son las 9 de la mañana. Delante de nosotros están las aguas del lago. Miro las montañas, los bosques, el oleaje que llega hasta la orilla. Tensigg y Guisset están mudos. Desmonto y me adelanto para mojarme las manos. En alguna parte, entre las aguas, nada la pieza de mi rompecabezas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Onelli:&lt;br /&gt;¿Qué puedo decirle del amor? Si su presencia en Buenos Aires me dolía, su ausencia es devastadora. Ya no quiero vivir sin usted. Vuelva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suya&lt;br /&gt;Nuria&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;¿Qué puedo decirle del amor? Escape. Todavía está a tiempo. Si regreso, será demasiado tarde y no habrá tormenta capaz de protegerla. La voy a llevar a un sitio donde será imposible soltarnos las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les pido que armen el campamento y busco mi largavistas. Me paso el resto del día mirando las aguas y deseando estar muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;26 de noviembre de 1920&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El insomnio me hace vigilar las aguas del lago hasta antes del amanecer. Este Sheffield, pienso. Todavía está oscuro. Durante la noche descifré parte de mi rompecabezas y llegó la hora de mi destino. Vuelvo al campamento, busco en las alforjas las cartas de Nuria y las coloco contra mi corazón. Los enanos duermen. Hay silencio en las alforjas. Respiro hondo y miro los bordes del bosque de arrayanes. No hay ninguna sombra, no hay tormentas, no está el perro. Va a ser un buen día. Andando. Recojo el cinto y la chaqueta. Tomo el 38, abro el tambor, saco las balas y elijo la más hermosa. La miro. Tan simple, tan perfecta. La cargo en el tambor y lo giro. Saco el espejo. Tensigg y Guisset duermen tranquilos. Me acerco a cada uno. Estoy a punto de despertar a Guisset para despedirme. Lo va a entender, pienso y lo dejo en paz. Voy hasta Tensigg, lo miro en su sueño profundo. Me agacho, le abro la alforja y busco el cuaderno. No lo puedo abrir, no puedo. Nunca sabré lo que anotó en él. Tomo el espejo y camino el doble de distancia de lo acostumbrado. Encuentro un claro entre los arrayanes y apoyo el espejo en una rama. Me reflejo en él y por primera vez veo las paredes de mi prisión. Oigo el ruido que hace. Está comiendo lo poco que queda de mí. Es hora, digo y apoyo una mano contra el espejo y lo atravieso. Me tomo del marco y entro. Descubro múltiples galerías, pasadizos, una altura que no termina. Cómo no perderse durante ocho años, pienso. Empiezo a caminar guiado por los ruidos de la bestia. Dejo cartas de Nuria por el camino. Va a ser la única manera de regresar. El tiempo transcurre incalculable. Los ruidos se hacen más fuertes. Lo veo al dejar caer la última carta. Está en un lugar tan amplio que no hay costados. Es el tiempo, pienso. La bestia es grande, oscura y está de espaldas. En el piso yacen restos de mí: los anteojos, parte del cinto, del corazón, del hígado. Hay poca carne en los huesos. En el cuello hay una chapa, que alguna vez estuvo cerca de Nuria, con mi nombre y la dirección del Zoológico. Con sangre en la nariz y la boca, se da vuelta, me observa y abandona sus brazos a los costados del cuerpo. No siento miedo, me conmueve la tristeza con que mira. Creo oír la voz de Nuria que dice “ya es inmortal, Onelli”. Saco el 38, giro el tambor, lo coloco en mi sien y gatillo. La bestia sigue con sus brazos al costado. Tiene la mirada triste. Miro sus ojos y no encuentro nada. No hay piezas, no hay mapas. Entonces, dejo caer el 38, me acerco y, con violencia, le quiebro el cuello. Cae de cara al cielo. A su alrededor, está lo que queda de mí. Tomo la chapa con mi nombre, apellido y dirección de Buenos Aires y la coloco de nuevo en mi cuello. Mientras levanto el 38, crece un rumor sordo y todo empieza a temblar. Escapo veloz. Recojo una por una las cartas de Nuria. Se caen pedazos de pared, se desploma el cielo. Con la última carta encuentro el marco del espejo y un torbellino de polvo me expulsa hacia el claro del bosque de arrayanes. Me doy vuelta para mirar la superficie transparente donde el tiempo se está destruyendo. Aparece la imagen de Nuria, y luego el espejo se hace añicos. No sé cuánto tiempo permanezco inmóvil. Junto los pedazos y los guardo en una bolsa de cuero. Me pongo de pie, guardo las cartas de Nuria junto a mi corazón, pongo el 38 en mi cintura y vuelvo a las orillas del lago. Las aguas están quietas. En alguna parte, pienso, en alguna parte estás, pieza que me falta. Tengo todo el tiempo del mundo por delante. No voy a volver sin vos. No puedo volver sin vos. Si tengo que vaciar el lago, lo voy a hacer. Si tengo que morir en la espera, lo voy a hacer. Ahora tengo todo el tiempo... este Sheffield, repito y me agacho y elijo siete piedras. Contra la luz del amanecer, las arrojo una tras otra hacia las aguas del lago. Se forman círculos concéntricos que se expanden despacio. Este Sheffield, repito. Doy la espalda al lago y, mientras vuelvo en dirección al campamento, descubro que, por primera vez, desde que partí de Buenos Aires y de Nuria, no tengo dolor de cabeza y siento un hambre monstruosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;27 de noviembre de 1920&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tensigg y Guisset duermen. Miro toda la noche la niebla baja que cubre las aguas del lago. Cuando amanece avivo el fuego, caliento agua y tomo unos amargos. El día no se decide a mejorar. Sigue frío y lacustre. La neblina apenas toca las aguas del Puelo. Este Sheffield, pienso, tuvo suerte. Vio al monstruo ¿Y si no lo veo? Soy un desgraciado. No lo voy a ver. Voy a envejecer en las orillas de este lago perdido en las fronteras lejanas de un país extranjero. No quiero vivir, Sheffield. No puedo volver a buscar a la mujer que amo sin el monstruo. Suspiro y miro el cielo. No hay nubes, no hay tormentas. Se despejó y está rosa azul. El último jinete me espera en alguna parte del día. Que sea rápido, sin dolor, ya basta. Me pongo de pie y voy hacia la orilla. Descubro una canoa indígena en buen estado y con su remo. Miro las aguas del lago, no debo tener miedo. Mejor morir en la mandíbula de un monstruo lacustre que en la punta del puñal de un asesino. Empujo el bote, subo y tomo el remo. Voy despacio en dirección al centro del lago. Miro el agua en las que nada mi sueño y mi rompecabezas. La niebla se aparta a medida que me interno en las aguas pero el cielo desaparece y es reemplazado por un resplandor blanco que cubre el bote y lo rodea. Como si estuviera en ninguna parte, ninguna parte, me digo. Entonces, saco el 38, abro el tambor y extraigo la única bala que tiene. Tan simple, murmuro, voy a ninguna parte, y pongo la bala, giro el tambor y apoyo el caño en mi sien. Una brusca ondulación de las aguas sacude el bote y pierdo el equilibrio. Disparo y el estampido rompe el silencio. La bala atraviesa el aire.&lt;br /&gt;Algo se acerca con ruido de aguas. Me pongo de pie tratando de no caer y espero. La niebla revela con lentitud la figura de un hombre encapotado. Los botes se tocan. Me tomo de los bordes para no caer al agua. Usted perdonará mi poca educación y mi atrevimiento, dice el encapotado con un arma que apunta hacia mi cabeza. Tengo el tambor repleto y listo para vaciarlo en su poco cerebro. Ah, perdón. Me llamo Valdez ¿Es verdad que lo único que lo trajo a este lago de porquería es buscar un monstruo? Mira las aguas del Puelo y escupe. Es tan necio... Rodríguez habló con usted; Aguirre, también. Sus compatriotas no tuvieron suerte. Los traidores no tienen suerte. En la vida se puede ser cualquier cosa excepto un traidor. Eran una basura, los dos. Me da asco la gente que hace cosas por dinero, dice y vuelve a escupir sobre las aguas quietas del lago. La niebla va y viene alrededor de los botes. Miro al chileno. Es alto, moreno y de cuello muscular. El pelo revuelto se escapa por los costados del sombrero. Los globos oculares parecen salir de las órbitas. Su manera de hablar es cautelosa. Como si cuidara las palabras. Valdez mira el lago y me mira como si nada valiera y nada vale. Voy a morir y siento alivio. No creo en nada, dice Valdez, no es malo no creer. Nada se teme porque nada se puede perder. Suspiro y me miro las manos. Niego con la cabeza. Crucé ese desierto escuchando cuentos referidos a usted, sigue Valdez ¿Quién es, Onelli? Lo escuché morir y resucitar. Dicen que habla con los jabalíes, que los animales lo siguen por el desierto y los lagos, dicen que usted pasa y se forman tormentas, que lo siguen sombras, que siempre tiene un perro echado en el costado. Dicen que lo han tratado de matar muchas veces. Nada más que por volver a las tolderías a decir que ha muerto Onelli. Dicen que ha sobrevivido a aluviones, avalanchas, incendios en los bosques ¿Sabe? Cuentos de indios borrachos. Eso son. Los indios dicen que lleva enanos en las alforjas. Ridículo. Mírese. Es tan poca cosa. Un hombre viejo que usa lentes. Podría ser mi abuelo. Cuentos de indios borrachos. Valdez gatilla el arma y se acomoda para no errar. Sólo una cosa: le voy a dejar hablar por última vez. Sus últimas palabras, digamos. Los indios dicen que no hay que escuchar a Onelli, ¿por qué? ¿Quién es? ¿Qué dice? No le temo. Tiene unos minutos antes de morir.&lt;br /&gt;Estoy cansado. Hasta acá llegué. Hice todo por amor e hice todo lo que pude. Qué pena. Tan poco tiempo. Usted cree en algo, Valdez, digo. Se ríe. No se ría, sigo. Usted cree en la brutalidad y está bien. Me va a permitir morir un poco. Pero es una pena, debiera saber que es frágil y que en eso radica su fuerza. En su fragilidad, amigo. Ahora máteme. No perdamos el tiempo que de eso estamos hechos y pasa demasiado rápido. Por favor, máteme.&lt;br /&gt;Valdez se ríe. Me interesa, dice, resulta que el director del zoológico resultó un poeta. Yo también, Onelli. Hago poesía con este revólver y usted va a ser otro de mis versos. Un verso mal medido, con pésimo ritmo y con una música insensible. Adiós.&lt;br /&gt;Valdez se adelanta con la niebla y apoya el revolver en mi pecho. Artifex vitae, artifex sui, murmuro ¿Qué dice? Grita. Sicut nubes, quasi naves, velut umbra, sigo. Qué dice, imbécil. Me tiro sobre Valdez y su bote y aparto el arma. Lucho por acercar el revólver a su cara. Valdez usa sus piernas, sus rodillas. La lucha hace caer el arma en las aguas del lago. Nos ponemos de pie y seguimos peleando. Valdez pierde el equilibrio y cae al agua. Estoy fatigado en el borde del bote. Espero ver salir su cabeza. La niebla sigue quieta. Valdez aparece. Resopla. No me deje morir como un cobarde, pide. Estiro la mano para subirlo.&lt;br /&gt;Algo surge del lago y parte la niebla con velocidad. El cuerpo de Valdez es agitado de manera brusca, en su cara se forma una mueca y se hunde en las profundidades. Me dejo caer en el fondo del bote. Sheffield... Sheffield, pienso. La niebla se levanta de manera súbita y aparece el sol. Soy un desgraciado... No quiero vivir... no quiero. Pero los círculos de agua empujan al bote hasta vararlo en la orilla del lago. Me tiro al lado del bote, sobre la playa de piedras. No lo voy a ver. No voy a volver a Buenos Aires. No quiero vivir más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;28 de noviembre de 1920&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guisset y Tensigg han ido a cazar liebres. Ordeno los sacos de dormir y las alforjas. Me detiene un silencio profundo que ha caído sobre el bosque con peso de sueño. Me vuelvo hacia el lago con lentitud. La superficie del agua resplandece. Hay movimiento de ebullición en la orilla. Me acerco y veo decenas de salmones que nadan alocados con muestras de pánico. Un estremecimiento recorre la quietud del centro del Puelo, y surge el lomo alargado y liso. Calculo que debe tener siete o nueve metros de largo. El monstruo entra y sale del agua con gracia. Apenas roza el aire y se sumerge para volver a salir. Siento como algo propio la plasticidad de ese animal ideado para el agua. Hay una relación sagrada entre monstruo y lago. La criatura hace un giro en dirección a mí. Me sobreviene taquicardia. El monstruo se acerca a una velocidad que calculo en cincuenta metros por minuto. Este Sheffield... digo, parece una gigantesca babosa. Distingo las aletas, el cuello flexible que entra y sale, los hombros anchos y la cola muscular. No hay pájaros cruzando el cielo ni sonidos. El monstruo se acerca más y veo cuatro franjas negras en el cuello. Es el animal más hermoso que he visto en mi vida. Se detiene a metros de la orilla. Tengo el corazón desesperado. Se sumerge produciendo una ola circular gigantesca. Como la de los hipopótamos, pienso. El lago se calma y el tiempo es imposible de medir. Siento angustia. Sólo en un lugar del mundo, a una hora del día, en una época del año. Emerge lo que parece la cabeza: una forma gruesa en el centro y puntiaguda en los extremos, de un color gris oscuro. El aire roza el agua y la cabeza del monstruo se hunde. Asoma el resto del cuerpo. Debe medir entre doce y catorce metros. Sus ojos, sus ojos, quiero verlo, murmuro. El tiempo pasa y la criatura no se asoma. Se sumerge y el agua se calma.&lt;br /&gt;El canto de un pájaro me parece mal augurio. El día vuelve a ser natural. El lago recobra su superficie. Lo vi, pienso. No lo voy a volver a ver, nunca. Miro alrededor y sigo solo. El monstruo ha desaparecido en la profundidad azul.&lt;br /&gt;Saco la libreta y anoto: Lo vi. Mañana del 28 de noviembre de 1920. 9 hs 45 minutos. Cierro la libreta, busco siete piedras y las tiro con rabia hacia el lago. Me siento solo, Nuria. Quiero dormir un poco, quiero volver, amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;29 de noviembre de 1920&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuria:&lt;br /&gt;No voy a volver, amor. Pero sepa que no tengo palabras para hablar de usted. Si las tuviera, permanecería en silencio. Porque no las tengo, las escribo. Entonces escribo que la amé, la amo y la amaré. Esto es lo único que podría definirla.&lt;br /&gt;Suyo&lt;br /&gt;Onelli.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este Sheffield, pienso y miro las aguas quietas del Puelo. Este Sheffield... Guisset busca leña. Tensigg saca las liebres y las prepara. La noche tiene luna menguante. Dos botellas de vino quedan tiradas junto a los huesos. Al rato, Guisset y Tensigg, duermen. Aprovecho y reviso las alforjas del inglés. Encuentro el cuaderno y lo abro. Sólo veo hojas y hojas en blanco. Mientras miro la luna sobre el lago, me invade el sueño.&lt;br /&gt;A la madrugada, me despierta un ruido de ramas que se quiebran. Una especie de enorme caracol, de cuello muy largo y flexible, de color gris oscuro, surge entre los alerces. La cabeza es diminuta en comparación con el cuerpo- de siete a nueve metros de largo- Lleva un animal entre las fauces. Gira el cuello y me ve. Deja caer al animal y avanza con paso inseguro, impulsándose con especie de patas o aletas. Se detiene a centímetros de mi cara. Su mandíbula cerca de la mía.&lt;br /&gt;Nos miramos. Sonrío al entender lo que veo en sus pupilas. No sé cuanto tiempo pasa en esa mirada. Emite un suspiro, se vuelve, recoge su presa y se desliza hasta la orilla. Desaparece ruidosamente en las plácidas aguas del lago. Siento alivio. Ya todo terminó.&lt;br /&gt;Este Sheffield, pienso, busco mi libreta y anoto: Estoy enamorado de usted como jamás lo estuve, como no recuerdo haber estado enamorado ni aún cuando me enamoré de usted hace ocho años. Ahora puedo volver a Buenos Aires. Llevo mi nuevo mapa y vuelvo para emprender la última aventura hacia esa pieza que usted guarda, mi amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Epílogo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noticia de la expedición de Onelli dio la vuelta al mundo y fue comentada por varios periódicos. Uno de ellos solicitó un esquema del monstruo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The Illustrated London News&lt;br /&gt;Saturday, June 23, 1921&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;The “monster” sketched by Mr C. Onelli.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Puelo Lake. Argentina&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8078533061348186049-6241739580393649226?l=barderlute.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://barderlute.blogspot.com/feeds/6241739580393649226/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2009/01/el-sueno-de-la-razon-mencion-de-honor.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/6241739580393649226'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/6241739580393649226'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2009/01/el-sueno-de-la-razon-mencion-de-honor.html' title='El sueño de la razón. Marcelo Zamboni. Novela. Mención de Honor. Premio la Nación de novela 1998'/><author><name>LuTe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16283436852338003349</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_s7vDVnVW7YU/SbvKVmd7bMI/AAAAAAAAAAM/qwT4loIYoDA/S220/san+jorge+14.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8078533061348186049.post-5021651526172714447</id><published>2009-01-18T15:05:00.000-08:00</published><updated>2009-01-19T15:11:07.039-08:00</updated><title type='text'>sonámbulo</title><content type='html'>Haber besado a una muchacha&lt;br /&gt;los siguientes versos del poema&lt;br /&gt;que perdiste al cruzar la calle.&lt;br /&gt;El poner pimienta sobre el plato&lt;br /&gt;huevos y garbanzos tirados&lt;br /&gt;en plena madrugada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A donde vamos&lt;br /&gt;no hace falta la memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dios no preguntará&lt;br /&gt;qué sabor tenía el beso&lt;br /&gt;ni espera deslumbrarse&lt;br /&gt;con los textos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aquí y ahora&lt;br /&gt;prescinde del recuerdo&lt;br /&gt;de la certeza de saber&lt;br /&gt;dónde enterraste&lt;br /&gt;a cada uno de tus muertos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Marcelo Zamboni&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8078533061348186049-5021651526172714447?l=barderlute.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://barderlute.blogspot.com/feeds/5021651526172714447/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2009/01/sonmbulo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/5021651526172714447'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/5021651526172714447'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2009/01/sonmbulo.html' title='sonámbulo'/><author><name>LuTe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16283436852338003349</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_s7vDVnVW7YU/SbvKVmd7bMI/AAAAAAAAAAM/qwT4loIYoDA/S220/san+jorge+14.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8078533061348186049.post-780289967885633439</id><published>2009-01-18T04:56:00.000-08:00</published><updated>2009-01-18T05:07:34.763-08:00</updated><title type='text'>Barder -Novela Finalista premio Planeta 1994 - Finalista Premio Clarin 2001</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Marcelo Zamboni&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;23 de junio de 1956 en Buenos Aires, Argentina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Premio de Novela Fondo Nacional de las Artes&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Premio Nacional Iniciación&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Novelas Publicadas: &lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Moriré una mañana de verano en Nueva York&lt;/span&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;(1991. Grupo Editor Latinoamericano)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Gardel&lt;/span&gt; (1997. Perfil)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Novelas Inéditas: &lt;span style="color:#ff0000;"&gt;El sueño de la Razón&lt;/span&gt;. 1998. Finalista Premio La Nación 1998. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Mención de Honor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Fabourg Sentimental&lt;/span&gt;. Mención de Honor 2001. Fondo Nacional de las &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Artes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Barder&lt;/span&gt;. Finalista Premio Planeta 1994. Finalista Premio Clarín 2001&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Las Lluvias del MetSat&lt;/span&gt;. 2005. Finalista Premio Clarín 2005.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;Las Nieves del Geoter&lt;/span&gt;. 2008.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;BARDER. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Finalista Premio Planeta 1994&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Finalista Premio Clarín 2005&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="TOC-1"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las mujeres que me amaron&lt;br /&gt;de seguro han muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Silvia”&lt;br /&gt;Hesmor Rivera&lt;br /&gt;(Isla de Margarita. 1929)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="TOC-2"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="TOC-Primera-Parte"&gt;&lt;/a&gt;Primera Parte&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En plena cacería dentro del Instituto, se me ocurre que todo empezó en aquel anochecer tranquilo, en el salón comedor del Grand Hotel de Balbec, en las costas de Normandía.&lt;br /&gt;El salón iluminado tenía la frialdad y el aspecto de una pecera. El muchacho asmático y su abuela me habían invitado a compartir la cena con ellos. Los descubrí en una de las mesas frente a las ventanas. Detrás se veía el mar. A un costado comenzaba el jardín. La gente pobre del pueblo se había apretujado contra los vidrios para mirar nuestras vidas, tan exóticas para ellos como la vida de los insectos. Comíamos el postre cuando los vidrios se rompieron y los pobres invadieron el salón. Uno me sujetó con sus patas delanteras. Sentí que me convertía en eso duro y con alas que me apresaba.&lt;br /&gt;Mientras voy en subte hacia el Ministerio, recuerdo a los pobres que invadieron el salón comedor y cayeron sobre nosotros. Me distrae la llegada al andén y el ruido de las puertas que se abren. La muchedumbre me empuja y me lleva hasta la salida.&lt;br /&gt;Atravieso la plaza llena de palomas hasta el viejo edificio. En la secretaría privada me recibe mi amigo. Se alegra de que haya respondido tan pronto a su carta. Le digo que podría haber usado el teléfono. Contesta que las paredes oyen y me da una palmada amistosa. Enseguida nos reunimos con el ministro.&lt;br /&gt;Luego de hablar un rato de zonceras y simular interesarse por mis asuntos, el ministro confiesa no saber lo que sucede en el Instituto. Las últimas cartas que recibieron mostraban una caligrafía indescifrable y los teléfonos están muertos. El Intendente del pueblo fue con historias macabras al gobernador. Ha dado instrucciones para que Surgmont se ponga a mi disposición. Me agradece que esté dispuesto a colaborar con él y me asegura un futuro lugar a su lado.&lt;br /&gt;Hace un silencio final y nos miramos.&lt;br /&gt;Digo que acepto. En cuanto arregle mis cosas personales voy a estar listo para viajar.&lt;br /&gt;Nos ponemos de pie, nos despedimos y converso con mi amigo mientras me acompaña hasta la puerta.&lt;br /&gt;Salgo y cruzo la plaza. Pienso en Normandía, en Balbec, en el pobre asmático y su abuela perseguidos por los pobres. Toda vez que se rompen las ventanas, el mundo del que estamos separados, se nos viene encima y nos transforma.&lt;br /&gt;Vuelvo a casa, hago algunas llamadas para dejar ordenadas mis cuestiones laborales, preparo las valijas y salgo rumbo a la terminal para tomar el primer tren.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente me despierto con la llegada del tren al pueblo. Me recuerda a Balbec. Balbec, Contramaestre, Palma Soriano: los pueblos son iguales en todas partes. Son pequeños y tienen los mismos peligros.&lt;br /&gt;Antes de dejar el vagón, miro las casas bajas, las chacras, los edificios públicos y las iglesias. Bajo con mis cosas y espero que me traigan las valijas. Un par de viejos dormitan sentados en un banco. El aire está húmedo, cálido, lleno de bichos. Suena la campana, la locomotora resopla y los vagones se alejan. Entro en el edificio de la estación. Debe haber sido espléndido cuando los ingleses lo terminaron de construir. Ahora la pintura de las paredes se cae a pedazos. Está la boletería y la Sección de Encomiendas. El piso de baldosas luce impecable. El jefe de la estación se acerca, comenta lo caluroso que está el tiempo y aprovecha para preguntarme de dónde vengo y quién soy. Mi respuesta parece inquietarlo. Entonces le pregunto cómo llegar a la comisaría y cuál es el camino para ir al Instituto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Cómo andan las cosas por allá? –el comisario me recibe con un apretón enérgico de manos. Es petiso, desaliñado, usa tiradores y la barriga le asoma entre los botones de la camisa. Temo que uno se suelte y me lastime un ojo.&lt;br /&gt;Lo sigo por la dependencia hasta su oficina. Allí rodea el escritorio, toma asiento y me pide que me ponga cómodo.&lt;br /&gt;-Qué país... siempre a los tumbos –opino mientras acerco una silla.&lt;br /&gt;-Todo está patas arriba... –sonríe con pena y se adelanta con la clara intención de hacerme una confidencia –Mi bisabuelo decía que la Organización Nacional era un cuento ¿sabe? El despelote se ordenaba para que siguieran gobernando los mismos... esto no lo arregla nadie –mira pensativo por la ventana, luego me estudia sin apuro -Ese Instituto... con todo respeto ¿qué lo trae?&lt;br /&gt;-La psiquiatría... Surgmont es una eminencia. Espero que me permita pasar un tiempo a su lado.&lt;br /&gt;El comisario cambia la cara, se inclina en la silla hacia atrás y juega con sus tiradores. Un insecto zumba a nuestro alrededor.&lt;br /&gt;-Lo conocí hace poco, unos días atrás... esos sombreros que usa, ni se le ve la cara... y esas manos... los del pueblo tienen miedo. Hace un tiempo encontré cadáveres estrafalarios que después desaparecieron de la morgue.&lt;br /&gt;-¿Quién se los llevó?&lt;br /&gt;-No quisiera ver lo que vi en esos cuerpos –dice mientras examina sus uñas negras sin intención de mirarme.&lt;br /&gt;-No quiero hacerlo perder tiempo.&lt;br /&gt;El comisario frunce el ceño y carraspea.&lt;br /&gt;-Si se rompiesen los vidrios de ese Instituto... -dice pensativo y se hamaca.&lt;br /&gt;Lo miro en silencio. Alguien pasa por la calle en un carro. El comisario levanta la mano y lo saluda.&lt;br /&gt;-Chau, chau –dice para sí y vuelve a mirarme- Tiene un ayudante... Benítez: es enfermero, cocinero, mucama... hace de todo... a veces viene a comprar... –consulta su reloj -pero querrá ponerse en marcha -se pone de pie, da unos pasos y descuelga la chaqueta del perchero -¿El viaje?&lt;br /&gt;-Largo... –contesto y me levanto.&lt;br /&gt;-Y aburrido –me palmea y sonríe.&lt;br /&gt;Antes de salir le avisa al cabo que dentro de un rato estará de vuelta, que me va a llevar hasta el Instituto. El cabo me mira y hace ademán de pararse.&lt;br /&gt;-Está bien –el comisario le indica que se quede sentado y agrega dirigiéndose a mí -¿Vamos?&lt;br /&gt;En la calle nos envuelve una ventolera llena de tierra. El comisario insiste en llevar mis valijas y señala el auto. Forcejea un rato con el baúl y lo abre. Miro las casas viejas, los árboles descoloridos, las nubes que pasan. Pone la llave en contacto pero el auto no arranca.&lt;br /&gt;-El presupuesto –hace una mueca –a veces le podemos echar unas gotas, pero cuando se rompe estamos sonados.&lt;br /&gt;Logra arrancar con explosiones, ruido y humo. Mientras recorremos el pueblo el comisario habla. El ruido no me permite oírlo. Me mira, lo miro, mueve los labios, pero no oigo.&lt;br /&gt;-Un barullo del demonio... –grita y señala unas casas abandonadas y un basurero- Acá se acaba el mundo.&lt;br /&gt;Cruzamos unas vías y seguimos por un camino ancho de tierra seca. Una bandada de loros nos cruza.&lt;br /&gt;-Es viejo –digo.&lt;br /&gt;-¿Qué? –grita.&lt;br /&gt;-Que el auto es viejo.&lt;br /&gt;Asiente con aparatosidad como si el ruido fuera algo que también me dificultara ver.&lt;br /&gt;-Allá va a encontrar uno peor –grita –Del tiempo de Ñaupa... hace años que no lo veo, tal vez no exista.&lt;br /&gt;Miro las ondulaciones del camino.&lt;br /&gt;-Antes tenían caballo... –continúa -pero el progreso...&lt;br /&gt;El sol brilla en el cielo. Sobre el campo se elevan algunos montes achaparrados. Pienso que el motor podría explotar de un momento a otro.&lt;br /&gt;-Cuando llueve no se puede ir –grita –Una de barro...&lt;br /&gt;Miro la vegetación baja y grupos de algarrobos. Nos quedamos varios kilómetros en silencio. El motor sigue con sus ruidos que lastiman.&lt;br /&gt;-Allí... -señala en forma vaga hacia adelante.&lt;br /&gt;Un monte a la distancia rodea varias construcciones blancas con techos rojos. El comisario disminuye la velocidad y el motor se calma. Poco después nos detenemos frente a un par de garitas despintadas y con los vidrios rotos.&lt;br /&gt;Instituto Neuropsiquiátrico, anuncia un cartel lleno de óxido que cuelga de un clavo.&lt;br /&gt;Un interno flaco, sucio, con una especie de camisón y mirada apática, se para delante del auto.&lt;br /&gt;-Así estamos –el comisario la señala.&lt;br /&gt;Nos observa unos segundos y luego se va hacia los edificios.&lt;br /&gt;-Putée o vomite, da lo mismo –y apoyándose en el volante -No se enoje si lo dejo acá. Este lugar no me gusta un carajo.&lt;br /&gt;Bajamos, saca mis valijas del baúl y las deja sobre el camino.&lt;br /&gt;-Bueno... sabe dónde estoy –hace un gesto en dirección al pueblo.&lt;br /&gt;Nos miramos unos segundos, se sube al auto y lo pone en marcha. Me saluda con el brazo y se va.&lt;br /&gt;Me quedo sólo frente a las garitas, la arcada y el camino de entrada. Miro las paredes blancas de las construcciones y sus techos rojos. Veo un mástil que sube frente a los edificios.&lt;br /&gt;Me pregunto si éste lugar no será la pecera fría y luminosa del salón comedor del Grand Hotel de Balbec. Me pregunto si sus vidrios no podrían romperse.&lt;br /&gt;-Preferiría estar en Francia, pero estoy acá -digo, levanto mi equipaje y entro.&lt;br /&gt;El camino está flanqueado por eucaliptos que al final se confunden con las construcciones. Es un día de sol, lleno de pájaros.&lt;br /&gt;Un interno barbudo, con el pelo largo y sucio de cenizas, sale de atrás de un árbol. Imita mi manera de cargar las valijas y de caminar. Al avanzar aparece otro, flaco y alto, que marcha como un soldado. Se detiene, hace la venia y luego se queda inmóvil. Una vieja ensaya saltos de baile y da dos o tres volteretas. Entonces hace una reverencia y trata de sacarme la valija. Luchamos unos segundos. Le grito y tironeo. No la suelta. Se me ocurre darle un caramelo que tengo en el bolsillo y termina su capricho. Se acercan más internos. Veo uno con cuerpo de fideo que repta por el suelo como una Yarará. Un grupo apretado y oscuro forma una orquesta con instrumentos invisibles. Un coro canta sin tono ni afinación. Varios parecen atender a una visita guiada. Los conduce un jorobado que señala cosas que no existen. Algunos están semidesnudos; otros están tapados hasta el cuello. Los pelos de los internos parecen escobas, cepillos, alambres. Muchos tienen costras. Oigo quejas, risas, palabras, ladridos, ruido de mercado. El aire se llena de olor a animales.&lt;br /&gt;Tengo las manos húmedas y me duele el estómago. Surgmont no sale a recibirme. El gentío apenas me deja avanzar. A cada instante llegan más. Me tocan, me manosean, exploran mis bolsillos, quieren llevarse mi valija.&lt;br /&gt;-Papi –dice un viejo que me abraza.&lt;br /&gt;-¿Tené pucho? –me pide una interna.&lt;br /&gt;Los aparto y vomito. Los que me rodean, sin dejar de tocarme, festejan alegres. Respiro hondo y busco un pañuelo.&lt;br /&gt;Los internos achican el cerco. Pienso en escapar, en volver al pueblo. Me ahogo otra vez. Los aparto con fuerza pero avanzo con lentitud como su estuviera metido en el barro hasta la cintura.&lt;br /&gt;Surgmont sigue sin dar señales de vida. Esta gente podría cortarme en pedazos y comerme.&lt;br /&gt;Llego a la plazoleta frente a los edificios. Trepo a la plataforma del mástil y desde allí miro el espectáculo. Sólo falta que uno de estos pobres internos se transforme en insecto, rompa los vidrios que nos separan y entre en el salón comedor del Grand Hotel.&lt;br /&gt;Las garitas de la entrada quedaron lejos.&lt;br /&gt;Del edificio a mis espaldas sale un tipo bajo, grueso, morocho y sin cuello. Tiene la nariz quebrada y camina con balanceo de mono. Viste un ambo mugriento y lleva alpargatas.&lt;br /&gt;-Oiga –se acerca escorado, sube a la plataforma y se detiene a milímetros de mi cara- A esta hora no se permiten visitas –y señala su reloj.&lt;br /&gt;-¿Usted es?&lt;br /&gt;-Benítez, el jefe del Departamento de Enfermería ¿Qué busca?&lt;br /&gt;-El doctor me espera.&lt;br /&gt;-¿Surgmont? –se rasca la cabeza y se ríe- ¿lo espera? ¿A quién tendría el honor de anunciar? –pregunta y hace una reverencia torpe.&lt;br /&gt;Sin soltarme del mástil le digo quién soy y quién me envía.&lt;br /&gt;-¿El Ministerio? ¿Director? –Me mira con desconfianza.&lt;br /&gt;-Les mandaron un telegrama.&lt;br /&gt;-Acá no llegó.&lt;br /&gt;-Una carta.&lt;br /&gt;-¿Quién confía en el correo? –niega con la cabeza -Me tendrían que haber avisado.&lt;br /&gt;Me suelto y busco el sobre.&lt;br /&gt;-Tome, lea.&lt;br /&gt;Los internos están con sus hocicos pegados a nosotros. El sonido de una trompeta y el redoble de un tambor se oyen por encima de los gritos y las voces. Benítez mira el sobre, lo abre y examina el documento con sellos oficiales. Parece divertirse, como si leyera una revista de historietas.&lt;br /&gt;-Bueno, chicos –le grita a la muchedumbre -Vamos, fuera... –y aplaude.&lt;br /&gt;La mayoría de los internos también aplaude pero ninguno se va.&lt;br /&gt;-La recepción terminó... vamos... –insiste y unos pocos se dispersan.&lt;br /&gt;Benítez mira de nuevo el papel. Siento que respiro mejor.&lt;br /&gt;-Dice... –se rasca la barbilla –, acá dice...&lt;br /&gt;-¿Y Surgmont?&lt;br /&gt;-Qué sé yo... no tengo idea -contesta hosco y se encoge de hombros.&lt;br /&gt;Los pocos internos que han quedado están tranquilos al sol. Una bandada de loros pasa chillando de árbol en árbol.&lt;br /&gt;Sin darme tiempo a reaccionar, Benítez rompe el sobre y arroja los pedazos. Luego hace un bollo con la notificación, lo tira hacia arriba y con una patada lo lanza hasta el borde del camino.&lt;br /&gt;-Gol -grita con el puño en alto.&lt;br /&gt;Lo tomo de la chaqueta, lo sacudo como a un títere y lo insulto.&lt;br /&gt;-Pero si fue gol –protesta y se suelta.&lt;br /&gt;Me mira con expresión tonta, como si nada hubiera sucedido, mientras oscila como un péndulo. Levanto el bollo y lo guardo.&lt;br /&gt;Entonces reacciona, toma mis valijas y camina hacia el viejo edificio de paredes blancas como un jugador de fútbol que gambetea. Las puertas y las ventanas son de madera oscura y algunas están apolilladas. El techo duda entre derrumbarse o seguir adelante otro siglo. Benítez empuja la puerta con el pie.&lt;br /&gt;-Adelante, patrón, adelante- dice.&lt;br /&gt;El vestíbulo es silencioso, oscuro, con olor a humedad. Adivino una mesa de mimbre rodeada por sillas desfondadas. Cuando mi vista se acostumbra, veo un helecho que sobrevive como puede. Desde las paredes me observan los retratos al óleo de directores.&lt;br /&gt;Benítez sigue hacia un pasillo corto donde se ven varias puertas.&lt;br /&gt;-Esa da al despacho, aquella al dormitorio –señala hacia un lado –Acá está la sala de recibo y la biblioteca –señala hacia el otro.&lt;br /&gt;Abandona mis valijas, cruza el corredor hasta el final del pasillo y abre una puerta que deja entrar luz.&lt;br /&gt;–Por acá se sale a los jardines, a los pabellones y al resto de las dependencias –grita, hace un gesto hacia un costado y agrega: –acá duermo.&lt;br /&gt;Regresa con la respiración agitada de un asmático.&lt;br /&gt;-¿Juega al fútbol?&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;-No importa; yo tampoco, pero tenemos una cancha de primera –sonríe y muestra sus dientes marrones.&lt;br /&gt;Levanta mi equipaje, abre la puerta contigua a la del despacho y entra.&lt;br /&gt;-Su habitación, póngase cómodo...&lt;br /&gt;El dormitorio es grande, con pisos de madera. Una cama de algarrobo macizo ocupa el centro. A cada costado hay un par de mesas de luz.&lt;br /&gt;Benítez deja mis cosas y espera. Una puerta comunica mi dormitorio con el despacho. La abro y encuentro un escritorio de patas gruesas frente a un sillón tapizado de rojo. Detrás se alza un Grand ventanal, igual al del salón comedor del Grand Hotel de Balbec. Una cortina pesada cuelga a los costados. Veo un par de sillones de cuero, un sofá y dos o tres sillas metálicas.&lt;br /&gt;Hay papeles por todas partes y cajas de cartón llenas de frascos con insectos muertos. Una biblioteca ocupa toda la pared. Tiene libros de medicina, entomología y literatura. Leo el lomo de algunos: “Anatomía Humana” de Testut, “Cirugía General” de E. Finocchietto, “Insectos y especies” de Lawrence J. Smith, “Psicosis y Delirios” de Servet, “A la recherche du temps perdu” de Proust. Sobre la pared opuesta hay cuadros, esquemas de artrópodos y una vitrina. En sus estantes hay mariposas, escarabajos y arañas.&lt;br /&gt;-No tuve tiempo de ordenar –se disculpa Benítez detrás de mí –, la mayor parte del tiempo está acá.&lt;br /&gt;Me acerco al ventanal para mirar el parque, el mástil y los internos que están al sol.&lt;br /&gt;Benítez tose.&lt;br /&gt;-Quiero hablar con él.&lt;br /&gt;Se pone rojo como si se hubiera atragantado y balbucea incoherencias. Sobre el escritorio impecable y sin polvo, están los telegramas que mandó el Ministerio.&lt;br /&gt;-Vamos... vaya...&lt;br /&gt;-Pero, jefe... –se mueve de un lado a otro como si tuviera urgencia por orinar.&lt;br /&gt;-¿Qué pasa?&lt;br /&gt;-No sé dónde está.&lt;br /&gt;-¿Cómo que no sabe?&lt;br /&gt;Sólo es capaz de articular monosílabos.&lt;br /&gt;-No le entiendo, sáquese la papa de la boca.&lt;br /&gt;-La última vez que lo vi estaba leyendo esa carta –señala el escritorio.&lt;br /&gt;-¿Cuándo fue eso?&lt;br /&gt;-Yo qué sé... –dice y revolea los ojos como un muñeco.&lt;br /&gt;-Vamos a recorrer este lugar. No soy idiota como para creer que no sabe dónde está –y acercándome a su cara, agrego –Antes del atardecer, quiero a Surgmont acá. No importa cómo, aunque sea al horno y con papas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me mira un instante y asiente como si hubiera entendido. Salimos al corredor y nos vamos hacia el parque por la puerta de atrás. Los tímpanos me laten como tambores que no me dejan oír lo que pienso.&lt;br /&gt;El parque tiene árboles altos y añosos. El pasto está crecido, descuidado. Hay yuyos y las sendas de baldosas están rotas. Nos toca una brisa cálida. Benítez camina como un velero sin capitán que varía el rumbo a cada rato.&lt;br /&gt;-Aquello es el pabellón de las chicas. Al lado, la enfermería –señala con la teatralidad inexperta de un mal actor -Eso es el comedor, la cocina y el lavadero.&lt;br /&gt;Todos los edificios me parecen iguales.&lt;br /&gt;-Ese es el de los muchachos; aquello es el taller.&lt;br /&gt;Miro sin retener detalles, como el que ve un cuadro o una mujer por primera vez. Las paredes blancas contrastan con las ventanas opacas por la mugre. Benítez camina rápido y me hace señas para que lo alcance. Nos cruzamos con internos a los que saluda.&lt;br /&gt;-Puchito, Overo... esa que va allá es Mili, ahí viene Don Segundo... estos son buenos.&lt;br /&gt;Algunos parecen estatuas; otros se contorsionan como si fueran a romperse. Me demoro con uno que olvida su postura, se ríe unos segundos y luego vuelve a su mutismo. Benítez viene con saltos de mono y me toma del brazo.&lt;br /&gt;-Después, jefe, sigamos.&lt;br /&gt;La mañana se mezcla con los gritos de los pájaros y de los pacientes; con el resplandor del sol y la blancura de los edificios; con las nubes que pasan y los internos que vemos.&lt;br /&gt;-Vamos, vamos... –urge Benítez como si el tiempo se nos pudiese acabar.&lt;br /&gt;Cruzamos unos eucaliptos y subimos la escalera para entrar en el pabellón de las mujeres. Con expresión resignada, abre la puerta y me deja pasar.&lt;br /&gt;Es un ambiente inmenso, de techos altos, con muchas camas. Le pregunto cuántas.&lt;br /&gt;-Yo qué sé.&lt;br /&gt;La mugre cubre todo y no distingo el final del pabellón. Hay desorden de elásticos dados vuelta, de sábanas que cuelgan, de colchones con su relleno a la vista. Ninguna silla tiene las patas enteras y no hay mesas sanas. Las internas usan restos de ropa. Tienen movimientos que me recuerdan a orugas, a langostas, a arañas. Algunas están en el piso; otras recorren la sala murmurando letanías. El olor me hace resoplar como un caballo.&lt;br /&gt;-Qué quiere, estoy solo –Benítez se disculpa.&lt;br /&gt;Una nausea me obliga a salir del edificio. Me apoyo en la baranda y vomito. Las arcadas me traen dolor de cabeza.&lt;br /&gt;-Mal, jefe, muy mal –rezonga Benítez.&lt;br /&gt;Me enderezo y tomo aire.&lt;br /&gt;-Están como animales... –digo.&lt;br /&gt;-Como bichos, patrón, son como bichos... Vamos, dele, sigamos –y baja las escaleras.&lt;br /&gt;Me invade un vértigo y todo da vueltas. Alcanzo un banco donde me acuesto. Estoy revuelto y mojado como si me hubiera sorprendido una tormenta.&lt;br /&gt;-Está blanco, jefe.&lt;br /&gt;Benítez me mira. Una vieja se detiene a examinar un mechón de mi cabeza como si fuera un botánico que acaba de descubrir una especie.&lt;br /&gt;-¿Y? ¿Mejor? –Benítez se inclina y me toca el hombro.&lt;br /&gt;-Ya pasa, está bien –digo.&lt;br /&gt;La vieja continúa evaluando mi pelo.&lt;br /&gt;-Soltá, Pelusa, soltá –la aparta, la empuja y mira cómo se va –Esta es de las buenas.&lt;br /&gt;-¿Qué es eso de los buenos?&lt;br /&gt;-Algunos son capaces de cualquier cosa, jefe.&lt;br /&gt;-¿De qué? ¿Qué hacen?&lt;br /&gt;-¿Pasó?&lt;br /&gt;Me incorporo pero siento las piernas flojas y blandas como si fueran de trapo.&lt;br /&gt;-¿Pasó?&lt;br /&gt;-Sí, no sé –me pongo de pie y me arreglo la ropa&lt;br /&gt;–Vamos –me ofrece el brazo para seguir.&lt;br /&gt;Atravesamos el parque para subir la escalera de la enfermería. Forcejea con la puerta y la abre.&lt;br /&gt;El ambiente es extraño, luminoso y limpio. Hay vitrinas con medicamentos, jeringas, agujas y ampollas. Descubro instrumental quirúrgico para intervenciones complejas. Una lámpara de cirugía cuelga sobre una camilla con agarraderas de cuero. Todo brilla bajo un orden lúcido e implacable.&lt;br /&gt;En una de las esquinas encuentro una caja negra con potenciómetros y cables: un aparato para hacer choques eléctricos. Pasan por mi cabeza imágenes de contracciones musculares; de espuma y sangre que escapan de la boca; de esfínteres que se relajan. Sobre una mesa hay recetarios de hojas amarillentas; crayones de colores y una pluma dentro de un tintero. Un libro de Entomología está abierto. Veo el esquema colorido de un insecto con un apéndice tubular que sale de su costado. Paso unas páginas y me detengo en otra ilustración: un insecto con perforaciones en el abdomen y el tórax.&lt;br /&gt;Benítez me mira serio, escupe hacia un costado y sale.&lt;br /&gt;-Vamos, jefe –grita desde afuera.&lt;br /&gt;Dejo el libro. Salgo y lo veo ir en dirección al edificio del comedor.&lt;br /&gt;Camino despacio. Me cruzo con internos que me miran como si tuvieran ojos para otro mundo o sangre fuera de este tiempo. Benítez dijo que algunos son capaces de cualquier cosa. A lo sumo podrían matarme. Me imagino con un cuchillo en el centro de la espalda o la cabeza abierta y el cerebro pudriéndose al sol como un ramo de geranios. Estamos lejos de todo. Mi cadáver podría hincharse y reventar bajo las lluvias y nadie se enteraría. Pero me asustaría más que me hicieran inmortal.&lt;br /&gt;Mientras Benítez sube la escalera que va al comedor, veo una estructura metálica que se eleva y que está coronada por un tanque de agua. Al costado hay un tanque australiano.&lt;br /&gt;Una mujer de cejas finas, ojos negros y boca de labios pálidos, aparece a mi lado. No la oí acercarse. Tiene el pelo oscuro, con ondas y lo lleva como un manto hasta la cintura. Usa una túnica blanca limpia. Me mira sin hablar.&lt;br /&gt;-Apure, patrón –grita Benítez –, a esta hora pasa el tren.&lt;br /&gt;De la nada surge un interno que me atropella con el ruido de una locomotora y su silbato. Rodamos por el suelo mientras me golpea con sus puños y sus pies. Benítez me lo saca de encima y el interno se va por sus vías imaginarias.&lt;br /&gt;-Hay que acostumbrarse, jefe. Es el Estrella del Norte –y agrega mirando su reloj- Está en horario, vamos.&lt;br /&gt;Me ayuda a levantar.&lt;br /&gt;-Esa mujer...&lt;br /&gt;-¿Pelusa?&lt;br /&gt;No me mira. Respira con dificultad y vigila los costados como si algo plural estuviera a punto de atacar.&lt;br /&gt;-Esa de ojos negros, pelo oscuro...&lt;br /&gt;-¿Cuál, jefe? –sus ojos dan vueltas. De pronto, con la brusquedad de un títere, abre la boca, saca la lengua y la mueve.&lt;br /&gt;-La que estaba a mi lado.&lt;br /&gt;-¿Pelusa?&lt;br /&gt;-No, esta es linda...&lt;br /&gt;–Esto no es el cine, acá sólo hay bichos, jefe.&lt;br /&gt;Se adelanta, sube la escalera y empuja la puerta. Lo alcanzo. El ambiente titila bajo la luz de velas rojas y blancas que están sobre unas mesas.&lt;br /&gt;-¿Y esto?&lt;br /&gt;Mueve la cabeza, los brazos y murmura algo que no entiendo.&lt;br /&gt;-¿Qué es esto?&lt;br /&gt;-Es la hora de comer.&lt;br /&gt;Se me ocurre que aunque lo disecara no podría encontrar su cerebro.&lt;br /&gt;-¿Esa puerta adónde va?&lt;br /&gt;-A la cocina y a la lavandería.&lt;br /&gt;Le ordeno que apague las velas. Se llena de un humo que me hace arder los ojos y toser. Mientras Benítez abre las ventanas, entro en la lavandería y me tropiezo con ropa tirada y tambores con prendas en remojo. En el agua flotan escarabajos que mueven las alas. Veo jabón blanco y cepillos. Sobre una mesa hay túnicas dobladas de las que se desprende aroma a nardos. Una ventana muestra el tanque de agua y su escalera.&lt;br /&gt;Llamo a Benítez mientras observo el agua rosada que llena unas piletas de lavar. Sin darme vuelta, oigo sus pasos y su agitación.&lt;br /&gt;-¿Y esta ropa?&lt;br /&gt;-De los internos, jefe.&lt;br /&gt;-Si están en harapos.&lt;br /&gt;-Son muchos, es difícil vestirlos y estoy sólo.&lt;br /&gt;Observo el parque a través de la ventana. El viento mueve las ramas de los pinos. Oigo el ruido de los zapatos de Benítez que se va.&lt;br /&gt;-Espere, che.&lt;br /&gt;Atravieso el comedor y entro en la cocina. Los internos que preparan la comida me miran. El cocinero me sonríe con dos o tres dientes. Las mujeres revuelven las ollas sobre el fuego y un interno lava cubiertos. Es un área limpia, ordenada, sin cosas libradas al azar. Al costado de unas mesadas de mármol, una cámara frigorífica ocupa toda una pared. La abro y está llena de carne, leche, manteca y verduras.&lt;br /&gt;-Tienen de todo.&lt;br /&gt;-En una época comíamos raíces, pero desde hace un tiempo, lo que se dice, hambre... –Benítez se toca la panza.&lt;br /&gt;-¿Qué cocinan? –me acerco a oler el interior de una olla.&lt;br /&gt;-Guiso, la receta es mía -contesta.&lt;br /&gt;El cocinero me acerca una cuchara para que pruebe. Benítez se la quita con violencia y lo empuja.&lt;br /&gt;–la especialidad de la casa... ellos me ayudan. Solos, no se dan maña. Pruebe, dele.&lt;br /&gt;Aparto la cuchara. Me mira con desconfianza y la deja dentro de la olla.&lt;br /&gt;-¿Seguimos? –digo.&lt;br /&gt;-Sí, jefe.&lt;br /&gt;Mientras baja las escaleras, Benítez se suena la nariz con la mano y la sacude.&lt;br /&gt;-El instituto tiene problemas, no es fácil –resopla y saluda a los internos –, ese es Napo, está un poco loco –me comenta en voz baja -; aquel es Media Suela; el que está allá lejos es Júpiter. Estos también son buenos.&lt;br /&gt;-¿Y los malos?&lt;br /&gt;Se detiene, me mira fijo y feo y sacude la cabeza como si algo le molestara.&lt;br /&gt;-Están delante de nuestras narices, como moscas. Me gustaría que no existieran...&lt;br /&gt;Miro los edificios, los árboles, los internos, las moscas, la nariz de Benítez.&lt;br /&gt;-Son como avispas, si uno no los molesta, no pican -agrega.&lt;br /&gt;Cruzamos el parque y algunos internos se acercan y me tocan. Benítez los aparta con una disociación de reproches cariñosos y gestos brutales.&lt;br /&gt;-El taller –señala.&lt;br /&gt;Atravesamos el aire perfumado por pinos y eucaliptos en dirección al edificio.&lt;br /&gt;Me sorprende oír música. Hay internos concentrados en fabricar instrumentos de cuerdas; otros hacen velas. Un grupo de viejas cose túnicas.&lt;br /&gt;-Les enseñó de todo –digo.&lt;br /&gt;-Yo no fui, jefe.&lt;br /&gt;-¿Entonces quién?&lt;br /&gt;-Son habilidosos... –contesta y se distrae tocándole la cabeza a una interna menuda. Luego le susurra algo que la hace reír.&lt;br /&gt;-¿Quién les enseñó?&lt;br /&gt;-Vamos, salgamos –abre la puerta y se va.&lt;br /&gt;Salgo detrás de él y lo sigo por la galería hacia el pabellón de hombres. En el parque, lo tomo del brazo y lo detengo.&lt;br /&gt;-Le hice una pregunta, viejo.&lt;br /&gt;Como un muro que se eleva de la tierra, el aire se llena de olor a animales muertos. Benítez se tapa la nariz.&lt;br /&gt;-El pozo ciego –dice.&lt;br /&gt;Con gestos desmañados, señala el espacio entre el taller y el pabellón: una parcela de pasto y yuyos que mueve el aire.&lt;br /&gt;-Tiene un montón de años –agrega.&lt;br /&gt;Lo nauseabundo flota en el aire y nos obliga a contener la respiración. Nos apuramos para llegar al edificio donde lo sujeto del brazo con violencia.&lt;br /&gt;-Le hice una pregunta, che.&lt;br /&gt;No se esfuerza por soltarse. Baja la cabeza con la resignación de un animal al que van a matar.&lt;br /&gt;-Barder, jefe. Un interno... lo quieren –dice sin mirarme.&lt;br /&gt;-¿Es malo?&lt;br /&gt;Se agita como si insectos treparan por su cuerpo.&lt;br /&gt;-No, que yo sepa. Los cuida.&lt;br /&gt;Entramos en el pabellón de hombres. La sala está sucia y revuelta como si hubiera pasado una sudestada. Las camas y las sillas se mezclan con basura. Las ratas caminan sobre el piso de baldosas. Avanzo entre los internos dejando atrás al enfermero.&lt;br /&gt;-Oiga, jefe. Aguante, eh...&lt;br /&gt;Un interno abraza a Benítez que lucha por liberarse. Mientras grita, sigo hacia el fondo donde encuentro una puerta que trato de abrir. Benítez logra desprenderse del interno, se acerca con recelo y se queda a mi lado.&lt;br /&gt;-¿Allí qué hay?&lt;br /&gt;Como un insecto gigante, mueve las mandíbulas, los brazos, las piernas y los ojos, pero no contesta.&lt;br /&gt;-Ábrala.&lt;br /&gt;Se adelanta y apoya su mano en el picaporte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La habitación se despliega ante mis ojos con lentitud de araña. Tiene una cama, un escritorio, un ropero y bibliotecas. Aparto a Benítez, entro y miro los libros: Tratados de Entomología, un ejemplar del Kama Gita, poemas de Hesmor Rivera, las obras incompletas de D. Resnich; unos atlas de Anatomía Humana, obras de Freud, un par de Biblias y lo demás, es literatura.&lt;br /&gt;Sobre una silla vieja hay papeles en blanco y un lápiz. La mesa de luz tiene su velador y un retrato. Es de una niña con rasgos parecidos a los de la mujer que vi. En el ángulo inferior dice circa 1935. No puede ser de ella. No debe tener más de treinta. Miro a través de la ventana el monte de eucaliptos y la cancha de fútbol. Dejo el retrato en su lugar. Benítez se quedó junto a la puerta. No se anima a entrar.&lt;br /&gt;Sobre la cama hay un poncho. No veo relojes. Me acerco al ropero y lo abro. Tiene trajes de tonos oscuros, un estante con sombreros de ala ancha y muchos pares de zapatos negros.&lt;br /&gt;-¿Acá duerme?&lt;br /&gt;Benítez masculla cosas que no entiendo.&lt;br /&gt;-Está bien –lo aparto para irme.&lt;br /&gt;Atravieso la sala y salgo. Afuera me siento mejor. Unos internos corren a ninguna parte. Benítez me sigue unos pasos atrás. Me detengo y lo espero.&lt;br /&gt;-¿Porqué esa cara?&lt;br /&gt;-Los internos lo quieren como si fuera un tata; no se animan a decirle que no, hacen lo que él dice, creen que los va a salvar...&lt;br /&gt;-¿De qué? ¿Cómo es?&lt;br /&gt;Hace gestos convulsivos como si arañas, insectos o mujeres, le treparan por los brazos.&lt;br /&gt;-No sé, nunca lo vi; cuando estoy en un lado, él anda por otro. Los internos hablan de él; de las cosas que cuenta, de lo que va a pasar, de sus manos...&lt;br /&gt;-¿Qué va a pasar? ¿Qué tiene en las manos?&lt;br /&gt;-Son deformes, patas de lechuza o garras de lagarto. No quisiera verlas, jefe.&lt;br /&gt;Vamos en dirección al edificio principal. El día parece transcurrir entre cenizas y flores que flotan sobre un río.&lt;br /&gt;-¿Y la mujer? La de la foto...&lt;br /&gt;-¿Silvia? Cuidado, patrón. Es el diablo, la puerta del Infierno; hágame caso, no la vio, olvídela; dice cosas raras, oye voces; le digo en serio, es peligrosa como escorpión.&lt;br /&gt;-Es una mujer.&lt;br /&gt;-Eso, es peligrosa, es una mujer.&lt;br /&gt;Entramos, recorremos el pasillo, me detengo y nos miramos.&lt;br /&gt;-Sólo cuento con usted.&lt;br /&gt;-Para servirlo, jefe, pero venga -me empuja hacia el escritorio -, tome asiento, debe estar cansado, le voy a preparar el cuarto –dice y sale.&lt;br /&gt;Me deja y miro los frascos, los libros, los esquemas de insectos. Pienso en Surgmont, en esa mujer, en Barder. Me acerco a la ventana. La entrada del Instituto parece demasiado lejos. Benítez vuelve y anuncia que la habitación está lista.&lt;br /&gt;-Bueno –miro la hora –, busque a Surgmont... voy a desarmar la valija y ordenar las cosas.&lt;br /&gt;Se retuerce los dedos pero no se mueve.&lt;br /&gt;-Vaya, dele.&lt;br /&gt;Sale con desgano. Para encontrar la punta de la madeja, debo tomar las cosas con calma. Voy al dormitorio, abro la valija, ordeno sin apuro la ropa y me recuesto. La cama es dura. Doy vueltas y trato de dormir, pero es imposible. Miro el cielo raso. Pasa la hora del almuerzo y la tarde entra en un silencio largo. Pierdo tiempo, si eso fuera posible en este lugar, con la mirada sobre un cuadro que representa un viejo accidente de aviación en Medellín. Una araña se descuelga desde el marco. Benítez no da señales de vida. No me imagino solo; no llegaría a las garitas de la entrada; nadie sabría qué pasó. Siento el cuerpo cansado pero no puedo cerrar los ojos.&lt;br /&gt;Anochece en los colores cambiantes de la ventana. Pienso si la oscuridad no traerá internos que me acechen preparados para servirme como cena.&lt;br /&gt;-Jefe.&lt;br /&gt;El enfermero entra con un plato.&lt;br /&gt;-La cena –dice y enciende una luz amarilla de baja potencia –, vamos al despacho, va a estar más cómodo.&lt;br /&gt;Me cuesta incorporarme pero lo consigo. Benítez despejó el escritorio.&lt;br /&gt;-¿Y Surgmont?&lt;br /&gt;Apenas balbucea.&lt;br /&gt;-¿Y los internos?&lt;br /&gt;-Es tarde, ya comieron.&lt;br /&gt;Me dejo caer sobre el sillón del escritorio y aparto el plato. No tengo ganas.&lt;br /&gt;Me observa mudo mientras tomo decisiones.&lt;br /&gt;-Mañana empezamos a las siete, Benítez. No se quede dormido.&lt;br /&gt;-Lo que ordene, jefe –responde con expresión vacuna.&lt;br /&gt;-Ahora vaya, déjeme solo.&lt;br /&gt;Se da vuelta y sale. Espero unos minutos. Me levanto y voy hasta la puerta de atrás. Miro la noche del Instituto.&lt;br /&gt;Frente a cada edificio, los conos de luz vacilan rodeados por Grand cantidad de insectos. El resto es una oscuridad llena de ruidos donde el viento mueve las ramas altas y el cielo está plagado de nubes. Ha sido un día largo, estoy agotado.&lt;br /&gt;Vuelvo al despacho donde creo quedarme dormido frente al plato de comida que no toco.&lt;br /&gt;Más tarde me enderezo. Aburrido abro los cajones del escritorio. Encuentro esquemas de artrópodos y de mujeres y hombres de cuerpos deformes. Hay cabezas de insectos sobre troncos humanos y dibujos extraños que apenas entiendo. Hay lápices, gomas, tinta de diferentes colores y un poema de D. Resnich:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Transformado y extraño&lt;br /&gt;mi cara un insecto&lt;br /&gt;detrás de las ventanas&lt;br /&gt;donde muere el mar&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(del poema Insectos escrito hacia 1997&lt;br /&gt;Obras incompletas de D Resnich. Ed.&lt;br /&gt;Viejo Mundo, 1999. Barcelona. España.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El último cajón está cerrado con llave. Trato de abrirlo pero no cede. Decido forzar la cerradura con un destornillador y encuentro una carpeta de cuero. Lo que leo es extraño e incomprensible. El tiempo pasa con desgano de horas muertas.&lt;br /&gt;Las sensaciones que me producen la lectura me exceden y me obligan a buscar mi revólver y a llenarlo de balas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recorro con tropiezos las horas de la noche. El contenido de la carpeta es abismal. Hay papeles de diferente tamaño y letra; han sido escritos en distintos momentos. Algunos son confusos, con sombras más allá de las palabras que contienen. Me sobresalta el ruido de las ramas que el viento hace golpear contra la ventana. Sólo veo la oscuridad donde están Barder, Silvia y Surgmont. Éste podría aparecer y partirme en pedazos diminutos como hormigas. La noche pasa lenta, a la deriva, con cefalea.&lt;br /&gt;Intento dejar los manuscritos pero fracaso. Su contenido hipnótico me repugna y me atrae. Tengo la sensación de no haber llegado hoy, de haber dejado la ciudad hace mucho tiempo.&lt;br /&gt;Me quedo dormido. Me sueño en el comedor del Grand Hotel cenando con Benítez. Barder y Surgmont tienen la espalda apoyada contra los cristales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una penumbra azul se pinta con lentitud en la ventana y oigo canto de pájaros. Con la claridad descubro que me siento mejor.&lt;br /&gt;A las siete, Benítez golpea la puerta y entra vestido con la misma ropa. Trae una bandeja. Descuelgo un guardapolvo y me lo pongo.&lt;br /&gt;-Mate y bizcochos –Apoya la bandeja sobre el escritorio, toma el mate, lo llena y me lo pasa.&lt;br /&gt;Hago sonar la bombilla y le doy un papel que escribí en el insomnio. Lo mira con la curiosidad con que estudiaría un insecto de diez patas.&lt;br /&gt;-Vamos a tomar medidas de seguridad.&lt;br /&gt;-Nunca faltó nada, jefe, las puertas están sin llave.&lt;br /&gt;-Hablo de los malos. No tengo ganas de ir por ahí y que alguno me pegue un garrotazo. Vamos a usar sedantes para tenerlos mansos. Si no alcanza, les metemos un chaleco de fuerza.&lt;br /&gt;-No es fácil atraparlos –contesta divertido.&lt;br /&gt;-A mí tampoco.&lt;br /&gt;-Nunca me tocaron un pelo, patrón.&lt;br /&gt;-A usted lo conocen, les da de comer, los cuida; yo soy un extranjero.&lt;br /&gt;Ceba otro mate y me lo ofrece.&lt;br /&gt;-Les voy a decir que no le hagan nada –dice.&lt;br /&gt;-No me interesan los horarios rígidos, pero me gustaría que se despertaran y acostaran a horas lógicas: siete u ocho de la mañana, lo mismo por la tarde.&lt;br /&gt;Mira el papel con aire de científico perturbado y asiente. Le devuelvo el mate, echa un poco más de yerba, un chorro de agua y chupa.&lt;br /&gt;-Y que se bañen.&lt;br /&gt;Me mira como si pidiera algo imposible.&lt;br /&gt;-Sé que no va a ser fácil, hay que tratar –digo -Si alguno no puede bañarse solo, la da una mano.&lt;br /&gt;-Puede que alguna chica...&lt;br /&gt;-Que usen las túnicas que vi; y usted, póngase ropa limpia ¿Y el mate?&lt;br /&gt;Se mira el ambo.&lt;br /&gt;Me extiende la calabaza.&lt;br /&gt;-Esas velas...&lt;br /&gt;-Son creyentes, doctor.&lt;br /&gt;-Voy a traer un cura, aunque sea una vez por semana. Que sigan con las tareas manuales, es una forma de terapia. Se trabaja bien en el taller. Dígame lo que sepa sobre Barder.&lt;br /&gt;Se sacude como si diez culebras se le hubieran metido en los pulmones.&lt;br /&gt;-Ya le dije, no sé más, esas manos...&lt;br /&gt;-De iguana.&lt;br /&gt;-Peor –se retuerce los dedos y hace una mueca –de basilisco. Cuentan que no se lo puede mirar a los ojos, que uno se vuelve de piedra.&lt;br /&gt;Un temblor de mi mano me hace golpear la lapicera sobre el escritorio. La dejo caer y miro a Benítez para ver si se calmó.&lt;br /&gt;-Vea la hoja que le di.&lt;br /&gt;Se recompone y recorre el papel.&lt;br /&gt;-Haga ordenar los pabellones, que estén limpios como el comedor o la enfermería, que sean un lugar donde se pueda estar, sin mugre, ratas o insectos. Anoté el tema de la nutrición.&lt;br /&gt;-El tanque australiano se llena cuando empieza a apretar el calor –dice y se rasca la oreja.&lt;br /&gt;-Me refiero a la comida, che. Del tanque nos vamos a ocupar cuando llegue el verano.&lt;br /&gt;Me pasa el mate, lo recibo y doy una chupada larga.&lt;br /&gt;-La comida la dejo en sus manos, veo que se arregla, la carne es barata.&lt;br /&gt;-La heladera está llena.&lt;br /&gt;-Les vamos a dar mate cocido y galletas; cuando haga falta va a ir al pueblo a comprar víveres –le devuelvo el mate -El comisario me contó que tenemos auto.&lt;br /&gt;-En el galpón, pero no anda –contesta y echa más agua en el mate.&lt;br /&gt;El griterío de los pájaros decae y la mañana crece con los ruidos de la actividad del Instituto.&lt;br /&gt;-Quiero deportes –hago una pausa y bostezo -¿juegan al fútbol? ¿A las bochas?&lt;br /&gt;-Tenemos una número cinco.&lt;br /&gt;-Vamos a organizar partidos; que las internas hagan gimnasia.&lt;br /&gt;Se atropella hablando de las habilidades de algunos internos para el fútbol e imagina ejercicios de calistenia.&lt;br /&gt;-Excepto que llueva –interrumpo.&lt;br /&gt;Abre los brazos demostrando que está de acuerdo.&lt;br /&gt;-¿Sigue caliente el agua?&lt;br /&gt;Asiente, me pasa el mate, chupo y le doy un mordisco a un bizcocho. Un grupo de internos pasa por delante de la ventana haciendo un ciempiés.&lt;br /&gt;-Revisé el fichero –señalo el mueble detrás de él –Es un desastre, voy a tardar en ordenarlo, quiero examinar a todos.&lt;br /&gt;-¿A todos? Son muchos.&lt;br /&gt;-¿Cuántos?&lt;br /&gt;-Qué sé yo, no sé -Se mete un dedo en la oreja, examina lo que sacó y se encoge de hombros.&lt;br /&gt;-A los que no tengan, les vamos a hacer fichas clínicas.&lt;br /&gt;-Lo que diga, jefe.&lt;br /&gt;Veo a dos internos que forcejean con el mástil con claras intenciones de arrancarlo.&lt;br /&gt;-Esa mujer...&lt;br /&gt;-Le pido que la olvide, patrón, no existe. Es una perra, ve cosas, oye voces, siente que la tocan; déjela –hace movimientos como si ella lo atacase y él se defendiera.&lt;br /&gt;-Surgmont...&lt;br /&gt;-Hace rato que no lo veo; dejó las cosas como usted las encontró; qué quiere que haga...&lt;br /&gt;No voy a permitir que me ataque por la espalda. Voy a desfondar el Instituto y encontrarlo. Benítez mira el piso. Le pido otro mate.&lt;br /&gt;-Vamos a trabajar así –señalo el papel –los problemas los resolveremos a medida que aparezcan. Si se le ocurre algo, me lo dice –miro el parque.&lt;br /&gt;Se apoya sobre el escritorio y lo hace crujir.&lt;br /&gt;-Los internos ayudan, jefe, con la comida, con lo que hay que lavar. Va a ver; no hace falta que venga nadie –niega con la cabeza –Así estamos bien.&lt;br /&gt;Me pongo de pie, voy hasta el bolso y saco algo. Benítez sonríe como un escolar.&lt;br /&gt;-Sígame.&lt;br /&gt;Salimos, cruzamos el vestíbulo y abro la puerta. El sol pega brillante sobre algunas baldosas. Benítez se adelanta y obliga a los internos a soltar el mástil. Subo a la plataforma y desato los nudos.&lt;br /&gt;-Va a ser un buen día, sostenga.&lt;br /&gt;Le paso la soga. Un par de internos se detienen y se ponen firmes. Ato la bandera y la izo. Benítez hace la venia.&lt;br /&gt;-Va a ser un buen día –repito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="TOC-Segunda-Parte"&gt;&lt;/a&gt;Segunda Parte&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tengo en mis manos papeles de la carpeta de Surgmont. Cuentan sus primeros días en el Instituto. Describen que los pabellones estaban a punto de derrumbarse; que la mayoría de los internos vivían sucios, muertos de hambre y sin ropa; que no había medicamentos ni personal. Leo esquemas de trabajo y veo que tenía la voluntad de organizar las cosas. Hay frases de esperanza de salvar almas, de sanar cuerpos y de desprenderse de futuras glorias personales.&lt;br /&gt;A medida que avanzo encuentro páginas que me sorprenden por la incoherencia, el delirio, por la soberbia. Parecen la visión de un lunático. Acaso se astillaron los cristales de su cordura y lo invadieron ideas insanas y pobres.&lt;br /&gt;Surge el retrato de un hombre arrastrado por la pasión; por misteriosos nexos entre hombres, mujeres e insectos; por terapias peligrosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Leo párrafos oscuros:&lt;br /&gt;Esta lucha no se libra en un tiempo o lugar, siempre ha sido y será. Podrán cambiar los personajes pero no la obra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay palabras que no entiendo. Parecen relacionadas con la Entomología. En la escritura desmañada adivino las palabras insano, pacientes, insectos, hombres, mujeres, cirugía, pupa, voltios. Leo varias veces la palabra transformado como en el poema de D. Resnich.&lt;br /&gt;Encuentro fragmentos con ideas similares a lo largo de la carpeta. Estoy tentado a unirlos para darle un sentido al texto. No menciona a Silvia. Acaso, como escribió Hesmor Rivera, pertenece a una raza distinta y la atmósfera de llama necesaria a su cuerpo desapareció una noche de estrellas.&lt;br /&gt;Acaso pueda recrear la atmósfera de esa noche y traerla de nuevo.&lt;br /&gt;Menciona a Barder. Una y otra vez. Con una mezcla de amor y de odio, con la necesidad de disecarlo para ver de qué materiales está hecho.&lt;br /&gt;Me hago el propósito de ocuparme a conciencia del contenido de estas páginas que esconden la clave de lo que sucede con Surgmont, con su desaparición y con este juego de escondidas. Sólo tengo estas páginas brumosas como esquemas de un abismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día progresa con lentitud de caracol lisiado, de esfera de reloj con agujas que han muerto. Doy una vuelta con el 38 oculto bajo el guardapolvo. Entro y salgo de los pabellones. Veo pasar a Benítez con expresión de padre disgustado con esos hijos internos, mansos y obedientes, que van tras él.&lt;br /&gt;No debo distraerme. Uno de los malos o Barder, pueden salir de la nada con un palo y chau, convertirme en hombre muerto. El mismo Surgmont pronostica algo ominoso con su ausencia.&lt;br /&gt;Miro el suelo para encontrar rastros que despejen el enigma de su escondite. Recojo puchos, papeles de caramelos, pedazos de suela de goma de zapatos, restos de insectos y otras basuras. Nada de lo que encuentro se relaciona con ellos. Me cruzo con internos de mirada amenazante ¿Están poseídos por alguna droga que robaron de la enfermería? ¿Bajo el efecto de alguna inyección que les aplicó Benítez? ¿Estarán padeciendo alguna transformación?&lt;br /&gt;¿Y si todo lo que veo no fuera real? Como en la Invención de Morel, el libro de Bioy o en las Ruinas Circulares de Borges. Entonces nunca salí de Buenos Aires y duermo en mi escritorio junto a mis libros. Sueño que vengo a resolver un misterio. Hombres que juegan a que los encuentre, que se esconden para que los busque. Hombres que siguen reglas que ignoro ¿Será un juego de azar? ¿O estamos en un tablero de abismos donde cada paso nos lleva a un futuro decidido?&lt;br /&gt;Pasan más internos con un mirar siniestro. Barder o Surgmont, sin más disfraz que sus caras o vestimentas ¿no serán uno de ellos?&lt;br /&gt;Nada más fácil que esconderse a la vista de todo el mundo, al aire libre, entre un universo de gestos inútiles y ojos que nada miran.&lt;br /&gt;Vigilo a los internos, acecho sus manos, sus actitudes, cada gesto que pudiera sorprenderme. No quiero que rompan los vidrios de mi salón comedor y me ataquen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mediodía me alcanza sobre un banco del parque donde me quedo dormido. Sueño que me encuentro con un amigo cuya cara no corresponde a él. Cuenta que le ha ocurrido algo extraño, una transformación, y nos reímos como si fuera un viejo chiste o algo ya compartido por ambos. Tiene su mano detrás de la espalda, la trae hacia adelante y es una pinza de escorpión que me asusta.&lt;br /&gt;Al despertar veo las paredes de los edificios teñidas por la luz final de la caída del sol. Babeado y con excrementos de pájaros en el guardapolvo, me incorporo, cruzo el parque y voy a mi despacho. Me regalo una ducha larga y caliente. Mientras me seco, me miro en el espejo. Me siento raro. ¿Acaso me estoy transformando en alguien con mi cara, mis gestos, pero que no soy yo? Miro mis manos húmedas. Recuerdo un ambrotipo de la mano de mi tío abuelo sobre el cual, con la caligrafía de mi padre, están las iniciales de mi nombre. No quiero que estas manos se transformen en pinzas de escorpión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vuelvo al escritorio y sigo con la lectura de la carpeta. Benítez entra, deja un plato con comida que no miro y le pregunto por Surgmont. No lo ha visto, pero pensó el asunto de los pacientes peligrosos. Escribo los nombres que recuerda. Son demasiados para vigilar. Le doy una caja con tranquilizantes y le enseño qué comprimidos le tiene que dar a cada uno. Se va pero una amenaza queda en el aire como una baba del diablo.&lt;br /&gt;Me pregunto si habrá un lugar donde poder estar a salvo. Ese lugar no está aquí. Acá, en cualquier parte y momento, se me puede detener el corazón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la noche, el sueño con el que esperaba encontrarme ha faltado a la cita. Aprovecho para leer bajo la luz del velador. He tomado la decisión de gobernar el Instituto, no de ser su víctima.&lt;br /&gt;La realidad o lo que se nos presenta como tal, no existe, anota Surgmont que dijo Barder. Soy la realidad, la memoria, el olvido, el sueño y sus metáforas, la gracia de Dios y su hostilidad. Soy un ángel transformado, una criatura celeste del último de los nueve coros, un insecto que está en metamorfosis. La vida es la prisión del sueño que habitamos, es el sueño convertido en cárcel. No hay más paraísos que éste en el que no pagamos culpas. La muerte nos abre las alas. Romper las puertas de la celda ¿elimina la cárcel? Lo mismo queda en el mismo lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este papel con caligrafía de araña, como el resto, no tiene fecha. Lo escribió Surgmont en algún momento de su relación con Barder.&lt;br /&gt;Dejo la carpeta a un lado y me quedo pensativo bajo el cono de luz. ¿Barder delira? ¿Es un esquizofrénico? Me tengo que cuidar de esa cosa plural que oculta.&lt;br /&gt;Sigo la noche de la lectura a la deriva. Es un río de palabras y frases que no lleva a ningún puerto.&lt;br /&gt;El insomnio, como un guardaespaldas, controla mi temblor, mi respiración irregular y que el revólver apunte con precisión hacia el centro de la puerta o hacia la ventana. Por uno de esos lugares espero que lo plural haga su asalto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La salida del sol me trae dos sorpresas: la de haberme quedarme dormido sobre el escritorio y la de haber tenido un papel protagónico en un sueño intenso.&lt;br /&gt;Silvia estaba desnuda sobre mi cintura; tenía mis manos sobre sus caderas y su interior era un abismo que atravesaba con sensación de misericordia.&lt;br /&gt;Benítez me despierta de manera brusca y me espanta la felicidad. Me hace comer algo de un plato que puso delante y luego me obliga a levantar. Tiene la ansiedad de un niño al que le han prometido llevarlo al circo por haberse comportado bien. Salimos del escritorio y cruzamos el mástil para ir a un galpón. Una corte de milagros nos sigue como si entráramos a Jerusalén. Benítez abre el portón y unos murciélagos escapan.&lt;br /&gt;-Chan, chan –canta y señala el vehículo cubierto de tierra.&lt;br /&gt;Es un Nash 35, pesado, largo e igual al que tenía mi abuelo. Benítez arenga a los internos para que hagan fuerza y lo saquen del galpón al sol. Verlos me recuerda a los esclavos que construyeron las pirámides.&lt;br /&gt;Una vez afuera, levanto el capot. Uno de los internos grita y se tapa la cara con los brazos. Benítez lo toma por los hombros y lo contiene con palabras suaves.&lt;br /&gt;-Le tiene miedo a los motores –explica -, su padre fue un caballo de tiro y lo atropelló un Ford a bigote.&lt;br /&gt;Reviso los cables, las bujías, la tapa de cilindros. Un interno me imita, recoge pinzas y se mete entre las piezas del motor. Cuando nos chocamos, hace un escandaloso ruido de bocina. Advierto que tanto él como su ropa están limpios. También el resto de los internos.&lt;br /&gt;-¿Qué me dice? –Benítez sonríe vanidoso.&lt;br /&gt;Lo felicito y vuelvo a esconderme entre las partes del motor.&lt;br /&gt;-Todo parece en orden: las bujías, los cables... -Me subo, hago contacto pero no se oye nada –No tiene batería. Vamos a empujar –le digo a las caras decepcionadas que esperaban un motor rugiente.&lt;br /&gt;Los internos se ubican delante del auto dispuestos a hacer fuerza.&lt;br /&gt;-No, no, del otro lado –me quejo y los aparto.&lt;br /&gt;Benítez los amontona contra el baúl, les separa las piernas y les estira los brazos.&lt;br /&gt;-Ahora, con todo, vamos –ordeno.&lt;br /&gt;El sol brilla sobre la carrocería del auto que apenas se mueve unos centímetros. Toma velocidad poco a poco, le doy contacto y el motor arranca, corcovea, pero se para. Oigo abucheos y silbidos. Un interno se quedó detrás, con los brazos estirados.&lt;br /&gt;-De nuevo, vamos, a empujar.&lt;br /&gt;Se arremolinan contra el paragolpes trasero y hacen fuerza.&lt;br /&gt;-A la carga mis valientes... –Benítez los arenga.&lt;br /&gt;El auto se mueve y arranca en medio de explosiones. Pongo primera, segunda y me dirijo hacia la entrada del Instituto. Veo que la distancia se acorta; que los eucaliptos pasan rápido; que las garitas se aproximan. A través del espejo retrovisor, observo el espectáculo de andrajosos, sucios y dementes que quedó frente al galpón. Saltan de alegría.&lt;br /&gt;Decido que voy a llegar a la entrada, torcer a la derecha, irme a Buenos Aires y no volver jamás.&lt;br /&gt;Ahora o nunca, me digo y acelero. Al llegar a la entrada del Instituto, clavo los frenos, el auto patina y la nube de polvo me alcanza. En el espejo retrovisor están Benítez y los internos. Delante tengo el camino hacia Buenos Aires.&lt;br /&gt;Doy la vuelta y regreso. Me reciben con vivas y aplausos. Benítez baila sobre un pie y da vueltas.&lt;br /&gt;Toco bocina, abro la puerta del acompañante y le grito que suba. Sus ojos se agrandan de la emoción y se acerca. Acaricia el marco de la puerta con respeto y sube. Los internos tocan los costados del Nash como si fuera un dios cascarudo gigante.&lt;br /&gt;-Que se aparten los de adelante, los vamos a pisar –toco bocina.&lt;br /&gt;-Píselos, jefe.&lt;br /&gt;-No sea bruto, che. Que se corran.&lt;br /&gt;Deja de sonreír, baja y los aparta a empujones. Algunos de los aferrados al insecto de metal no quieren moverse. Los levanta como muñecos de otro sueño y los lleva hacia el costado del camino.&lt;br /&gt;Arranco y damos vueltas alrededor de los pabellones.&lt;br /&gt;-Le toca a usted -freno, bajo y rodeo el auto.&lt;br /&gt;Se pasa al asiento del conductor y los ojos le brillan cuando pone las manos sobre el volante. Me acomodo a su costado.&lt;br /&gt;-¿Qué hago, jefe?&lt;br /&gt;Le explico una vez pero no entiende; le explico varias, no sé si entiende pero lo intenta. El auto avanza, se para, avanza, se para.&lt;br /&gt;Vuelvo a empezar. Le indico para qué sirve cada pedal; para qué se usa la palanca de cambios; le digo que debe soltar despacio el embrague al mismo tiempo que acelera. Dice que entiende. Arranca y vamos. Le grito que pase a segunda, que no sea bestia, que el motor va a reventar. Pone el cambio y un milagro hace que doble a tiempo y no choquemos contra el mástil. Los internos gritan y corren en todas direcciones como insectos que huyen de una catástrofe natural.&lt;br /&gt;Benítez pisa el freno con violencia y el auto resbala y me golpeo la frente contra el parabrisas.&lt;br /&gt;Le rodeo a Silvia la cintura y mis manos tocan, en la superficie quitinosa de su espalda, el punto donde nacen sus alas transparentes y finas. Me veo reflejado en el verde facetado de sus ojos mientras la beso y me liba.&lt;br /&gt;-¿Se lastimó? –llega la voz de Benítez y recupero la conciencia.&lt;br /&gt;-No fue nada, che –me toco el chichón de la cabeza y siento el gusto de la sangre en la boca –no es nada.&lt;br /&gt;Bajo y me tiro a descansar en la plataforma del mástil. Benítez arranca el Nash y da vueltas.&lt;br /&gt;Un interno se sienta junto a mí, apoya su cabeza sobre mi hombro y se duerme. Imagino que el pobre sueña un sueño sin mujeres, sin insectos y que es feliz.&lt;br /&gt;Benítez aprende a manejar rápido y bien. Conduce con los gestos ceremoniosos de un chofer de embajada. Al rato, dejo al interno dormido contra el mástil y le hago señas para que se detenga.&lt;br /&gt;-Fangio, jefe. Igual que Fangio ¿Vio? –dice entusiasmado.&lt;br /&gt;Le recuerdo que tenemos cosas que hacer; que va a tener tiempo para practicar; que cuando maneje bien va a ir al pueblo a comprar víveres y medicamentos. Se baja, da unas palmadas a la carrocería y se va.&lt;br /&gt;Miro el cielo ancho y calmo. Por primera vez siento hambre. Me va a hacer bien comer. Estoy bajando de peso y la ropa me empieza a bailar. Me va a pasar algo. Transformarme en lo que no quisiera, por ejemplo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas pruebo la carne del plato, que a la hora del almuerzo, Benítez deja sobre el escritorio. Lo aparto para leer una observación que Surgmont atribuye a Barder. Según ésta, en el momento en que Dios descubre los valores negativos del hombre que había creado, lo condena a muerte sin misericordia. No comprende que su criatura es el resultado de la utilización de materiales de mala calidad.&lt;br /&gt;La originalidad de los pensamientos de Barder me deja perplejo.&lt;br /&gt;Me quedo dormido y sueño con Benítez. En el papel de doctor frente a mi cama al lado del mástil, dice que me ve mal, me toma el pulso y pide que le muestre la lengua. Saco una lengua larga, bífida y húmeda. Mal jefe, dice y señala una etiqueta pegada a mi pecho, agrega: Está vencido, no lo usó y se echó a perder.&lt;br /&gt;Me despierto a los gritos y me tranquilizo al reconocer el escritorio, la biblioteca, el ventanal. Salgo al parque y el resto de la tarde paseo por el Instituto. La paz del campo me hace sentir mejor, más confiado, pero es simple: estoy vivo y sin fecha cercana de vencimiento.&lt;br /&gt;La caída del sol me encuentra tras posibles rastros que pueden llevarme a encontrar a Barder o a Surgmont. Descubro que son lo mismo: La misma cosa inmunda los une.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche de siempre me alcanza a la hora acordada y en el sitio convenido con el insomnio. Unas páginas de la carpeta de Surgmont explican cómo Benítez empezó a trabajar en el Instituto. No están exentas de presunción y vanidad literaria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“López, mi enfermero, se mandó a mudar. Había ido a la cocina a buscar la cena; cuando regresó con la bandeja, yo descorchaba una botella de tinto. Cenamos en silencio, teníamos hambre. Cuando su pan dejó limpio el plato, levantó la copa y dijo Salud. Salud, respondí. Se puso de pie y sin decir más, pasó por detrás de mí, me dirigió una mirada de piedad, casi paternal, abrió la puerta del despacho y se fue.&lt;br /&gt;Días después, agobiado por el exceso de trabajo, en una noche de calor sofocante en la que los insectos gritaban enloquecidos y volaban frenéticos alrededor de las lámparas, salí a caminar. El día había sido pésimo. Los internos se negaban a ajustarse a los resultados de mis nuevas terapias quirúrgicas. Fracasos, errores, pérdidas de tiempo y esa incomprensible falta de cooperación. El horizonte resplandecía bajo la luna. El campo, más allá de los eucaliptos, parecía fosforescente. Caminé distraído escarbando con mi bastón entre los arbustos. Espanté un murciélago que se acercó; salté alambrados ajenos. El ruido de los bichos inflaba la atmósfera como un globo. Me detuve bajo la copa de un algarrobo y respiré hondo. Me estaba empezando a sentir mejor, lejos de la Entomología y sus desmesuras, lejos de los fracasos y de Barder. Me disponía a volver cuando oí un ronquido. Miré hacia la oscuridad entre las ramas. Lo oí otra vez y la emprendí a bastonazos contra el tronco. Oiga, grité y chisté. Se escuchó el ruido creciente y desprolijo de algo que se desplomaba. Me aparté antes de que se me cayera encima.&lt;br /&gt;Un animal salvaje o lo que fuera se movía al lado del tronco. Me acerqué con el bastón estirado y listo para atacar. Toqué algo blando que siguió roncando. Oiga, dije y lo golpeé.&lt;br /&gt;Un individuo que a la luz de la luna tenía el aspecto grotesco de un enorme escarabajo, se puso de pie, se frotó la espalda y se quejó. Cuando pretendió acercarse, esgrimí el bastón como defensa. Atrás, ordené. Usted manda, doctor, dijo. Su olor a alcohol barato era inmundo. Así que durmiendo la mona, qué lugar ¿no? Miré hacia las ramas del árbol. La patrona, jefe, contestó, cada vez que se me va la mano con la ginebra, me echa de casa. Al menos arriba de este árbol, puedo mear en paz.&lt;br /&gt;Le sobrevino un ataque de hipo. Me mantuve en guardia, a distancia de bastón. Sabía que las acciones de los seres primitivos son impredecibles.&lt;br /&gt;Si me disculpa, dije, estaba dando un paseo. Me di media vuelta para irme. Patrón, me llamó. Se acercó y puso su dedo sucio y grueso sobre mi traje. López, su enfermero. Qué con López, contesté. López, repitió mientras perdía el equilibrio y yo lo tomaba del saco. Qué con López, insistí. Eructó su alcohol frente a mi cara. Lo dejó plantado, dijo, se las tomó, chau ¿Cómo lo sabe? Frunció las cejas y los labios. Hace unos días pasó en pelotas y duro como un muerto, por delante de mi rancho. Y con eso ¿qué? dije. Que sin enfermero, contestó, usted también va a terminar en pelotas por el campo.&lt;br /&gt;Lo empujé con violencia y alcé el bastón. El tipo esperó el golpe con apatía, con costumbre. Lo sacudí con fuerza hasta sentir el brazo dolorido. Mama, mama, gritó. Oí una arcada y el vómito. Está bien, ya está bien, dijo. Lo levanté de los pelos ¿Sabe poner inyecciones? No, dijo. ¿Curar heridas? ¿Limpió o bañó a algún enfermo? ¿Conoce lo que es un electroshock? En el rancho andamos con velas, patrón, dijo. ¿Sabe lo que es la Entomología? ¿Nociones de anestesia o cirugía? No. A todo dijo que no. Lo solté, di un par de pasos, pensé, traté de pensar, pedí que alguna idea viniera a mi cabeza. Me sequé la frente con la manga del saco. ¿Sabe cocinar? Lo que ordene, dijo. Bueno, entonces vamos, va a ser mi enfermero. Me alejé bajo la luz tenue de la luna que tocaba los arbustos ¿Su mujer? ¿su familia? En este país es más difícil conseguir trabajo que montura, dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejo los papeles de la carpeta de Surgmont y me aprieto los párpados. La noche está alta y estoy lejos de la madrugada. Me pregunto cuándo va a empezar la acción. Busco algo para entretenerme: contar las balas del 38 y limpiar el revólver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Deambulo sin destino por la mañana del Instituto. No puedo evitar la aparición dentro de mi cabeza de cosas que he leído en el aquelarre de la carpeta de Surgmont.&lt;br /&gt;No sé si esos escritos revelan pensamientos y acciones de una mente genial o enferma; no sé si estoy frente a un ser perverso o único; no sé si pertenecen a uno o al otro.&lt;br /&gt;En ningún párrafo encuentro algo que explique porqué están escondidos.&lt;br /&gt;Las descripciones que Surgmont hace de Barder son extrañas. Me hacen pensar en el poema Transformado de D. Resnich. ¿Es un monstruo que recorre laberintos? ¿que nada aguas azules y lejanas? ¿padece esquizofrenia? ¿tiene un delirio paranoide?&lt;br /&gt;Y Surgmont ¿no estará bajo otra apariencia? La de un gigantesco y horrible insecto que desde alguna parte de este Instituto me espía, me sigue, me vigila y espera el momento adecuado para romper los cristales, rodearme con sus patas e inyectarme su veneno. Puede estar a punto de lanzarse desde un techo, con las alas desplegadas y las mandíbulas húmedas, para caer sobre mí y destrozarme la garganta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Si los escritos fueran sólo la proyección de la personalidad enferma de Surgmont, y Barder, alterado pero inocente, jamás hubiera pronunciado una palabra?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quisiera una sola palabra que fuera cara de la verdad, pero las palabras son sólo máscaras de máscaras.&lt;br /&gt;Sólo tengo dudas pero ninguna palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Silvia aparece frente a los edificios del otro lado del parque. Sin perder tiempo, corro para alcanzarla. Va como suspendida por hilos invisibles. La pared blanca del comedor la oculta. En mi carrera veo caras que no recuerdo, tal vez nuevas, como si el Instituto fuera una colmena o un hormiguero y el número de internos fuera incalculable.&lt;br /&gt;Dejó atrás la fila de eucaliptos, rodeo el comedor y sus dependencias, la busco por todas partes pero no está. Voy hacia la enfermería y encuentro unos loros que se pelean contra el cielo profundo. Circundo el tanque australiano con el acompañamiento del sonido de un clarinete que escapa del taller.&lt;br /&gt;Giro y casi la atropello. Estaba esperándome.&lt;br /&gt;-¿Por qué me sigue?&lt;br /&gt;Su voz es afónica. Quiero contestarle pero la carrera me dejó con taquicardia. Me mira con la misma concentración de un entomólogo sobre un insecto. Me tranquiliza ver que no tiene alas.&lt;br /&gt;-Ni sé cómo se llama.&lt;br /&gt;-Cuándo a un hombre le interesa una mujer, siempre pregunta su nombre ¿Adónde iba?&lt;br /&gt;-Hay mucho por hacer y no tengo tiempo...&lt;br /&gt;-Ah –se muerde el labio y mira mi boca.&lt;br /&gt;-Tengo que ocuparme de los pacientes –sigo y hago un gesto vago y me toco los labios.&lt;br /&gt;Silvia mira mis manos como si ellas fueran las que hablan.&lt;br /&gt;-De los pacientes, las terapias, los medicamentos... –continúo.&lt;br /&gt;-Sus manos –dice –Caminemos... está lindo –me toma los dedos y los acaricia -Están mojados –y los seca con la túnica.&lt;br /&gt;Una cotorras vuelan en desorden y chillan. Recuerdo las advertencias de Benítez pero junto a Silvia me tranquilizo, se calma mi corazón.&lt;br /&gt;-Vamos –me lleva sin esperar respuesta.&lt;br /&gt;Su forma de moverse como águila que planea contra el viento hace que pierda noción de todo. Veo paredes, ventanas, senderos, árboles, internos y días. Todo adquiere otra perspectiva, como si enfrentara un espejo y descubriera ser otro. Se detiene y nos miramos como aquellos que se han dicho toda alegría, todo desencanto.&lt;br /&gt;-No hable, mi querido, sólo quiero pasear –toca mi mejilla mientras el aire le lleva mechones a la cara.&lt;br /&gt;-Tengo algunas preguntas –digo.&lt;br /&gt;Abre sus ojos con asombro.&lt;br /&gt;Benítez se acerca apurado y saluda. Ignora a Silvia que sonríe ante su manera de caminar.&lt;br /&gt;-¿Qué me va a preguntar que usted no sepa? –se lleva un dedo a los labios.&lt;br /&gt;La mañana nos rodea con sus colores cítricos. La luz solar que filtra las ramas de eucaliptos dibuja sombras de patas finas sobre su cara. Tres pacientes pasan y saludan. Silvia los observa con misericordia. Siento que su mirar descubre cosas a cada instante.&lt;br /&gt;-¿Seguimos? –toma la punta de mis dedos.&lt;br /&gt;Me veo como el chico que iba de la mano de su padre y tenía miedo de perderse. Nos detenemos entre los árboles cerca de la entrada posterior del edificio principal. Una nube nos da sombra momentánea. Benítez regresa.&lt;br /&gt;-Sólo hay que saber cuándo preguntar o cuándo abrir los ojos –apoya su mano en mi pecho y suspira.&lt;br /&gt;Benítez saluda de nuevo.&lt;br /&gt;-La vida es un misterio de espejos y monstruos ¿no? Barder; el otro; ahora usted...&lt;br /&gt;Acordes de música de Mozart salen del taller.&lt;br /&gt;-Barder... –digo –Es lo único que oigo, los internos, Surgmont...&lt;br /&gt;-Esa basura de Surgmont –su cara y su voz se transforman –no lo nombre.&lt;br /&gt;-No sé dónde está.&lt;br /&gt;-Es un animal que se esconde.&lt;br /&gt;-¿Porqué?&lt;br /&gt;Silvia cierra sus puertas, sus ventanas, su alma.&lt;br /&gt;-Es despreciable, una aberración.&lt;br /&gt;-¿Por qué se esconde?&lt;br /&gt;-¿Quién no se oculta de algo? ¿Quién no tiene motivos para hacerlo? –ahora su voz es sanguínea –¿Qué hace usted acá?&lt;br /&gt;Su mirada es dura pero todo en ella me atrae: sus ojos, su piel, su actitud, su cuerpo.&lt;br /&gt;-¿Vamos? –pide.&lt;br /&gt;Pienso en este lugar alejado de todo Dios; en Surgmont y Barder escondidos; en Benítez y en esta mujer. No entiendo nada de lo que pasa.&lt;br /&gt;Caminamos hacia el huerto bajo la mirada de internos que dicen: Allá van los sueños y la sombra.&lt;br /&gt;-Oiga –digo y Silvia adelanta el cuerpo y estira el cuello como si ese gesto asegurase mayor atención -no me importa qué problemas personales quieren arreglar. Surgmont no da señales de vida y Barder...&lt;br /&gt;Me interrumpe como si hubiera dicho algo que esperaba, me mira con ternura y me acaricia el brazo.&lt;br /&gt;-Sabe que lo voy a ayudar ¿no, mi querido? –y me besa.&lt;br /&gt;Cierro los ojos con la sensación de sus labios en los míos y noto que se aparta.&lt;br /&gt;Cuando los abro estoy solo.&lt;br /&gt;Con lentitud pero firmeza, vuelve la taquicardia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De noche no consigo dormir y acumulo alteraciones físicas como si fuera un coleccionista. Mi pierna tiembla y tengo movimientos anormales en los dedos. Parecen hojas que mueve el viento. Voy a terminar retorcido como enfermo de tétanos. Creo que podría ahogarme con mis latidos. Como el rey Midas, mis manos mojan lo que tocan. Acaso toque a Silvia y se moje y se transforme en lago. Este lugar me está obsesionando como un botánico con sus hojas o un entomólogo con sus insectos.&lt;br /&gt;Voy a armar las valijas, ir al pueblo, tomar el tren, volver al Ministerio y admitir que no pude solucionar ni resolver nada. Me ganaron un par de internos escondidos en medio del campo.&lt;br /&gt;Sin embargo necesito resolver estos misterios ¿Qué pasó con Surgmont? ¿dónde está? ¿Qué pretende Barder? ¿Quién es Silvia? ¿me estoy convirtiendo en un monstruoso insecto?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Benítez trabaja como una mula todo el día. Como resultado las cosas se ordenan y el caos se transforma. Los internos, en su mayoría dóciles, se despiertan y se van a dormir a horas razonables. Siempre hay alguno que le escapa al agua pero Benítez se las arregla, lo atrapa y lo baña. Los veo pasar inmersos en sus delirios pero limpios y peinados.&lt;br /&gt;Todas las mañanas antes de la salida del sol un ritual viene en mi puerta. Comienza con golpes y el pedido tímido, formal y respetuoso de que les entregue la bandera. Se las doy y la observan como algo mágico y lleno de enigmas. Se retiran marciales en dirección al mástil. Se turnan para izarla. Mientras uno toca el bombo, el clarín o la flauta, el resto llora como si un suceso extraordinario hubiese transformado sus vidas.&lt;br /&gt;En el crepúsculo la bajan con ferocidad. La arrancan de la soga, la tiran sobre la plataforma y la pisotean. Luego huyen despavoridos como si los persiguiera algo plural. Levanto la bandera del suelo, la llevo al despacho y la limpio.&lt;br /&gt;Al día siguiente, como en una obra de teatro, cada uno representa el mismo papel.&lt;br /&gt;Siento piedad por estos hombres condenados a recorrer laberintos que conducen a su propio espejo. Los veo moverse por la cocina; preparar el almuerzo o la cena; usar el lavadero para luego secar la ropa al sol; fabricar sus velas e instrumentos. Veo sus monstruos que los devoran y los transforman.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui al pueblo. El cura me hizo esperar unas horas. No me desalenté y tuvo que atenderme. Durante nuestra conversación apretó el crucifijo entre los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Habló del alma errante de los animales y del ánimus colectivo de los insectos. Hay seres que son insectos, que no pueden salvarse a través de la fe, dijo.&lt;br /&gt;Quedó en venir a dar misa. No le creí y no ha venido. Si lo hiciera tendría razones de peso para dejarlo internado.&lt;br /&gt;Me deprime no descubrir dónde se esconden Surgmont y Barder. Adopto estrategias neuróticas: camino sin hacer ruido para llegar sin que me oigan. Reviso roperos, botiquines y armarios. Atravieso pasillos y corredores. Me confundo con los internos. Golpeo paredes y puertas o levanto tapas. Los internos me imitan: atacan medianeras y tabiques como si fueran pájaros carpinteros.&lt;br /&gt;Desmenuzo el huerto, la cancha, el parque, el camino de entrada. Meto los pies en hormigueros, charcos de agua o pedazos de bosta. Estoy sin mapas; con esquemas; con bosquejos.&lt;br /&gt;Busco durante las primeras horas del día o en sus últimas, cuando todo parece dormir en los pabellones, el taller, en todas partes o cuando nada se ha despertado. Encuentro huellas que se multiplican, se bifurcan, se pierden.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No puedo encontrar lo que está en ninguna parte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tendría que haberme negado a este juego con reglas que desconozco, con piezas que ignoro y sin saber qué movimientos debo hacer. Estaba bien en casa entre mis libros. Quise ser Ícaro y me voy a quemar por fuera y por dentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Surgmont me espía y me anticipa. Este lugar tiene ojos que le hacen señas, bocas que le avisan, manos que lo protegen ¿Por qué?&lt;br /&gt;Silvia y los internos habrán hablado con Barder.&lt;br /&gt;No sé nada de ninguno.&lt;br /&gt;La habitación de Barder es el decorado de una obra a la que he llegado tarde y que ha terminado.&lt;br /&gt;Los internos me sonríen como si supieran la verdad.&lt;br /&gt;Los reviso por las tardes y los medico si es necesario. Hacemos sesiones de grupo en las que pregunto por Barder. Nadie me contesta.&lt;br /&gt;Silvia me gusta. Me gusta su pelo que la envuelve como una nube; su mirada triste, húmeda; su andar de mariposa. No la busco pero la encuentro y mis síntomas se evaporan. El corazón baja a su frecuencia normal, las palmas se me secan y los dedos se aquietan. Permanecemos juntos un tiempo imposible de medir. Entonces hablamos de lo común: los años, los dolores del alma, el campo, las estaciones, los sentimientos. Miro su boca como si sus palabras dijeran algo diferente a las cosas comunes que dicen. Quisiera besarla, tocarla.&lt;br /&gt;Le pregunto sobre Surgmont o Barder pero se nubla y no quiere contestar. Me contó, aunque ni siquiera hay una ficha clínica de ella, que está acá desde niña. La dejó su madre porque hablaba lenguas extrañas y entraba en largos períodos de catalepsia; porque decía que los ángeles bajaban del cielo para tocarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los días son tibios. Me acostumbré al monte chato, al chillido de los loros, a la quietud de la nada. Por momentos tengo la sensación de estar dentro de un cuerpo ajeno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero acomodar el fichero para leer cada caso y actualizarlo. Son demasiadas fichas, no están en orden alfabético y tienen pocos datos. Benítez pone voluntad para ayudarme y acomoda sobre el escritorio las que empiezan con la letra A. Se nos llena la mesa de fichas. Cuando pasamos a la B, aparece otra A; cuando pasamos a la C, aparece una B. Todo el tiempo aparecen fichas nuevas.&lt;br /&gt;Benítez no tolera que nombre a Silvia. Dice que no quiere saber nada de ella; insiste conque es peligrosa, que prefiere viejas desdentadas o feas. Me pide que no la vea. Es algo que no logro hacer.&lt;br /&gt;Cuando Silvia se acerca es una tormenta que me empapa.&lt;br /&gt;Benítez trae pacientes que nunca he visto. No sé de dónde los saca. Le doy una ficha y le pido que me lea los datos. La da vueltas, la tuerce. Le pregunto qué le pasa. Le pido que la lea, que no puedo perder el tiempo, pero dice que no sabe leer. ¿Cómo se las arregló con los medicamentos? Dice que los conoce por los colores.&lt;br /&gt;Se me ocurre que sabe menos de lo que imagino: no pudo leer las fichas, no pudo leer las notas de Surgmont acerca de Barder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En este lugar cada vez más grande, me siento cada vez más solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajo la luz ámbar que ilumina mi cuarto donde se acumulan insectos muertos y vivos, encuentro un papel de la carpeta de Surgmont que me inquieta.&lt;br /&gt;Empezó la cacería, dice. Es una lástima. Barder, con la multiplicidad de sus desórdenes, fue un ayudante y un aliado útil. Ahora es una cuestión de adaptación y supervivencia. No aprueba mis métodos y con ello demuestra sus límites. No voy a permitir que interfiera con mis tratamientos. Tengo la responsabilidad necesaria para llevarlos adelante y para hacerme cargo de lo que corresponda. Sé que las restricciones que en su oportunidad establecí, no fueron obedecidas.&lt;br /&gt;Cada uno tiene claro con quién se enfrenta. No hay lugar para los dos.&lt;br /&gt;¿De qué métodos habla? ¿Cuáles límites? ¿Qué restricciones?&lt;br /&gt;La noche es una esfera llena de inútiles horas en blanco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un nuevo día me encuentra sobre la cama con los ojos abiertos y sin saber si he dormido. Me visto y cumplo con mis obligaciones. Benítez conduce el Nash hasta el pueblo. La gente se esconde en sus casas como si fuéramos portadores de la Peste Negra. Se niegan a vendernos artículos de limpieza pero los convenzo a punta de revólver. De regreso superviso el aseo de los dormitorios y la preparación del almuerzo. El enfermero oficia su rito de papas, carne, porotos y cebolla. Después reviso internos, lleno fichas y reparto fármacos.&lt;br /&gt;Es media tarde y la luz del sol avanza entre los pinos. Muchos pacientes duermen la siesta. Oigo gritos de alguien al que parecieran estar asesinando. Vienen de la cancha de fútbol. Benítez, que recibió el nombramiento de árbitro como si lo hubiese ordenado Caballero, con la pelota debajo del brazo y con gesto adusto, detiene el partido y llama a los jugadores. Dice que no quiere muertos, heridos, ni ataques de epilepsia. Todos corren detrás de la pelota sin saber hacia dónde tienen que patear. Se entregan al público de internas que gritan para cualquiera de los equipos.&lt;br /&gt;Aprovecho para tomar aire; para pensar las cosas que salen de la carpeta de Surgmont como si fuera la caja de Pandora o un Leviatán que toma forma.&lt;br /&gt;No encuentro acontecimientos significativos entre ese montón de papeles sin fecha. Surgmont dejó sólo lo que le interesaba que yo leyera. Lo importante debe estar en otro lado o no existe. Cabe la posibilidad de que todo sea una ficción delirante de Surgmont y Barder, una invención conjunta, una obra escrita en colaboración. En todo caso soy víctima de ambos.&lt;br /&gt;Sé que conocen mis idas y vueltas, los pasos que doy. Todo el tiempo me vigilan desde todas partes. Ven a través de los ojos del Instituto y de Silvia. Oyen a través de pacientes que repiten, como un rezo, frases enteras que dije.&lt;br /&gt;Así, hablo en voz alta para que me escuchen o dejo papeles a la vista para que los lean. Son señuelos que eluden, trampas que no pisan, acertijos que resuelven.&lt;br /&gt;Cambio de táctica: oculto todo con la esperanza de que mis silencios los perturben. El arte de perseguir se basa en el ejercicio de esperar con paciencia. Como respuesta, Barder y Surgmont mantienen su carácter invisible y soportan mis vacíos de señales y signos.&lt;br /&gt;En esos períodos en los que permanezco quieto, cada cosa queda en su lugar y el Instituto se detiene. Cuando insisto con mis mensajes o mis intentos de encontrarlos, los objetos muestran vida propia y van de un lado al otro: la lámpara del escritorio se traslada al piso; la lapicera va de la carpeta al fichero; un zapato se separa del compañero y se ubica cerca del mástil.&lt;br /&gt;A veces no hago nada y me dejo llevar, pero me siento una mosca atrapada en el centro de una enorme tela de dos arañas.&lt;br /&gt;Que vengan por mí es cuestión de tiempo. Estoy en el borde del abismo. Hago equilibrio pero cualquier cosa podría hacer que perdiera pie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vago por el parque mientras oigo los gritos del degollado en el partido de fútbol. Me hubiera gustado ser un hombre simple para gozar de cosas simples.&lt;br /&gt;Un interno me apunta con el índice y el pulgar y anuncia que es un asalto, arriba las manos. Obedezco, me palpa, señala mi reloj y se lo doy. Lo mira con aire de científico y sin dejar de apuntarme lo acerca a su oído. Mueve la cabeza y dice Tic-tac-tic-tac. Mete las manos en mi guardapolvo, me saca las llaves del despacho y del auto y me mira contento. Bajo los brazos pero repite que arriba las manos, es un asalto y sale corriendo. Voy tras él pero es ágil y rápido. Cruzamos el parque saltando arbustos, charcos e internos tirados en el pasto. El maratonista se escapa en dirección al huerto.&lt;br /&gt;Cambia de rumbo y me obliga a seguir la carrera por detrás del lavadero y la cocina, en dirección al bosque cerca del taller. Desaparece entre los yuyos y las ramas de los árboles. Lo encuentro agazapado detrás de un tronco raquítico. Alto, la policía, grito y sigo con el ulular de una sirena. El asaltante larga las llaves y el reloj y se escapa. Al agacharme para recoger mis cosas, percibo un olor espantoso.&lt;br /&gt;Es el pozo ciego. Voy a tener que cavar uno nuevo, este tiene décadas y ya no sirve. Me tapo la nariz y me voy pensando en andar con más cuidado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me abandono sobre un banco frente a los ventanales para recuperar el aliento, respirar aire fresco y mirar las nubes.&lt;br /&gt;-Mi querido.&lt;br /&gt;-Está lindo –contesto –venga, siéntese.&lt;br /&gt;-El barrio es peligroso, hay muchos ladrones –Silvia se ríe –se lo hubiera regalado ¿Para qué necesita el tiempo? –me mira y apoya la cabeza sobre mi hombro –me gusta.&lt;br /&gt;-¿Qué?&lt;br /&gt;-Usted –se pasa una mano por el pelo y lo agita.&lt;br /&gt;-¿Porqué?&lt;br /&gt;-Me gustan sus manos, son suaves. Tiene dedos finos, delicados. Barder tiene manos horribles, son unas garras deformes.&lt;br /&gt;-Cuénteme más.&lt;br /&gt;Me toma las manos y las mira con la ternura del que por fin encuentra un objeto que deseó mucho.&lt;br /&gt;-¿Qué quiere que le cuente?&lt;br /&gt;-Hábleme de Barder.&lt;br /&gt;-Tiene dedos gruesos, ásperos, con uñas curvas como vidrios de reloj –se mueve incómoda con gestos de desagrado –No son humanas. Él las odia, las odia. Si no fuera por eso...&lt;br /&gt;Un grito de gol llega desde la cancha junto con el ruido del festejo.&lt;br /&gt;-¿Si no fuera por eso?&lt;br /&gt;-Me gustan sus manos, usted me gusta –mira mis labios -Surgmont era un grosero –sigue - usted es tan masculino...&lt;br /&gt;-Benítez la ignora.&lt;br /&gt;-Ve lo que quiere ver, como todo el mundo. Usted ¿me ve? ¿le parezco real?&lt;br /&gt;Apoyo mi mano en su muslo y se acerca a mi boca pero se aparta.&lt;br /&gt;-¿Le parezco real, mi querido?&lt;br /&gt;El silbato anuncia que el partido ha terminado y se oye un griterío.&lt;br /&gt;-Necesito una palabra.&lt;br /&gt;Se pone de pie y me mira. Intuye mi laberinto y mis minotauros; sabe que soy Teseo en medio de este lugar perdido.&lt;br /&gt;-No me ha dicho si le parezco real.&lt;br /&gt;Benítez se acerca con la pelota y los jugadores.&lt;br /&gt;-Jefe –grita y hace un gesto señalando el silbato –terminó sin que ligara ninguna trompada y sin muertos.&lt;br /&gt;Me doy vuelta para mirar a Silvia. Veo nada más que el parque, los edificios, los internos y este bobo que se ha quedado de nuevo solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la carpeta de Surgmont hay un papel escrito con caligrafía de araña, de cuarto diminuto, de encierro.&lt;br /&gt;El cuerpo es nuestra casa, está escrito.&lt;br /&gt;Tiene ventanas por las que mirar al exterior. Algunas muestran lo que vemos pero otras, lo que queremos ver. Se ven horizontes que no se alcanzarán en estas horas. Hay ventanas por las que descubrimos reflejos de cobre sobre un girasol o los fulgores de la plata en las hojas de los álamos. Desde otras vemos sitios de los que la vida se ha escapado aterrorizada, donde cada centímetro es una espina. Hay que huir de Sodoma sin mirar hacia atrás.&lt;br /&gt;Uno tiene que aprender a abrir y a cerrar las ventanas.&lt;br /&gt;Nuestra casa tiene puertas para entrar a lugares comunes: fragmentos de la infancia; espacios de glicinas; de mate, bizcochos y vías del ferrocarril. Hay puertas de rumbos solares, de murmullos, de pasos con significado de océano. Hay recorridos de relámpagos y miedo de reunir al sueño lejos de las fogatas.&lt;br /&gt;Algunas puertas tienen cerraduras con llaves de niebla y ceniza. Hay ámbitos de nuestra casa que son del territorio del pensamiento, de sus ideas ilusorias, de sus dioses falsos. Otros rincones tienen espíritu de fuga, de rapto o de baile alegre.&lt;br /&gt;Hay que sacar el frío afuera de la casa y entregarla.&lt;br /&gt;¿Uno no daría su casa a quien lo ama?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el momento en que oscurece y las primeras luces aparecen tras las ventanas de los edificios, atravieso el vestíbulo y abro la puerta de mi despacho. Algunas cosas se me caen, tanteo la pared y busco la perilla de la luz.&lt;br /&gt;Silvia estaba sentada en la oscuridad frente a mi escritorio. Me saluda y se pone de pie para ayudarme. Cada movimiento de su cuerpo es de sueño que invade, de recuerdo lento que regresa.&lt;br /&gt;-Está bien, puedo... –levanto mis cosas y las apoyo sobre un sillón y el escritorio –siéntese.&lt;br /&gt;Permanecemos en silencio unos instantes.&lt;br /&gt;-Hace un rato...&lt;br /&gt;-No diga nada, mi querido ¿se va a disculpar? -Alza la túnica, cruza las piernas y el pelo se le sumerge en los hombros -¿De lo que siente? La tarde estaba linda, ellos jugaban al fútbol y nosotros jugábamos.&lt;br /&gt;Me dejo caer sobre el sillón.&lt;br /&gt;-No quiero lastimarlo ¿sabe? Ni ahora ni más adelante.&lt;br /&gt;-¿Por qué?&lt;br /&gt;-Lastimo lo que amo, ojalá usted no significara nada y yo pudiera quererlo, pero se mueve tanto... no quiero que sufra, no por mí.&lt;br /&gt;Se queda en silencio con las manos cruzadas sobre los muslos y no sé que decir.&lt;br /&gt;-Cada uno sabe lo que hace.&lt;br /&gt;-Usted, mi querido.&lt;br /&gt;-Sé hasta dónde quiero llegar.&lt;br /&gt;-Yo no, no conozco mis límites y no quiero lastimarlo ¿Qué derecho tengo?&lt;br /&gt;Le ofrezco la mano pero ni la mira ni se mueve.&lt;br /&gt;-Esta tarde en el parque...&lt;br /&gt;-Éramos cachorros.&lt;br /&gt;-Jugábamos.&lt;br /&gt;Se pone de pie y se acerca al ventanal. Su cuerpo me toca. Miro la noche que cubre el Instituto. Veo el mástil y las luces que balancea el viento.&lt;br /&gt;-Barder...&lt;br /&gt;-Ustedes...&lt;br /&gt;-Nosotros... –sonríe y estira el cuello como una serpiente a punto de atacar –. No lo conoce.&lt;br /&gt;-Sé lo que piensa, sé las cosas que le ha contado a Surgmont.&lt;br /&gt;Me clava la mirada.&lt;br /&gt;-¿Qué le puede haber contado? Nada. Fantasías enfermas del director que necesita justificar sus actos. Nunca lo entendió ni podrá entenderlo.&lt;br /&gt;-¿Qué tendría que haber entendido?&lt;br /&gt;-Había un equilibrio, inestable como cualquiera, pero un equilibrio. Él quiso apartarse, lo previne, pero siguió adelante.&lt;br /&gt;-¿De qué se apartó? ¿Allí empezó la cacería? ¿Qué le pasa?&lt;br /&gt;Hace gestos para luchar contra manos invisibles.&lt;br /&gt;-No, no. Él nos llevó –grita- Él fue... nos obligó, nosotros no queríamos. Nadie quería cazar a nadie –se tapa la cara.&lt;br /&gt;-¿A qué los obligó? –Le tomo los brazos y baja el cara.&lt;br /&gt;Apoya su cabeza en mi hombro y suspira. Le paso una mano por el pelo, le acaricio la nuca.&lt;br /&gt;-Dejáme... esto no está bien.&lt;br /&gt;-Te quiero cuidar. Decíme dónde están, por qué se esconden.&lt;br /&gt;Sin soltarse, se estira hacia atrás y me mira.&lt;br /&gt;-Soltáme. Me tengo que ir.&lt;br /&gt;-¿De que tenés miedo?&lt;br /&gt;La dejo y va hasta la puerta.&lt;br /&gt;-¿De qué tenés miedo?&lt;br /&gt;-De la noche, de las tinieblas; de vos y quién sabe, tal vez de mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muerte, transcribe Surgmont en una página, no es el fin. Así como el calor evapora el agua, el tiempo, de la misma manera, extrae al alma de nuestros cuerpos y se la entrega a los mensajeros. Estos emprenden un largo viaje de paz, durante el cual nos encontraremos para seguir juntos. La palabra morir no existe para nosotros, asegura Barder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la oscuridad de la noche y del insomnio, me quedo dormido hasta que unos ruidos me despiertan.&lt;br /&gt;Distingo la cama, la silla con mi ropa y el resto de la habitación. Noto que un haz de luz se filtra por debajo de la puerta. Escucho ruidos de muebles que se corren, de cajones que se abren y de papeles que se revisan.&lt;br /&gt;Pienso en Barder y en Surgmont. Saco el 38 de abajo de la almohada y lo martillo. Se hace silencio y escucho pasos. Me incorporo en la cama y apunto con cuidado. Cualquiera de los dos va a entrar vivo y terminar muerto.&lt;br /&gt;La puerta se abre despacio y la silueta de Silvia se dibuja contra la luz. Su brazo cae al costado del cuerpo mientras avanza.&lt;br /&gt;-No quise despertarte.&lt;br /&gt;Sin dejar de mirarla, apoyo el 38 en el suelo.&lt;br /&gt;-No la vas a necesitar –deja caer su túnica mientras la luz y las sombras descubren su desnudez.&lt;br /&gt;Se lleva un dedo a los labios y sube a la cama. Un haz de luz se abre paso entre la humedad de sus muslos mientras aparta la sábana que me cubre. La dejo trepar y acomodarse encima de mí.&lt;br /&gt;-Hacéme lo que quieras –pide.&lt;br /&gt;Nos besamos y nos recorremos hasta quedar agitados uno encima del otro.&lt;br /&gt;-Mi querido... tuve varios –apoya su cabeza sobre mi pecho y la acaricio- Oigo.&lt;br /&gt;-¿Qué?&lt;br /&gt;-Tuve varios, nunca tuve varios... oigo ruido de mar y palabras, pero no hay nadie.&lt;br /&gt;-Estás loca, Silvia ¿qué dicen las palabras?&lt;br /&gt;-Perdón, piden perdón.&lt;br /&gt;-¿Por qué?&lt;br /&gt;-Por lo que voy a hacer.&lt;br /&gt;-¿A quién?&lt;br /&gt;-A vos, mi querido, el amor es horrible.&lt;br /&gt;Me hace callar mientras los ruidos de la noche aumentan.&lt;br /&gt;Más tarde me despierta la luz que atraviesa la cortina. Sus rayas flotan sobre el polvo de la habitación.&lt;br /&gt;Escucho el canto de los pájaros. Las sábanas que me cubren están estiradas como si hubiera dormido solo y mi mano todavía sostiene el 38.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay un papel escrito con letras diminutas y miserables de tinta negra. En circunstancias ordinarias lo hubiera pasado por alto y estaría hecho un bollo en la basura. Surgmont lo guardó. Presiento que es una llave, una moneda mágica, una palabra secreta.&lt;br /&gt;Leo el papel varias veces. Memorizo su contenido hasta casi odiarlo.&lt;br /&gt;Dice:&lt;br /&gt;Doy la vida, la conozco. No es la sucesión de hechos comunes que representa el educarse, llegar al matrimonio, tener descendencia, trabajar y morir. Quien obra así se condena, por su ceguera, a la infelicidad. Deben abandonar toda angustia y entregarse. Nadie tendrá más vida que la que yo le dé. Sé el camino que conduce al paraíso. Tengo el único mapa para llegar.&lt;br /&gt;Necesito entrar en el paraíso. Tengo que conseguir ese mapa aún a costa de mis alas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Odio las tormentas. Una se instala con terquedad y a poca altura, encima del Instituto. Después de amenazar con relámpagos, truenos y olor a agua, descarga baldazos que golpean los techos y resbalan por las ventanas. El viento desarma árboles y sobreviene una noche de lluvia y barro.&lt;br /&gt;Cansado de leer y sin encontrar pistas cierro la carpeta de Surgmont. Noto que mis manos que lloran y tiemblan como chicos que uno castiga, mojaron las tapas. Estiro los dedos pero no los gobierno. Se mueven sin orden u objetivo. Cada día que pasa pierdo más el control, como si alguien hubiera tomado posesión de mis huesos, mi cabeza y hubiera decidido asignarles otro destino. No el que me estaba designado, otro. El corazón me golpea las costillas como si tratara de hacer un boquete para escapar.&lt;br /&gt;En estas noches en que me siento un inválido, quisiera estar con Silvia, pero no tengo la menor idea de dónde encontrarla.&lt;br /&gt;El resplandor de la tormenta ilumina el mástil y oigo retumbos prolongados. Cierro los puños con fuerza, me levanto, rodeo el escritorio y salgo al vestíbulo. Los relámpagos iluminan los retratos de los directores. Abro la puerta y una ráfaga me empuja y mete hojas. Los faroles bailan locos bajo la música de la tormenta. Los charcos se llenan de globos. La bandera del mástil, que la lluvia impidió que fuera bajada, por momentos cuelga como ahorcado para enseguida hincharse como un cadáver putrefacto.&lt;br /&gt;Me empapo el guardapolvo y los zapatos. El pelo se me pega contra la cabeza. Cruzo el parque.&lt;br /&gt;-Surgmont –llamo.&lt;br /&gt;Sigo en dirección al huerto. Toda el agua del cielo me corre el cuerpo.&lt;br /&gt;-Barder –grito.&lt;br /&gt;Paso cerca del pabellón de mujeres, la cocina, el lavadero. Me interno en el monte.&lt;br /&gt;-La puta que los parió –grito.&lt;br /&gt;Odio las tormentas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre de sombrero aludo y traje a rayas está parado sobre el techo del pabellón. Desde allí nos observa. Silvia tiene su cara dividida en planos como en un Picasso. El plano de sus ojos observa al hombre mientras el plano de su boca me sonríe. Todo está en silencio. El hombre abre los brazos en cruz y se lanza al vacío. El plano de la boca de Silvia está abierto, sin asombro, en dirección a él, mientras el plano de sus ojos me mira triste. Las garras deformes se apoyan en el aire y el hombre vuela. Cruza el perímetro del Instituto, se eleva y se transforma en algo pequeño y oscuro contra el cielo.&lt;br /&gt;Silvia hace un gesto de resignación. Me pide disculpas, se le hace tarde, tiene que irse. Intento detenerla pero me clava las uñas de su garra en el brazo.&lt;br /&gt;-No quiero lastimarlo, jefe –me despierta Benítez de un sacudón –La comida estaba rica ¿no? Y una siesta siempre viene bien.&lt;br /&gt;-¿Qué hora es? –miro hacia los costados buscando mi reloj.&lt;br /&gt;-No sé, media tarde.&lt;br /&gt;Me enderezo en la cama mientras los restos del sueño se desvanecen.&lt;br /&gt;-¿Empezamos? -Benítez parece emocionado.&lt;br /&gt;-¿A hacer qué?&lt;br /&gt;-A revisar internos.&lt;br /&gt;-Ah, sí... vaya a buscarlos mientras me levanto.&lt;br /&gt;Al salir se lleva por delante un perchero. Oigo cómo atraviesa el pasillo y cierra la puerta trasera. Me visto y voy al despacho. Me acomodo frente al escritorio. Silvia golpea en la puerta y se asoma.&lt;br /&gt;-¿Molesto?&lt;br /&gt;Me alivia no ver un Picasso en su cara ni garras en sus manos. Le hago señas para que entre. Se acerca y se estira para tocar mi mejilla.&lt;br /&gt;-Mi querido –se sienta y cruza las piernas.&lt;br /&gt;Dejo la lapicera y me refriego los párpados.&lt;br /&gt;-Está cansado.&lt;br /&gt;-Tuve un sueño espantoso. Soñé con usted...&lt;br /&gt;-Tan malo no puede haber sido.&lt;br /&gt;-Sí, estoy cansado, hay muchos internos, estamos solos.&lt;br /&gt;-Siempre estamos solos –dice sin apartar la mirada de mi boca.&lt;br /&gt;-Hablo de Benítez, de mí, del Instituto...&lt;br /&gt;-No hay nadie más que nosotros –continúa mirando mi boca como si esperara la salida de algo insólito, un insecto, por ejemplo.&lt;br /&gt;Juego con mi lapicera sobre el escritorio.&lt;br /&gt;-Tendría que tomarse unas largas vacaciones.&lt;br /&gt;-No avanzo, nada. Estoy igual que el primer día ¿Porqué Surgmont dejó de informar sus actividades al Ministerio? ¿Dónde están escondidos?&lt;br /&gt;Me mira con ternura. Cruza sus brazos y se sacude el pelo como si se desprendiera de algo que la molestara. Luego se acerca y me toca la cara. Cuando se aleja se examina la yema de los dedos.&lt;br /&gt;-Necesito ayuda.&lt;br /&gt;-Hay buenos médicos -sonríe con satisfacción, como si mi desaliento le provocara placer.&lt;br /&gt;Del otro lado de la ventana, cerca del mástil, un interno corre con los brazos extendidos en un vuelo de cabotaje. Benítez va a aparecer de un momento a otro.&lt;br /&gt;-¿No lo ayudo? Las noches tiene una cuota de sensualidad que no hay en otra parte.&lt;br /&gt;Me paro, rodeo el escritorio y me apoyo en sus hombros.&lt;br /&gt;-Tengo que encontrar a Surgmont. No duermo, no descanso, no como.&lt;br /&gt;-No lo nombre. Es malo, no lo era pero cambió. Al principio era como usted.&lt;br /&gt;Tiene la cabeza abandonada sobre mi mano y su pelo me toca.&lt;br /&gt;-Cuando llegó –sigue -, puso su vida en esto ¿me entiende? estaba dispuesto a todo, se amargaba por lo que no salía como quería ¿Tiene idea del grado de abandono al que una persona puede llegar? –Señala al interno que sigue volando su cielo por el parque –Usted no tocó fondo. Surgmont se internó en su infierno pero perdió el mapa y no pudo salir. Mi infierno gira y créame, es difícil permanecer de pie. El equilibrio se pierde con facilidad –se encoge de hombros y me mira –y no es fácil recuperarlo ¿Y su infierno? Tal vez sea el salón comedor del hotel de una playa francesa ¿quién sabe?&lt;br /&gt;Benítez va a entrar en cualquier momento.&lt;br /&gt;-Surgmont quiso borrar los logros de los directores anteriores –sigue –, un antes y un después. Vanidad, mi querido, la vanidad mueve al mundo. La de él lo llevó a enfrentarse con nosotros.&lt;br /&gt;-¿Con quiénes?&lt;br /&gt;Silvia se ríe.&lt;br /&gt;-Es tan inocente, por Dios, tan ciego. Este lugar tiene un corazón. Puede ser que alguien opine que necesita un transplante, pero este lugar es nuestro y vamos a hacer lo que sea por mantenerlo vivo.&lt;br /&gt;-¿Quiénes?&lt;br /&gt;Me rodea, me abraza y me susurra:&lt;br /&gt;-Todos somos Aquiles, mi querido. El dinero, el sexo, el poder. Surgmont tuvo su talón.&lt;br /&gt;La sujeto del brazo.&lt;br /&gt;-¿Cuál?&lt;br /&gt;-Me duele.&lt;br /&gt;La suelto pero espero una respuesta.&lt;br /&gt;-La naturaleza humana, la parte que no es dios.&lt;br /&gt;No entiendo y el tiempo se acaba. Benítez, con su cara de nada, va a atravesar la puerta y acá estamos.&lt;br /&gt;-¿Qué pasó? ¿Qué hizo Surgmont en el infierno? ¿Porqué perdió el mapa?&lt;br /&gt;-Entramos juntos, hicimos una parte del camino pero no aguantó.&lt;br /&gt;-¿Qué no aguantó?&lt;br /&gt;-Seguir, volver ¿quién sabe? Hizo cosas terribles –va hacia el ventanal restregándose los brazos –Hace frío.&lt;br /&gt;-¿Qué hizo?&lt;br /&gt;-No puedo hablar de eso, no me lo pida.&lt;br /&gt;Me acerco a ella.&lt;br /&gt;-¿Y Barder?&lt;br /&gt;-Lo aman –señala los pabellones –Evitó que hiciera sufrir a muchos. Les dio el taller, la música, algo en que creer, fe.&lt;br /&gt;El escenario más allá de la ventana, con el camino de entrada y las garitas, parece irreal. Silvia me toca con su cuerpo y me mira.&lt;br /&gt;-¿No se caerá de esto que gira, no?&lt;br /&gt;Niego con la cabeza.&lt;br /&gt;-¿Y después? ¿que pasó?&lt;br /&gt;-El bien de todos no puede perjudicarse por el beneficio de pocos. Se discutió y se decidió que saliera del infierno sin el mapa. Tuve que optar.&lt;br /&gt;-Por eso que están escondidos –voy hasta la puerta a espiar el corredor y vuelvo -pero era el director, si hubiese querido...&lt;br /&gt;-Pero no quiso, eligió quedarse y se convirtió en lo que es.&lt;br /&gt;-Si hubiera informado al Ministerio...&lt;br /&gt;-No entiende, mi querido, era tarde, no podía encontrar la salida de su laberinto. La política no tiene nada que ver con la realidad. La intervención del Ministerio solo hubiera empeorado las cosas. Él se internó en su mundo aún más.&lt;br /&gt;-Por eso las cartas fueron indescifrables; por eso dejó de informar...&lt;br /&gt;-Porque donde estaba lo humano ya no existía.&lt;br /&gt;-¿Qué quiere decir?&lt;br /&gt;-Estrictamente eso.&lt;br /&gt;-Y ustedes ¿qué hicieron?&lt;br /&gt;-Lo que pudimos ¿alguien le hubiera prestado atención a unos locos?&lt;br /&gt;-Podrían haber ido a buscar al comisario, llamar a la Capital...&lt;br /&gt;-¿Salir de acá? era una cacería e hicimos lo que creíamos correcto.&lt;br /&gt;-¿Qué?&lt;br /&gt;-Seguir con vida. Él había tomado su decisión, nosotros debíamos defendernos.&lt;br /&gt;-Por eso están escondidos. Es una lucha a muerte.&lt;br /&gt;Me mira con ternura.&lt;br /&gt;-No hay juez ni tribunales, no estamos afuera ¿sabe? Él es un monstruo.&lt;br /&gt;-Ustedes también –la tomo de las muñecas y la sacudo -¿quién va a ser el próximo, eh? ¿Benítez? ¿por analfabeto? ¿por feo? ¿yo? ¿por no estar de acuerdo con ustedes?&lt;br /&gt;Silvia se ríe.&lt;br /&gt;-¿Benítez? Si tiene el cerebro de un chico...&lt;br /&gt;Nos interrumpe el ruido de la puerta trasera que se abre.&lt;br /&gt;-Dale que el director no espera, apuráte –se oye la voz del enfermero.&lt;br /&gt;Nos miramos.&lt;br /&gt;-Tal vez elija besar la mano que lo encadena, mi querido –se suelta y cruza el despacho hacia mi dormitorio.&lt;br /&gt;-¿Cuál?&lt;br /&gt;-La suya, mi querido -dice y se va.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis días no son una temporada en el Grand Hotel de Balbec, son una temporada junto a Rimbaud.&lt;br /&gt;El insomnio me tira sobre el parque con el corazón hecho pedazos, las manos imposibles de secar y con temblores de viejo. El transcurso de las horas me voltea y me quedo dormido en los lugares más insólitos. Sueño o deliro o ambas cosas. Hoy vi pasar un par de internos con ojos en las manos. Los comían con placer mientras conversaban de lo rica que les había resultado una esquizofrénica. No sé hasta dónde va a llegar esta locura ni sé si voy a poder acompañarla.&lt;br /&gt;Silvia me cura. La necesito como una droga.&lt;br /&gt;No creo que el revólver que llevo pueda salvarme de la emboscada. Es obvio que Surgmont no quiere atraparme dormido. Ya lo hubiera hecho. Es perverso. Espera que mi cuerpo me traicione, me venda y me entregue a la locura. Convertido en un interno más, habré perdido mi identidad. El Ministerio tendrá que mandar otra persona y otra y otra. Desearía que Surgmont cambiase de idea y me matara en el sueño. Prefiero eso.&lt;br /&gt;¿Y Barder? ¿Qué espera para hacerse ver, para avanzar, en pleno día, con el cadáver de Surgmont en sus brazos?&lt;br /&gt;Los dos saben cada movimiento que hago y cada orden que doy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día fluye tenso, lleno de ruidos breves y detalles sutiles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tiempo es una convención, transcribió Surgmont de las palabras de Barder, y el miedo no sirve para hacer útil ninguna existencia. Tiempo y espacio son lo mismo. Como si estuviéramos sobre un tablero de ajedrez, tarde o temprano, nos encontraremos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si es cierto, en definitiva, debiera sentarme en el sillón del despacho a la espera de que vengan por mi. Espera que no es más que estar listo para asistir a la rotura de mis ventanas, a que invadan mi mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Les pregunto a los internos cómo es Barder. A Tute, con quien algunas tardes juego a las damas. Dice pocas cosas. Me describe su vestimenta que ya conozco o sus garras. Le pido que me hable de su cara. Dice que nunca la ha visto, que el sombrero lo tapa y atraviesa el tablero con su reina comiendo todas mis fichas.&lt;br /&gt;Hablo con Sombra. Me acompaña de vez en cuando en mis recorridas. Dice que es alto y de contextura recia. Pero tengo informes de que es delgado como un junco. Si lo presiono lo describe menudo y asqueroso como una araña.&lt;br /&gt;Me harto de descripciones fantásticas y voy hasta la habitación del pabellón de hombres. Abro el ropero y acaricio la tela de sus trajes o reviso los bolsillos. Estudio la suela de sus zapatos. Sólo tienen barro o tierra.&lt;br /&gt;Me detengo junto al mástil e interrogo a los internos que pasan. La mayoría padece de una sordera repentina y me ignora. Los que me contestan dicen que no lo han visto, que busque en el huerto o en el tanque australiano. A Barder le gustan los cultivos, hace experimentos con abono y también le gusta nadar. En el huerto lo único que hay es una bandada de pájaros gritones y un par de hortalizas secas. El tanque australiano está vacío. Cuando oigo los gritos de los internos que juegan al fútbol, me acerco disfrazado con pantalones cortos, remera y zapatillas. Pregunto de qué juega, si de diez, si es delantero o arquero. Dicen que depende del humor que tenga. Les digo que soy el árbitro y que los voy a expulsar, que más vale que me den una respuesta. Ponen cara de idiotas. Recuerdan que durante el último partido, salió del campo en camilla por una lesión de ligamentos. Podría estar en la enfermería.&lt;br /&gt;A cualquier hora de la noche irrumpo en la oscuridad de su habitación. Alumbro con la linterna variaciones mínimas en la posición de la ropa de cama, en las cosas sobre la mesa de luz o en la ropa del ropero.&lt;br /&gt;Recurro a esquemas que los internos dibujan de él. Pido rasgos de su cara, de sus ojos o de cualquier cosa que les haya llamado la atención. Coinciden en dibujar garras deformes pero no hay dos esquemas parecidos. Varían los colores, el corte y la forma del pelo, el vacío de sus ojos, el tamaño de la boca y los labios. Muchos bosquejos son de Grand calidad artística y muestran a Barder en distintas actitudes: camina con las garras muertas al costado del cuerpo; va al frente de una multitud que lo sigue; predica ante miradas de éxtasis; aparece rodeado de velas; cocinando; con un cuchillo que gotea sangre sobre su garra. También aparece trepando una escalera, jugando al fútbol, paseando por el parque, fabricando instrumentos. Siempre está con el mismo traje y el mismo sombrero.&lt;br /&gt;Los internos creen que los salvará de Surgmont.&lt;br /&gt;¿Cuándo hace todas estas cosas que no puedo ver?&lt;br /&gt;Reúno internos para hacer terapia de grupo y juego de roles. El que es Barder habla incoherencias mientras los restantes lo miran hipnotizados. Puede caminar en círculos y señalar a uno del grupo para que el resto lo aprenda y lo sofoque durante el tiempo que tardo en separarlos ¿Qué significa eso? ¿Barder mata internos? Si los matase no lo amarían.&lt;br /&gt;Busco lógica donde no hay códigos ni claves.&lt;br /&gt;Sigo sin poder ordenar el fichero. Para saber cuánta gente está internada conmigo en este lugar del planeta le ordeno a Benítez que reúna a todo el mundo en la cancha. Nunca logramos ser muchos. Apenas llega uno, otro se va. Desisto de este tipo de reuniones y fantaseo con la idea de organizar una fiesta de disfraces con la obligatoriedad de concurrir de traje y sombrero.&lt;br /&gt;Sigo con mis andanzas nocturnas dentro del perímetro del Instituto a la espera de poder usar el 38. Eso me permitiría resolver esta situación de una manera rápida y eficaz. Trato de hacer el menor ruido posible. Me llegan susurros y voces pero no veo nada. Los pabellones que por la mañana lucen ordenados, en medio de la oscuridad, son parte de una escena de aquelarre. Las velas van por el aire como si nadie las sostuviera; hay bultos que se dispersan con ruidos de sábanas; veo sombras que duermen unas sobre otras.&lt;br /&gt;El ambiente de la enfermería está siempre solitario y la cocina y el comedor, impecables.&lt;br /&gt;El sueño me derrota en lugares donde me escondo a esperar lo que deba suceder. Me despierto con un interno, a modo de inútil edecán, durmiendo sobre mi hombro. Me levanto con dolor en los músculos, en los huesos y hasta en la piel. No estoy para estas cosas.&lt;br /&gt;Tengo la seguridad de ser la presa que están cazando. Son inteligentes: esperan que me equivoque, que me distraiga o que me canse. Entonces me atraparán con facilidad.&lt;br /&gt;No les doy el gusto: ideo trampas y cebos. Instalo un dispositivo que, por medio de una luz roja que se enciende en mi despacho, indica el momento en que se abre la puerta del ropero de Barder. Las horas pasan y la lámpara permanece apagada. Salgo un momento y al volver, parpadea sin parar. Atravieso el corredor, el parque y el pabellón de hombres hasta la habitación vacía. La puerta del ropero, gracias a un elástico y a un resorte colocados de manera ingeniosa, se abre y se cierra sin parar.&lt;br /&gt;Igual que un náufrago que tira al mar una botella con un mensaje en su interior, dejo notas para Surgmont sobre mi escritorio. También dejo notas dentro de los zapatos de Barder. Les ordeno abandonar cualquier hostilidad y salir con banderas blancas. Necesito ayuda, colaboración.&lt;br /&gt;Le escribo a Surgmont que sólo con él podría resolver la situación del Instituto. Su apoyo determinaría que usara todas mis influencias, que no son pocas, para que quede libre de culpa y cargo.&lt;br /&gt;Le escribo a Barder acerca de sus posibilidades como herramienta terapéutica. Juntos seríamos capaces de curaciones espectaculares y de liderar una revolución en el campo de la psiquiatría.&lt;br /&gt;Hablo en esas notas de la posibilidad de conseguir que el gobierno aumente las partidas para el Instituto y con ese dinero traer artistas, programar conferencias, hacer viajes de turismo.&lt;br /&gt;La desesperación me hace prometer idioteces.&lt;br /&gt;No consigo nada. Mis notas desgraciadas aparecen dobladas en cuatro, como las dejé, sobre mi cama o dentro de los trajes de Barder.&lt;br /&gt;Una tarde queda sobre mi escritorio el complejo polinumeral de Höeffster. Salgo un instante y al regresar lo encuentro resuelto. Hay un par de hojas escritas con la caligrafía de araña: están el planteo, la demostración y las conclusiones. Me deja atónito: la hipótesis tiene la genialidad de lo sencillo. Está resuelto con lucidez implacable. Cualquiera hubiera tardado meses o años para resolverlo ¿Quién lo hizo?&lt;br /&gt;Olvido fichas de los internos con impresiones clínicas y síntomas. Con la misma caligrafía hallo diagnósticos precisos que consulto en los tratados médicos. Son exactos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para despejar mi cerebro de ideas suicidas, de sueños perversos o de fantasías con Silvia, me paso horas desarmando el motor, limpiando bujías, arreglando cables. Dejo todo tirado para buscar una herramienta que quedó en alguna parte del galpón. Me demoro en ese lugar lleno de tierra, óxido, ratas y telas de araña. Cuando regreso el capot está cerrado. Lo abro y encuentro cada pieza en el sitio que corresponde. No hay trapos ni manchas que no sean las mías y no hay huellas. Miro hacia todas partes, giro y giro. Recuerdo palabras de Silvia. No es fácil estar de pie sobre algo que da vueltas.&lt;br /&gt;Se ha vuelto costumbre que encuentre en mi despacho las cosas dispuestas de una manera diferente. Da lo mismo que haya salido un minuto o un año. Surgmont escribió que tiempo y distancia no existen para Barder.&lt;br /&gt;La distancia es una ilusión, copio de la carpeta, puedo manejar tiempo y espacio: esto aún no ha sucedido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soy algo que odio, una víctima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Achaco mis desgracias a Surgmont o a Barder. Ubicando al enemigo afuera, me doy pena a mi mismo. El monstruo lo tengo adentro. Soy el único responsable de la vida que llevo.&lt;br /&gt;Ahora, hoy, puedo abandonar todo. De igual manera que el viejo enfermero de Surgmont, podría brindar a la salud de estos dos dementes que creen que manejan mi vida e irme. No obstante me quedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sufro el desgaste de este cuerpo que cada día que pasa se va haciendo transparente.&lt;br /&gt;Tengo demasiadas cosas en la cabeza: Silvia, Barder, Surgmont, Benítez ¿Cómo obtener respuestas razonables de este montón de locos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La vida es algo que gira, que nos hace perder el equilibrio. Para no caer inventamos cosas que nos sostengan, que nos afirmen, que nos den la sensación de poder ganarle. Dar de alta a un paciente es como hacerle un corte de mangas a la muerte.&lt;br /&gt;Hoy perdí un poco de equilibrio. Descubrí que el camino del Instituto tiene un sólo sentido.&lt;br /&gt;Los últimos tiempos trabajé la idea de tratar algunos pacientes de manera ambulatoria y darlos de alta. Busqué en el desorden del fichero alguno cuya patología fuera adecuada para este tipo de terapia. Revisé a los pocos que reunían las condiciones que necesitaba y elegí a uno. Trabajamos juntos sobre su enfermedad; salir y empezar una vida nueva; planear un futuro. Entendió los problemas que iba a enfrentar para conseguir trabajo. No le conté que la gente mira con desconfianza a los que salen; creen que quedan girando en las órbitas del Instituto. Tampoco le dije que los consideran un espejo deforme de lo que cualquiera puede llegar a ser. Le expliqué que sería un proceso lento, una cuestión de paciencia y coraje.&lt;br /&gt;El primer paso lo iba a dar en el pueblo. Allí podía ocuparse en alguna tarea manual. Pasada esa prueba, llegaría el turno de ir a la ciudad.&lt;br /&gt;Esta mañana fui a buscarlo al pabellón. Lo esperé mientras preparó su pequeño bolso donde puso una camisa, un viejo calzoncillo y un peine. Se despidió de los demás con lenta ceremonia. Le pedí que me dejara llevar su bolso y le mostré la salida. Cruzamos el parque, rodeamos el mástil y anduvimos en silencio hasta la puerta. Habíamos convenido que ni Benítez ni yo lo llevaríamos al pueblo. Trasponer la puerta era el comienzo de la vida. Lo abracé, le deseé suerte y volví. Desde mi despacho lo vi lejos y pequeño.&lt;br /&gt;Pasé una buena parte del tiempo en la enfermería ocupado en pesar fármacos, preparar sellos, embotellar desinfectantes y revisar jeringas y émbolos. Después mandé a Benítez a la cocina a supervisar la preparación del almuerzo. Por primera vez, me senté a comer con los internos. El olor a remedio me había intoxicado un poco. Casi no probé bocado. Sin embargo Benítez se rió e hizo gestos de que me iba a poner gordo.&lt;br /&gt;A la hora de la siesta y antes de entrar en mi despacho, caminé hasta el mástil. Desde allí vi que mi paciente, con el bolso en la mano y la vista sobre el camino, todavía estaba en la entrada. No pude evitar dormir una siesta. De ella salí agitado por una pesadilla en la que era una mantis religiosa que devoraba trozos sangrantes de mi muchacho.&lt;br /&gt;Volví a confirmar, desde mi ventana, que seguía inmóvil entre las garitas.&lt;br /&gt;Fui al huerto para ayudar en alguna tarea y me crucé con Silvia que me ignoró. Pasó de largo con su modo de flotar como gaviota. Me cansé de lastimarme las manos con las hortalizas y volví al escritorio a tomar unos mates. Él seguía en la puerta.&lt;br /&gt;Lo fui a buscar. No dijo nada pero su mirada se confesó. Volvimos en silencio al pabellón.&lt;br /&gt;Entendí, como un presagio, que el camino del Instituto tiene un sólo sentido: el de entrada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="TOC-3"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="TOC-4"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="TOC-5"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="TOC-Tercera-Parte"&gt;&lt;/a&gt;Tercera Parte&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay noches en que no recorro el Instituto y no trato de encontrar a Surgmont o a Barder. En esas noches me acuesto con el 38 en la mano, apago la luz y espero. Se que van a empezar los ruidos, que va a crujir la madera de los cajones, que los pasos van a llenar el escritorio hasta parar frente a mi puerta. Sé que va a aparecer Silvia con las alas desplegadas y el aguijón escondido. Sé que beberá de mi sangre y agitará mi respiración. Sé que la luz del día me va a despertar entre sábanas tersas, con el inútil 38 contra el pecho, a la espera del destino de sus balas.&lt;br /&gt;En esas noches, nada importa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cuerpo es sólo un medio, dice Surgmont que dijo Barder, es el transporte del espíritu, su morada. Nadie es más libre que aquel que lo da todo; que aquel que se libera de la esclavitud de lo material. Nadie es más libre que aquel que no tiene pertenencias ni se arroga derechos. No hay ser más dueño de un lugar en el paraíso que el que se entrega, que el que se da. Esto es mi cuerpo, dice que dijo Barder.&lt;br /&gt;Dice que lo partió, que lo bendijo y lo dio.&lt;br /&gt;Surgmont le preguntó a Barder qué era lo que quería significar.&lt;br /&gt;Que necesitaba calmar el hambre, dijo Barder.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi despacho tiene este ventanal idéntico al del salón comedor del Grand Hotel de Balbec, en Normandía. Veo el mástil, el camino de la entrada con sus filas de eucaliptos, las garitas boyantes de la arcada y un arco de la cancha de fútbol.&lt;br /&gt;Veo a través de él y advierto cosas horribles.&lt;br /&gt;Advierto que Silvia me transforma. Su veneno dentro de mi sangre me altera el corazón. Pienso en evitarla pero cada vez que lo hago, la encuentro. Trato de mantener distancia, de evitar su influencia, pero me pierdo como un capitán con su barco en un mar que no figura en los mapas.&lt;br /&gt;Hay noches de ese mar sin astrolabios en que me olvido sobre ella como un náufrago sobre una balsa.&lt;br /&gt;Voy a la deriva sobre su cintura, en la profundidad de sus muslos. Me despierto entre restos de perfume, con perplejidad de sábanas tersas.&lt;br /&gt;Tengo claro los motivos por los que está internada pero no puedo ser objetivo. No consigo ver las cosas desde la perspectiva que debiera. Si no hago algo por cambiar el rumbo, voy a terminar con el caparazón roto.&lt;br /&gt;Advierto que mi tiempo dentro del instituto está llegando a su fin. Todo en la vida tiene un ciclo; todo nace, vive y termina.&lt;br /&gt;Surgmont y Barder esperan. Siento en el aire el ruido de sus respiraciones y el rechinar de sus dientes. Promedia este juego en el que andamos pero ellos parecen esperar un momento en particular ¿Cuál? ¿por qué?&lt;br /&gt;Conozco de Barder el color de los trajes y de los sombreros que usa, el número de los zapatos que calza, el talle de sus sacos y el largo de sus pantalones. Revisé las hojas de sus libros de Entomología, de Freud, los poemas de Hesmor Rivera, los pasajes subrayados dentro de sus biblias y en el Kama Gita. Memoricé los poemas incompletos de D. Resnich que repito como plegarias o conjuros.&lt;br /&gt;Todo lo que hago me aleja de él. Su habitación es la de un hijo muerto cuyos padres no quieren tocar las cosas.&lt;br /&gt;Con paciencia de arqueólogo descubro cambios sutiles, detalles que salen a la luz: una pelusa nueva sobre la cama o variaciones milimétricas entre los libros. Construyo su imagen basándome en lo que los pacientes refieren, en las escenas que interpretan o a través de las notas de Surgmont.&lt;br /&gt;Aparece una personalidad única, compleja, intrincada. Me cuesta encuadrar sus características dentro de lo que conozco como enfermedad mental. Nada sugiere rasgos neuróticos, obsesiones o fobias. Mi diagnóstico es de un delirio paranoide con rasgos mitómanos. Es un ser en extremo inteligente. En ocasiones las cosas que escucho acerca de él, se me aparecen como un rompecabezas.&lt;br /&gt;Advierto que Surgmont me intriga cada día más ¿cuáles son los motivos de su conducta? ¿Qué interés podría tener un viejo y prestigioso psiquiatra en adoptar una actitud así? ¿Qué es lo que tengo que saber? ¿Qué es lo que no veo de este lugar? ¿Qué cosas no entiendo?&lt;br /&gt;Me siento un bobo diplomado en no saber qué se ha hecho de él. No lo han visto partir. Insisten en que está en alguna parte de este lugar. Podría estar muerto y comido por gusanos y no me enteraría. Mis rondas diurnas y aquellas inciertas que hago por la noche no me han permitido encontrar su cueva ¿Dónde come? ¿Dónde duerme? ¿Cuando va a entrar por la puerta de mi despacho con el cadáver de Barder entre las patas? ¿Cuándo va a entrar en mi habitación para mostrarme su cara? Surgmont, Barder y yo damos vueltas como un perro que persigue su propia cola.&lt;br /&gt;Cuando le pregunto a los pacientes acerca de Surgmont, en sus caras aparece una sombra de dolor. Se descolocan, transpiran como si hiciera cuarenta grados y dicen más incoherencias que de costumbre. El solo nombrarlo desencadena sentimientos malignos. Pareciera que hablar de él hace aflorar lo peor de cada uno. Me niego a seguir con mis preguntas porque intuyo que todos saben algo que para mi es oscuro.&lt;br /&gt;Advierto que Benítez, a pesar de ser un cachorro torpe y baboso, es una compañía. En ocasiones su servilismo me revuelve pero sin él no me podría manejar. Cocina, limpia, va al pueblo a hacer las compras, ayuda en las labores musicales o en lo artesanal, ordena la enfermería y baña a los pacientes. Mete bajo el agua a internos e internas. Si se aprovecha de alguna no me importa. No puedo estar solo. Hay internos que lo llaman doctor. Él lo oye, se hincha de orgullo y camina marcial. Le he repetido hasta cansarme que quiero orden en los pabellones. Contesta que lo va a resolver pero no hay caso. Se esmera en las tares de la huerta, en la preparación de la comida o cuando hace de árbitro o juez de línea. Sin embargo Silvia tiene razón: tiene el cerebro de un chico.&lt;br /&gt;Advierto que el fichero tiene vida propia. Benítez trae pacientes que desconozco ¿de dónde salen? Asegura que llevan años en el Instituto, que tengo que prestar atención. Las fichas que hago se pierden. ¿adónde van a parar? ¿Quién toca el fichero y por qué?&lt;br /&gt;Advierto que el día es un espectáculo continuado. Desde que me levanto hasta que me acuesto todo pasa rápido, nada se detiene. Confundo la penumbra del amanecer con la del ocaso. No recibo correo salvo el aviso mensual del banco del pueblo que me notifica que el Ministerio ha depositado los fondos. Les escribí. No contestaron mis cartas ni mis telegramas y nadie vino. Ya no escribo; mi letra se ha vuelto ilegible. Los teléfonos no andan pero se me ocurre que es obra de mis enemigos.&lt;br /&gt;La gente del pueblo nos tiene miedo. Para ellos este lugar no existe, no figura en los mapas. Cuando voy a comprar algo que hace falta, me ignoran o dan vuelta la cara para no saludarme. De vez en cuando me detengo para hablar un rato con el comisario. Si hablo del Instituto, su mirada se opaca, muestra desinterés y explica que estoy bajo jurisdicción federal; que su comisaría depende de la provincia.&lt;br /&gt;Mi despacho tiene este ventanal desde donde veo un montón de cosas que no tengo ganas de mirar. Por encima de todo, me veo en el salón comedor del Grand Hotel, a la espera de que se rompan los vidrios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El insomnio se distrae, deja de perseguirme y duermo unas horas. Estoy en el salón comedor del Grand Hotel cenando con Benítez. Silvia, con las alas plegadas detrás del caparazón, rompe los ventanales y entra para arrojarse sobre mi cuello.&lt;br /&gt;Los primeros fríos me despiertan con la idea de que hay algo que sucede delante de mi nariz, algo que todos saben.&lt;br /&gt;Salgo de la cama, me lavo la cara y voy a dar una vuelta por el parque. El aire fresco y el rocío me ponen la piel de gallina. El Instituto es un dragón que duerme su sueño de oro. Merodeo por los pabellones, entre los eucaliptos del bosque del fondo, los tanques de agua y el puñado de estrellas que se animan a enfrentar al sol.&lt;br /&gt;En vez de avanzar, retrocedo.&lt;br /&gt;El motivo por el que están escondidos está frente a mis ojos, bajo un orden que no sé. ¿Qué hizo Surgmont en su infierno? ¿perdió el mapa o no quiso regresar? ¿qué métodos terapéuticos usó? ¿Cómo se defendieron Barder y Silvia?&lt;br /&gt;Camino bajo el sol que asoma y pienso que Surgmont lleva las de perder: el Instituto está bajo la batuta de Barder. Los internos, el abismo de los pabellones, la actividad en la cocina y el taller, los partidos de fútbol, los trabajos en la huerta, los almuerzos y la cenas, los sueños, el misterio de su cuarto. Todo forma parte de su orquesta y se mueve de acuerdo al ritmo que él impone. Silvia no es la única que desprecia a Surgmont. Cualquier interno, si lo encontrara, lo ahorcaría con sus manos. Benítez, inconscientemente, intuye la verdad. Es una parte sólida del instituto, como si fuera un pabellón o la cancha de fútbol. Está mimetizado con los pacientes y sabe quiénes son y cómo piensan. Conoció a Surgmont y tiene motivos para cuidarse de él. Sabe que cuanto más sonso se muestre conmigo, menos peligro va a correr.&lt;br /&gt;Camino sobre el escenario del parque y sé que soy el único amenazado. Me tendré que cuidar. El momento en que junte las piezas del rompecabezas, descubra el enigma o encuentre la clave, será el último. Me salva no saber la verdad ¿por cuánto tiempo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La brisa entre los árboles se altera por una sombra que pasa cerca de los edificios y el tanque de agua. Reconozco el traje y el sombrero. Lo tapan las ramas de los eucaliptos.&lt;br /&gt;-Barder...&lt;br /&gt;Salto por encima de bancos, arbustos y piedras. La sombra trepa hacia la cima del tanque de agua. Llego al pie de la escalera, miro hacia arriba pero no lo veo.&lt;br /&gt;-Barder.&lt;br /&gt;Trepo con el corazón y los pulmones que se mueven como gatos dentro de una bolsa.&lt;br /&gt;-No tiene escapatoria.&lt;br /&gt;Cruje la escalera de metal. El tanque es alto y el círculo brillante de estaño resalta contra el amarillo azul del cielo. No tiene salida.&lt;br /&gt;Trepo los últimos escalones sin esfuerzo, llevado por la voluntad de terminar. Me sostengo del borde y una garra aparece con un trapo que se acerca a mi cara. La otra me toma de la nuca. Todo se pone blanco, pierdo noción, no recuerdo más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El muchacho asmático se recupera con dificultad de un ataque y me señala hacia afuera del ventanal del salón comedor del Grand Hotel. Hay mujeres que se dejan gozar, dice, pero hay otras tan feas y malas que habría que mantenerlas lejos con un palo. Detrás del ventanal está Benítez.&lt;br /&gt;Abro los ojos y me molesta el sol que tengo justo encima. Las nubes pasan lentas y blandas. Siento amarga la boca y el cuerpo pesado como un baúl lleno de cosas viejas.&lt;br /&gt;Tengo un esquema de Barder trepando por la escalera del tanque y yo subiendo detrás de él. Veo el bosquejo de las garras con un trapo y el olor del cloroformo. Los párpados me pesan como durmientes. Cierro los ojos y me dejo entibiar por el sol. Abajo se oyen los ruidos familiares del ir y venir de los internos, las puertas de los pabellones que se golpean, las notas de algunos de los instrumentos. Trato de levantarme pero todo gira como si estuviera sobre una calesita. Me dejo caer como un muñeco. Espero unos minutos y abro los ojos. Veo mal y tardo en poner las cosas en foco. Tomo fuerzas y apoyándome en un codo, me pongo de rodillas, me paro y camino hasta la pared circular. Toda la superficie del tanque, con forma de copa, tendrá unos siete metros de diámetro. El reservorio de agua está bajo mis pies. No veo puertas ni aberturas salvo algunas cubiertas con rejillas. Oigo la voz de Benítez que llama a alguien. El piso tiene manchas blancas y rojas. Se disponen con cierta lógica. Me acerco y las toco. Voy hacia la escalera mientras intuyo para qué usan este lugar. ¿Porqué me lo mostró? ¿Porqué no me mató? Nadie me hubiera descubierto.&lt;br /&gt;Me dejó con vida porque me considera útil ¿Para qué? ¿Espera que justifique su cacería? ¿que descubra el mapa que nos permita salir a todos de este infierno? Me durmió para que no lo mirase, pero para que yo también formase parte de este círculo y de sus símbolos.&lt;br /&gt;Barder juega. Soy la comida que le sirven en el salón comedor del Grand Hotel mientras afuera los internos pelean por entrar.&lt;br /&gt;Trepo hasta el borde y miro hacia abajo: los edificios blancos de techos rojos, las hileras de árboles, los parques, el mástil, el camino de entrada y las garitas.&lt;br /&gt;Los internos deambulan hacia ninguna parte sin propósito. No saben que existen; son estatuas de sal condenadas por haber visto algo que no debían.&lt;br /&gt;Bajar resulta más difícil de lo que imaginé.&lt;br /&gt;Camino por el parque y pienso que la situación ha llegado al extremo. Voy a recoger mis cosas e irme. Voy a hacer lo que Surgmont debía haber hecho antes de destruirse: presentar la renuncia, olvidar todo y dejar el Instituto en manos de Barder y los suyos.&lt;br /&gt;Es tarde para todo.&lt;br /&gt;Ya no sé cómo salir de este salón comedor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A punto de entrar en el edificio principal me encuentro con Benítez.&lt;br /&gt;-Estuvo arreglando el auto –dice al ver la suciedad de mi ropa -, me hubiera avisado y le daba una mano.&lt;br /&gt;-Algo no funciona –contesto mientras me sacudo la mugre.&lt;br /&gt;-Vaya a lavarse un poco, jefe. Debe tener hambre –y parte rumbo a la cocina.&lt;br /&gt;Entro y voy derecho a tomar una ducha bien caliente. Luego me visto y me dejo caer sobre el sillón del despacho. Me duele todo y es verdad que tengo hambre.&lt;br /&gt;Benítez aparece con la comida. Deja el plato y se va. Mejor, no tengo ganas de hablar. Después de comer me agarra un sopor que me lleva a dormir la siesta.&lt;br /&gt;Estoy solo en el salón comedor del Grand Hotel. Mas allá de los ventanales no hay insectos. Oigo gritos de dolor y arias de ópera. Despierto cuando es de noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de leer algunas notas de la carpeta de Surgmont, me paro para estirarme. Mientras miro el lomo de un libro de la biblioteca, oigo la puerta que se abre.&lt;br /&gt;La luz se apaga. O Benítez con su torpeza tocó el interruptor o saltaron los tapones.&lt;br /&gt;La luminosidad que viene de afuera me hace ver el brillo del caño de un revólver. Siento un alivio profundo. Me muevo despacio hacia el sillón bajo el arma que sigue cada movimiento.&lt;br /&gt;-Buenas noches.&lt;br /&gt;Su voz tiene un color inusual, es grave, cavernosa. Lamento no poder ver las garras de las que tanto hablaron. Un guante oculta la que empuña el arma, el otro está detrás de la espalda. Viste uno de los trajes a rayas y la sombra del ala del chambergo le tapa la cara.&lt;br /&gt;-¿Puedo? –hago ademán de sentarme.&lt;br /&gt;-Naturalmente –hace una pausa -, le aclaro que su arma está descargada –el guante de atrás de su espalda aparece en escena y muestra seis balas.&lt;br /&gt;Lo miro fascinado como un entomólogo que descubre un nuevo insecto. Su estatura es mediana y tiene hombros anchos o lo parece. Aparta una silla para sentarse.&lt;br /&gt;-Es necesario que tengamos unas palabras finales.&lt;br /&gt;-Le sirvo mejor vivo.&lt;br /&gt;Ya no importa lo que pase. Voy a abandonar los esquemas, conseguir el mapa y saber las reglas de este juego.&lt;br /&gt;-Habrá pensado que lo quería evitar –dice - tenemos poco en común y mucho para discutir.&lt;br /&gt;Me parece que entro en un sueño con Barder delante de mi, su arma apuntándome, el Instituto, Silvia, Benítez, los días desde mi arribo, las búsquedas nocturnas, las pesadillas, la cantidad de preguntas sin respuestas, los hechos enigmáticos sin explicaciones, páginas y páginas de la carpeta de Surgmont.&lt;br /&gt;-Habrá leído esas notas –dice.&lt;br /&gt;Hago una mueca.&lt;br /&gt;-Nada me es ajeno –sigue –soy hombre y dios.&lt;br /&gt;-Y bestia.&lt;br /&gt;-Ha vivido mucho tiempo en la ciudad –señala hacia algún punto –yo he estado en ninguna parte: acá y solo –apoya el arma en el brazo de la silla –tuve que pelear contra demonios y fuerzas que la gente no conoce ¿Qué hubiera podido hacer un hombre común?&lt;br /&gt;-¿En un lugar como este? la gente tiene limites.&lt;br /&gt;-Uno es todo: la suma del poder, el Bien y el Mal; la gente tiene límites, el hombre común no puede. Nosotros no somos corrientes.&lt;br /&gt;Habla y descubro que la penumbra que nos rodea es igual a la del salón comedor del Grand Hotel. Me pregunto si no estaré frente al muchacho asmático.&lt;br /&gt;-No me siento superior; soy un invitado a una cena de la que no quiero formar parte –digo y estiro el brazo para encender la lámpara.&lt;br /&gt;-Quieto –mueve el revólver intimidándome.&lt;br /&gt;Vuelvo atrás.&lt;br /&gt;-La vida es un juego peligroso –dice- no se pueden tomar en serio sus desgracias; mire a los internos ¿qué viven? ¿qué saben?&lt;br /&gt;-Son personas, como nosotros.&lt;br /&gt;-La sociedad de la que usted viene tiene códigos, reglas. Ellos viven otra diferente. Hay planos y dimensiones que usted no ve ni imagina –se encoge de hombros e inclina la cabeza hacia abajo.&lt;br /&gt;-Propone el caos.&lt;br /&gt;-Lo gobierno ¿Usted no quiere hacer lo mismo? –se endereza y la sombra del chambergo se detiene a la altura de la nuez. El orificio del caño del revólver sigue frente a mi.&lt;br /&gt;-Me enviaron con órdenes, con objetivos; tengo la obligación de devolver esta gente a una vida normal –digo.&lt;br /&gt;-¿Es normal la sociedad que los exilió? ¿que los condenó por diferentes? ¿que aplasta cualquier cosa que haga peligrar los valores que llama tradicionales? ¿que se empeña en destruir lo que pueda subvertirla? –permanece callado un instante –El mundo sólo acepta a los artistas y hasta cierto punto.&lt;br /&gt;-Pero esta gente... estas personas tienen...&lt;br /&gt;-¿Disturbios emocionales? ¿patologías de la personalidad? ¿y usted?&lt;br /&gt;Cruza las piernas. La penumbra no me deja ver sus zapatos.&lt;br /&gt;-Lo normal...&lt;br /&gt;-Estadísticas. No sea vulgar, no conmigo. No perdamos el tiempo, tenemos temas sobre los que intercambiar ideas y tomar algunas decisiones.&lt;br /&gt;Me callo y espero. Apoya la mano con que me apunta encima de la otra. Los movimientos de las muñecas y los dedos me hacen pensar en dos pequeños y repugnantes animales mordiéndose.&lt;br /&gt;-Usted apareció en el Instituto –sigue e inclina la cabeza levemente hacia atrás y muestra el mentón-, un microcosmos que exige un esfuerzo de adaptación más allá de lo razonable.&lt;br /&gt;Mi cara debe denotar sorpresa&lt;br /&gt;-Pero, mi amigo... -Baja su cabeza y niega -Toda comunidad tiene esquemas –ahora su voz denota fastidio -, bocetos... antes de que usted llegara...&lt;br /&gt;-Hubo irregularidades.&lt;br /&gt;El caño del revólver tiembla.&lt;br /&gt;-Idiotas –se enoja -, la vida es un teatro: se entra a escena, se sale... hay papeles, situaciones, escenarios. Sin embargo el teatro permanece y los actores cambian ¿o me va a decir que se cree imprescindible? -Un guante desaparece bajo el ala del chambergo para rascar la cara -¿Cree en el equilibrio?&lt;br /&gt;-Hacía falta orden –digo –el gobierno consideró...&lt;br /&gt;Niega de nuevo con la cabeza.&lt;br /&gt;-El gobierno... esa gente desde sus despachos forma parte de la trama de la ineficiencia y la falta de imaginación. Viven la vida sórdida de la gente pequeña. Se disfrazan de padres de familia; tienen hijos a los que les enseñan algún credo. No se dan cuenta de que la vida gira y no se detiene. Ellos... Lo estuve vigilando.&lt;br /&gt;-Lo sé.&lt;br /&gt;-Lo vi leer fichas.&lt;br /&gt;-No me sorprende.&lt;br /&gt;-Silvia...&lt;br /&gt;-¿Qué con Silvia?&lt;br /&gt;Descruza las piernas y adelanta el cuerpo.&lt;br /&gt;-Cálmese. Algún día va a entender que el placer del sexo es una puerta cerrada a la sensualidad –mira hacia abajo -se acaba el tiempo.&lt;br /&gt;-¿Entonces?&lt;br /&gt;Su pulgar martilla el percutor.&lt;br /&gt;-Hablemos del tanque –dice.&lt;br /&gt;-No me interesa lo que haga en el tanque.&lt;br /&gt;-El número de internos, el fichero...&lt;br /&gt;-¿De qué habla?&lt;br /&gt;-No se haga el idiota, doctor, usted sabe, la enfermería, los tratados, esas operaciones, la comida...&lt;br /&gt;-¿Qué dice?&lt;br /&gt;-Le di mucho tiempo y no creo que lo haya perdido.&lt;br /&gt;-No sé de qué habla.&lt;br /&gt;Adelanta el arma y apoya el caño sobre mi frente.&lt;br /&gt;-Me desprecia igual que él, me cree inferior como enemigo. Pensé que era inteligente y hasta puse esperanzas en usted. Juntos... es inútil, mi querido, es una lástima, sabe de lo que hablo. Me coloca en una situación sin salida. El cuerpo es un estorbo. Tarde o temprano llega el día de la mudanza, la hora que le corresponde a cada uno.&lt;br /&gt;-Vivo, le sirvo más.&lt;br /&gt;-El Instituto no tiene lugar para los dos.&lt;br /&gt;El dedo enguantado se curva sobre el gatillo. Cierro los ojos. Oigo un estampido fuerte y ruido de vidrios.&lt;br /&gt;Lo miro. El arma oscila y resbala junto al brazo hacia el piso. Una mancha de sangre moja los alrededores de un agujero negro en el chambergo. Se desploma frente al escritorio con la lentitud de un globo que se desinfla, con el desatento adiós de los que mueren.&lt;br /&gt;Giro. En el ventanal veo una nítida perforación irregular de la que parten finas quebraduras como patas de araña.&lt;br /&gt;-Surgmont...&lt;br /&gt;Espero el próximo estampido, el que termine con todo esto. El tiempo pasa inútil.&lt;br /&gt;Salgo de atrás del escritorio, rodeo el cuerpo de Barder y atravieso el despacho tropezando con los muebles. En el vestíbulo me encuentro con Benítez. Sin decir nada, salimos hacia el mástil. Trepo a la plataforma. Surgmont no puede estar lejos. Benítez me alcanza a los tumbos como una rueda inflada con demasiado aire.&lt;br /&gt;-Lo mataron –grito como si el enfermero fuera sordo –lo mató. Tráigalo, dele.&lt;br /&gt;El enfermero corre en dirección a la cancha y yo hacia el huerto. Miro las paredes de los pabellones, la enfermería, los caminos del parque. Lejos de las pobres luces todo está oscuro. Cruzo la fila de eucaliptos, me meto en la huerta. No veo nada ni a nadie. Sólo se oye el ruido de los grillos y las ranas. Vuelvo al mástil desde donde observo la sombra errática del enfermero en la cancha. Va desesperado, de un lado a otro. Se me hace claro que no quiere encontrar a Surgmont. Detiene su zig-zag y emprende la vuelta.&lt;br /&gt;-Nada –resopla cuando está a pocos metros –nada ¿qué pasó?&lt;br /&gt;-Mató a Barder.&lt;br /&gt;Abre los ojos y la boca con desmesura.&lt;br /&gt;-¿Lo mataron?&lt;br /&gt;-Vamos –bajo de la plataforma.&lt;br /&gt;-¿Mataron a Barder? –insiste, se adelanta, me sujeta con firmeza del brazo y me detiene -¿Cómo sabe? -pregunta sin sacarme los ojos de encima.&lt;br /&gt;-Vino a mi despacho. Hablamos... tenía un arma...&lt;br /&gt;-¿Cómo sabe?&lt;br /&gt;-Esas manos... los guantes...&lt;br /&gt;Sin apartarse un milímetro, mueve los ojos hacia un costado y otro y larga una risotada que cesa bruscamente.&lt;br /&gt;-Y ahora ¿qué le pasa? –pregunto.&lt;br /&gt;-¿Él lo dijo? –me aprieta el brazo hasta el dolor.&lt;br /&gt;-Suélteme ¿qué cosa dijo? –trato de que afloje.&lt;br /&gt;-Que era Barder, si lo dijo.&lt;br /&gt;-Pero qué importa, suélteme.&lt;br /&gt;Me aparta y me sorprende con un gesto pensativo.&lt;br /&gt;-Venga, vamos –ordeno y voy hacia la puerta principal.&lt;br /&gt;Atravesamos el vestíbulo y me detengo frente al despacho.&lt;br /&gt;-¿Qué, jefe? –pregunta a mi espalda.&lt;br /&gt;Mi cuerpo no le permite ver el escritorio, la silla caída, la sangre que mancha los muebles y el piso, la ausencia del cadáver.&lt;br /&gt;Me hace a un costado para mirar. El rastro de sangre se detiene frente a nosotros. Lo veo fascinado como un chico ante los colores brillantes de un planisferio. Sigo las huellas de sangre que van hacia la puerta de atrás. Salimos al patio y nos detenemos en el borde del pasto donde el rastro se esfuma.&lt;br /&gt;-Dios, dios, dios –grito contra la oscuridad –Volvamos.&lt;br /&gt;Benítez murmura Barder, una y otra vez.&lt;br /&gt;–Vamos a limpiar. Voy a ir a buscar al comisario –me doy vuelta para ir por el balde y trapos.&lt;br /&gt;-¿Qué le va a decir? –Benítez me detiene -No hay cuerpo ¿Quién lo mató? ¿Usted? ¿Yo? ¿Qué cadáver vamos a buscar? ¿dónde?&lt;br /&gt;Lo miro.&lt;br /&gt;-Lo mató Surgmont, suélteme.&lt;br /&gt;Vuelvo al despacho seguido por él y me acerco al ventanal. Meto el índice en el orificio de la bala. Me doy cuenta de que la noche tiene una luna casi llena.&lt;br /&gt;-El comisario va a pensar que estamos locos –oigo que dice –, voy por los trapos –se va y enseguida regresa con las cosas.&lt;br /&gt;No tardamos en limpiar. Benítez se desploma sobre un sillón y se queda dormido. Cierro la puerta, luego voy al dormitorio a buscar una caja con balas. Me siento frente al ventanal a cargar el tambor de mi revólver.&lt;br /&gt;Miro más allá de la ventana de mi salón comedor del Grand Hotel. Es verdad, van a pensar que estamos todos locos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cargo la balas en el tambor. La luna baña de plata el mástil, los edificios, los árboles del parque. Hay un sólo motivo para que descargue el tambor de mi 38 en el cuerpo de Surgmont.&lt;br /&gt;Que no lo vacíe en mi cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante la cena en el salón comedor del Grand Hotel, el muchacho asmático señala más allá de los cristales de nuestra pecera, la ausencia de pobres insectos. Dice que aprovechemos la calma para comer lo que nos han servido. Le pregunto qué es lo que huele tan bien. Contesta que no querría saberlo y el día comienza y me despiertan y sobresaltan unos golpes en la puerta.&lt;br /&gt;Aprieto el mango del revolver que apenas está colgado de mis dedos y me acomodo en la silla frente al ventanal.&lt;br /&gt;-Jefe, jefe –es la voz de Benítez.&lt;br /&gt;Me levanto y le abro.&lt;br /&gt;Está limpio, afeitado, tiene el pelo húmedo y se peinó con raya al medio. En su cara veo el alivio de haberse librado de algo espantoso.&lt;br /&gt;-Mate y bizcochos –se sienta a cebar -no lo va a creer.&lt;br /&gt;-¿Qué cosa?&lt;br /&gt;-Espere –se va con movimientos de boya que flota sobre el río y regresa con una bolsa -La ropa de Barder –dice con una sonrisa que muestra su dentadura marrón.&lt;br /&gt;Dejo el mate en cualquier lado, deshago el paquete y encuentro un amasijo de prendas y sangre seca. Están el saco, el pantalón, los zapatos y el sombrero agujereado por la bala.&lt;br /&gt;-¿Dónde la encontró?&lt;br /&gt;-En el parque, en el pasto, recién. Esta mañana no estaba.&lt;br /&gt;-Se llevaron el cuerpo desnudo ¿por qué? –voy hasta la biblioteca, tomo la Biblia y vuelvo –San Lucas... Acá... y Pedro corrió al sepulcro; y cuando miró adentro vio los lienzos solos y se fue a casa”.&lt;br /&gt;Me observa con expresión vacuna.&lt;br /&gt;-¿Y? - Toma el mate, ceba y me lo pasa.&lt;br /&gt;-Lo quieren convertir en dios. Hay que encontrarlo.&lt;br /&gt;-¿Buscar un cuerpo? ¿en medio del campo?&lt;br /&gt;-Puede estar en cualquier parte y en ninguna –miro la ropa sucia de sangre.&lt;br /&gt;-¿Qué hacemos, patrón? –Benítez se rasca la cabeza con cuidado de no despeinarse.&lt;br /&gt;-No sé. vamos. Empecemos a trabajar, ya se nos va a ocurrir algo, déjeme solo un rato.&lt;br /&gt;-Está bien –dice y se va.&lt;br /&gt;Me instalo frente al ventanal para mirar hacia afuera. A medida que el Instituto se despierta se produce la superposición de sus ruidos normales. Oigo loros que chillan, notas de clarinete, redobles de tambor y frases sueltas de conversaciones.&lt;br /&gt;Allí están la ropa y la sangre de ese hombre, sin importar lo que fue; en el parque un interno observa la bandera del mástil. Todo sigue. Muerto Barder, el próximo soy yo. Estoy muerto, nada de lo que haga puede impedirlo.&lt;br /&gt;-Al final...&lt;br /&gt;La puerta se abre y entra Silvia.&lt;br /&gt;Me acerco con el gesto de abrazarla.&lt;br /&gt;-Está bien –me aparta y se acomoda el pelo detrás de la oreja.&lt;br /&gt;-No se qué decir –permanezco a su lado y apoya su cabeza sobre mi hombro.&lt;br /&gt;-Iba a suceder –dice -, era cuestión de tiempo, lo sabíamos, nosotros, él. Todos. Era inevitable, así eran las reglas –alza la cara y me mira –, tengo miedo por usted, mi querido.&lt;br /&gt;-Todo terminó.&lt;br /&gt;-Esperemos que sí –se pone en puntas de pie, me besa y se va.&lt;br /&gt;Vuelvo a mirar hacia afuera, hacia el escenario donde se esconde el hombre que me va a matar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la hora del almuerzo, bajo un sol que templa el aire, camino por el Instituto con ganas de vaciar el tambor del 38 en el cuerpo de Surgmont.&lt;br /&gt;En el pabellón de mujeres hay un grupo que ríe, se empuja y se esmera por ordenar y hacer limpieza. Me quedo un rato observando el ir y venir de trapos, cepillos y baldes. Paso por la enfermería donde me esperan tres pacientes que dicen que quieren su medicación. Les doy los comprimidos.&lt;br /&gt;El rompecabezas tiene piezas que no encajan.&lt;br /&gt;La muerte de Barder debiera haber llevado el Instituto al caos, sin embargo, los internos están felices como si hubieran salido de una pesadilla ¿Acaso se imponía con terror? ¿lo que creí un paraíso era sólo una máscara? Me cruzo con muchos que sonríen. El comedor se llena y oigo el golpeteo metálico de cubiertos sobre la mesa. Benítez se asoma contento con su fuente llena de guiso. En el lavadero se vierte jabón sobre las túnicas que flotan en el agua rosada de las piletas. Voy hacia el taller donde los pacientes están inclinados sobre los instrumentos como relojeros revisando maquinarias delicadas. Un grupo sigue con la monótona tarea de fabricar velas.&lt;br /&gt;Salgo a tomar aire. A tratar de poner en claro lo que pienso.&lt;br /&gt;Apoyado sobre la baranda de madera de la galería miro los edificios, el parque, los árboles, el cielo azul y blando. Cierro los ojos y el viento me trae el olor del pozo ciego.&lt;br /&gt;Entonces, lo presiento.&lt;br /&gt;Apuro el paso para bajar las escaleras y entrar en el pabellón de hombres. No hay nadie. Lo atravieso y me detengo frente a la puerta de la habitación de Barder. Me seco las manos contra el guardapolvo y la abro.&lt;br /&gt;Veo la cama, el escritorio, el ropero, la biblioteca con los tratados de Entomología, el ejemplar del Kama Gita, los poemas de Hesmor Rivera, los trabajos incompletos de D. Resnich, el atlas de Anatomía Humana, las obras de Freud, el par de Biblias. Sobre la silla vieja siguen los mismos papeles y el mismo lápiz. La mesa de luz tiene el velador y la foto antigua de Silvia. Sobre la cama está el poncho. Dentro del ropero encuentro los mismos trajes, los mismos zapatos y los mismos sombreros.&lt;br /&gt;Lo cierro y me voy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el piso del despacho ya no está la ropa de Barder. Benítez se la debe haber llevado. Pienso en el muerto y en la conversación que tuve con Silvia ¿Cuáles serán, de acá en más, las reglas? ¿Cuál será el próximo paso de Surgmont? No tiene objeto que siga escondido. Ya no quedan sorpresas. Puede hacer su entrada triunfal en cualquier instante. Puede matarme en circunstancias confusas y nadie indagará mucho.&lt;br /&gt;El cansancio me lleva al sillón, a cerrar los ojos, a que suene dentro de mi cabeza lo hablado con Barder: la vida como un juego; esta sociedad de internos; el gobierno del caos; lo normal como estadística; el instituto como escenario; el equilibrio como objetivo.&lt;br /&gt;Es evidente que en el tanque de agua se celebra algún tipo de rito. Una sola relación puede tener con el número de internos.&lt;br /&gt;Espío a través del vidrio de mi pecera el rumbo que está tomando la vida animal del Instituto. Como todas decae, se pudre e infecta como un pozo ciego. Cobra definición, en mi mente, el fin de los esquemas, el fondo del abismo.&lt;br /&gt;Decido que la tarde transcurra tensa, casi intolerable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una tormenta se acerca y cubre el cielo del anochecer con amenaza de lluvias. Desaparece y da paso a una noche estrellada y plena de luna.&lt;br /&gt;Desde la ventana de mi pecera, oculto por la penumbra y con el revólver en la mano, espío la claridad. Pasan las horas. Observo cómo la luna ilumina los edificios y el parque. Cerca de las once, voy a mi habitación a buscar el perfume y mojo un pañuelo. También me procuro una bolsa de arpillera y un sombrero. Atravieso el corredor y salgo por la puerta de atrás. Abro el cajón de las herramientas y tomo lo que necesito.&lt;br /&gt;La luna me alumbra al cruzar el parque, al ir hacia el bosque donde me detiene el olor inmundo. Me cubro la nariz con el pañuelo mientras doy unas vueltas pisando con mis botas en busca de un sitio adecuado. Suelto las herramientas, me arrodillo, hundo la mano en la tierra y toco algo duro. Empiezo a cavar.&lt;br /&gt;Hubiera preferido que lloviese, no esta noche de luna cuya luz casi molesta. Toco cosas duras con la punta de la pala. Cavo un poco más y me agacho. La luna me permite ver lo que saco. Sigo excavando y encuentro más, muchos más. Agrando el pozo y aparece un cráneo. Enseguida encuentro otro. Estoy de rodillas frente al montículo de vértebras, fémures y cráneos. Los meto dentro de la bolsa y regreso.&lt;br /&gt;Silvia acusaba a Surgmont de bestia, de inhumano. Esto es la prueba del fracaso de sus métodos. Barder habrá buscado maneras de salvar a los internos de las torturas. Lo pagó con su vida.&lt;br /&gt;¿Qué detiene a Surgmont? ¿qué le impide estar sentado en el despacho, esperando que entre para ponerme un balazo entre los ojos?&lt;br /&gt;La luna envuelve mi regreso. Pienso en los ritos del tanque y en los internos muertos. Hay cosas que no terminan de encajar, cosas que bajo esta luna no puedo ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="TOC-6"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="TOC-7"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="TOC-8"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a name="TOC-Principio-del-Fin"&gt;&lt;/a&gt;Principio del Fin&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejo las herramientas. Voy al despacho y tiro la bolsa de arpillera a un costado. Me asquea el olor inmundo que tengo encima. Me meto en el baño. Me froto la piel bajo el agua caliente como si quisiera arrancarla. Regreso al escritorio con olor a jabón.&lt;br /&gt;Observo a través del ventanal cómo la luna inmensa sobrevuela el Instituto.&lt;br /&gt;Oigo pasos, saco el 38 y apunto hacia a la puerta.&lt;br /&gt;-No me mate, jefe –grita Benítez al verme y levanta los brazos -, le soy más útil vivo.&lt;br /&gt;-¿Para qué?&lt;br /&gt;-No sé, así decía el radioteatro.&lt;br /&gt;-Pasá che, dale. No te voy a hacer nada.&lt;br /&gt;Se acerca con cara de perro apaleado, da un par de vueltas mirando aquí y allá, hasta que encuentra la bolsa.&lt;br /&gt;-Qué olor, jefe –dice con asco -¿qué tiene? ¿A Surgmont?&lt;br /&gt;-Llévese eso, haga una fogata que se pueda ver desde lejos y quémelo, que no quede nada.&lt;br /&gt;-Como diga –dice y la levanta.&lt;br /&gt;A punto de salir, se detiene.&lt;br /&gt;-¿No va a comer?&lt;br /&gt;-No tengo hambre.&lt;br /&gt;-Tiene que comer, se va a poner malo –dice y sale -, ahora vengo –oigo que grita.&lt;br /&gt;Al rato vuelve con un plato humeante, lo deja sobre mi escritorio y se sienta. Me mira como una madre que espera que su hijo coma. No tengo ganas.&lt;br /&gt;Quiero hablar de cosas simples, de la humedad, del tiempo; quiero olvidarme de éste último acto de la obra en la que, contra mi voluntad, voy a terminar degollado a manos de mi ilustre colega.&lt;br /&gt;Miro a Benítez y acerco el plato.&lt;br /&gt;-Vamos, dele –me pide.&lt;br /&gt;-No se ofenda. El guiso es fenómeno, en serio, es un maestro en la cocina.&lt;br /&gt;-Exagera, jefe –baja la cabeza avergonzado -, después de todo, fue usted el que encontró en el pueblo la misma carnicería donde compraba Surgmont.&lt;br /&gt;Una sensación de bisturí me recorre y me sube una arcada. Vomito algo bilioso que sale de mi estómago vacío. El ahogo me hace toser. Benítez se asusta, se pone de pie.&lt;br /&gt;-Respire hondo, jefe, vamos.&lt;br /&gt;No logro salir de la sucesión de náusea.&lt;br /&gt;-Nunca compré carne –digo -, creí que lo hacía usted.&lt;br /&gt;-¿Yo? ¿No era usted el que la metía en la heladera? –contesta y de golpe su cara se vuelve un círculo que se dilata y deforma. Abre la boca pero no emite ruido alguno, vomita.&lt;br /&gt;En silencio y sin piedad, la luna ilumina los techos del Instituto y nos entra por la ventana. Miro el plato con sus trozos de carne.&lt;br /&gt;-Mi dios –la voz apenas me sale -, estamos comiendo a Barder.&lt;br /&gt;Benítez no para de vomitar. Empujo el plato que se hace trizas contra el piso y me levanto.&lt;br /&gt;-Vamos a salir de caza mayor. Voy a colgar la cabeza de Surgmont en alguna de estas paredes. No quiero que seamos parte del próximo guiso que se coma el Instituto.&lt;br /&gt;Sucio de vómito, Benítez se para con la dificultad de un borracho. Saco una botella de ginebra del armario, bebo del pico, me seco con la manga y se la doy.&lt;br /&gt;-Tome, le hace falta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A través de la ventana de mi pecera veo un montón de cosas que normalmente no se ven: el odio que le gana al miedo; el deseo de matar y de no morir; la pena de que el tiempo haya sido tan corto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche luminosa de afuera me devuelve detalles conocidos: el mástil sin la bandera; el camino de la entrada y sus eucaliptos; la luz tonta de los faroles.&lt;br /&gt;Benítez me mira sin capacidad de reaccionar. Salgo al vestíbulo, abro la puerta, voy hasta el mástil y me quedo un rato en silencio bajo la noche estrellada.&lt;br /&gt;Vuelvo al despacho donde Benítez se balancea inútil.&lt;br /&gt;-Vamos, traiga el arma, no pierda tiempo –, lo empujo hacia el pasillo y se aleja dócil.&lt;br /&gt;Los pensamientos me pican como tábanos. ¿Surgmont mató internos y para borrar sus crímenes los dio de comer? Barder lo descubrió y se tuvo que ocultar. No tiene lógica. Surgmont podría haberlo matado en ese momento. ¿Por qué Barder me quiso matar? Sigo sin ver. Surgmont tiene todas las respuestas que necesito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desparramo una caja de balas sobre el escritorio y lleno mis bolsillos. Benítez no vuelve. Se me ocurre una idea más perversa. Veo otra vez a Barder: su traje, su sombrero, sus garras cubiertas por guantes. Recuerdo que mencionó el pozo, el tanque de agua, las velas rituales, el número de internos. Vuelvo a ver los dibujos de los pacientes, las representaciones teatrales que hacían. Pienso en todas las respuestas de Silvia.&lt;br /&gt;Benítez aparece con una escopeta del 12 y sus bolsillos repletos de cartuchos.&lt;br /&gt;-En marcha –digo -, ¿trae linterna?&lt;br /&gt;Enciende la suya para mostrarme que funciona, salimos al vestíbulo y abro la puerta principal. La luna se mete adentro mientras las luces bailan locas sobre el parque.&lt;br /&gt;Ya no tengo esquemas. Ahora tengo las formas vagas del mapa que me va a sacar de este lugar.&lt;br /&gt;-Usted por allá –señalo hacia el pabellón de hombres. Benítez da unos pasos y lo chisto -, Mátelo sin pensar -agrego.&lt;br /&gt;Se aleja. Enseguida es una silueta y un corto haz de luz bajo la luna.&lt;br /&gt;Voy hacia el pabellón de mujeres, subo la escalera, apago la linterna y entro. Miro hacia todas partes pero nada se mueve. Duermen un sueño profundo. Afuera el viento agita las ramas de los árboles. Busco un rato entre las cuchetas, detrás de los muebles, en los baños. Salgo del pabellón y cruzo el parque para ir a la enfermería. Subo la escalera y espío a través de las ventanas. Todo está quieto. Me acerco a la puerta, la empujo despacio y entro.&lt;br /&gt;La luna ilumina la camilla y las vitrinas. Un crujido me hace apuntar hacia la oscuridad. Allí está Surgmont. Enciendo la linterna e ilumino a Silvia.&lt;br /&gt;-No va a matarme ¿no?&lt;br /&gt;-Quedate quieta.&lt;br /&gt;-Baje el arma ¿sí? –se acerca y me obliga a apuntar hacia el piso –Era inevitable, tarde o temprano, iba a juntar las piezas y descubrir qué figura formaban –Se para a mi lado y la toca la luz de la luna.&lt;br /&gt;A través de la ventana se ven el parque, la galería, las barandas, el haz de la linterna de Benítez dentro del taller.&lt;br /&gt;-Era Surgmont ¿no?&lt;br /&gt;-¿El muerto? ¿El guiso? –Alza el mentón y adivino el orgullo en sus ojos –, ese monstruo... Lo tuvimos que hacer, mi querido, era su vida o la nuestra –dice y se muerde el labio.&lt;br /&gt;-Pero el traje, el sombrero... ¿por qué?&lt;br /&gt;-¿De qué manera hubiera podido moverse por el Instituto sin que los internos se dieran cuenta? Pero no se nos iba a escapar.&lt;br /&gt;-Por eso los guantes.&lt;br /&gt;Silvia asiente en la oscuridad&lt;br /&gt;-Lo tuvimos que hacer.&lt;br /&gt;-Por eso los internos estaban contentos; por eso las cosas en la habitación de Barder estaban intactas, porque era Surgmont.&lt;br /&gt;-Ay, mi querido –Silvia se apoya en mi brazo –Es una historia larga: fueron amigos, vivieron su mundo de hombres, mujeres e insectos y se pelearon.&lt;br /&gt;La luna golpea los techos y las ventanas de la enfermería.&lt;br /&gt;-Fue hace mucho –sigue –Un día nombraron director a Surgmont. Al comienzo todo anduvo bien. Vino con ideas nuevas sobre la curación de enfermedades. Era cordial y triste, tenía buena relación con nosotros. Creí en él, todos creímos.&lt;br /&gt;La luz de la linterna de Benítez sale del taller y se dirige hacia el pabellón de hombres.&lt;br /&gt;-Es un buen chico, ¿no? –Silvia lo mira, sonríe y tiembla.&lt;br /&gt;Me saco el abrigo y le cubro los hombros.&lt;br /&gt;-Gracias –dice -, después llegó Barder. Surgmont se desequilibró. Esto giraba, giraba y él no pudo mantenerse, empezó a hacer cosas raras –hace una pausa, me mira, me pide que la abrace y apoya su cabeza sobre mi hombro –; por las noches recorría el Instituto y después se encerraba a escribir hasta el amanecer. A veces me invitaba a comer con él en su despacho. Los internos se apoyaban contra el ventanal y nos miraban. Parecían insectos atraídos por la luz. Era obvio que el cristal, tarde o temprano, se rompería y que caerían sobre él -Se aparta, me mira -¿Me va a cuidar, mi querido?&lt;br /&gt;-¿Y qué pasó?&lt;br /&gt;Sigue la luna, sigue la luz indecisa de Benítez dentro del pabellón de hombres.&lt;br /&gt;-Se transformó. Se volvió huraño, violento; modificó sus terapias y empezó a hacer experimentos con cirugía. Anunciaba que nos iba a salvar; que Dios nos había abandonado pero que él nos iba a sacar; nos iba a hacer resistentes a todo, como cucarachas –se calla un rato y la luna parpadea sobre nosotros –Cómo da vueltas todo, mi querido, cómo gira.&lt;br /&gt;La acerco contra mí.&lt;br /&gt;-Dejó de ir por comida al pueblo; varios pacientes quedaron muertos sobre la camilla; no había qué comer, tuvimos hambre, no queríamos, nos vimos obligados –apoya una mano sobre mi pecho.&lt;br /&gt;-Entonces Barder desordenó el fichero, hizo desaparecer la información.&lt;br /&gt;-Para borrar la existencia de los muertos. Había que sobrevivir, mi querido. Algunos estaban muy débiles. Primero nos alimentamos de las víctimas, después...&lt;br /&gt;-Barder creó el marco místico que lo justificara.&lt;br /&gt;Se tapa la cara con las manos.&lt;br /&gt;-¿De qué otra manera hacerlo?&lt;br /&gt;-Tienen que haber matado...&lt;br /&gt;-No obligamos a nadie, mi querido.&lt;br /&gt;-Por eso las ceremonias con velas en el tanque, por eso el agua rosada de las piletas.&lt;br /&gt;-No hay más amor que el de aquel que da la vida ¿no? –me toma la cara entre las manos, me obliga a mirarla –dígame que sí, mi querido.&lt;br /&gt;-Surgmont descubrió que se alimentaban de internos, que iban a matarlo.&lt;br /&gt;-Trató de huir.&lt;br /&gt;-Yo llegué.&lt;br /&gt;El silencio de la noche parece interrumpirse por ruidos de tambores lejanos.&lt;br /&gt;-Vimos llegar el auto del comisario y allí estaba usted, con su valija, bajo las arcadas, pobrecito. Surgmont no tuvo más remedio que esconderse.&lt;br /&gt;Las luces del parque se sacuden como demonios.&lt;br /&gt;-Dejó su carpeta, los papeles.&lt;br /&gt;-No tuvo tiempo, mi querido, estaba loco, usted llegó sin dar tiempo a nada.&lt;br /&gt;-Cuándo vio que no me rendía y sospechó que lo había descubierto, se presentó en mi despacho.&lt;br /&gt;-Lo iba a matar, mi querido.&lt;br /&gt;La luna llena la enfermería.&lt;br /&gt;-Quiero a Barder, ahora.&lt;br /&gt;Silvia suspira, se aparta y me toma la mano. Salimos al parque y la luna se pega contra nuestras ropas. La luz de la linterna de Benítez recorre el pabellón de mujeres. Entramos en el de hombres y nos detenemos frente a la puerta de la habitación de Barder.&lt;br /&gt;Silvia abre con lentitud y entra. La sigo hasta que enfrenta el ropero con los trajes. Los aparta y desaparece en el doble fondo que ilumino. No lo dudo y atravieso la entrada oscura. Desciendo por una escalera caracol y encuentro un ambiente terroso y húmedo iluminado por velas.&lt;br /&gt;Veo una mesa, un banco y un espejo oval. Sobre la mesa, en cuidado desorden, hay maquillajes, un par de pelucas, un sombrero, guantes peludos en forma de garras y un Colt police 38.&lt;br /&gt;Miro el espejo y no es mi imagen la que veo. Es la imagen de un insecto con la cara del muchacho asmático y mis manos son garras. Vienen a mi cabeza los versos de D. Resnich:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Transformado y extraño&lt;br /&gt;mi cara un insecto&lt;br /&gt;detrás de las ventanas&lt;br /&gt;donde muere el mar&lt;br /&gt;Y una figura surge a mi espalda y aparece a mi lado y es sólo la cara de Silvia y su voz.&lt;br /&gt;-¿Barder, mi querido?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;POEMAS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Adiós&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como un aguijón de avispas&lt;br /&gt;la tarde me duele&lt;br /&gt;en los dados&lt;br /&gt;echados para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pronóstico para Hoy y Mañana&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy cielo despejado&lt;br /&gt;por la tarde&lt;br /&gt;entre mi valija y tus manos&lt;br /&gt;habitarán temblores.&lt;br /&gt;Las lluvias desde ahora monótonas&lt;br /&gt;te morderán por siempre.&lt;br /&gt;El destino:&lt;br /&gt;Un camino de polvo&lt;br /&gt;donde un soplo&lt;br /&gt;puede apagar mi antorcha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8078533061348186049-780289967885633439?l=barderlute.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://barderlute.blogspot.com/feeds/780289967885633439/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2009/01/barder-finalista-premio-planeta-1994.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/780289967885633439'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/780289967885633439'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2009/01/barder-finalista-premio-planeta-1994.html' title='Barder -Novela Finalista premio Planeta 1994 - Finalista Premio Clarin 2001'/><author><name>LuTe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16283436852338003349</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_s7vDVnVW7YU/SbvKVmd7bMI/AAAAAAAAAAM/qwT4loIYoDA/S220/san+jorge+14.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8078533061348186049.post-1606906112641807696</id><published>2009-01-11T16:01:00.000-08:00</published><updated>2009-04-19T11:54:39.679-07:00</updated><title type='text'>Olvidos</title><content type='html'>He olvidado sin darme cuenta&lt;br /&gt;unos pétalos entre las hojas de un libro&lt;br /&gt;un atardecer entre días que se fueron&lt;br /&gt;una mujer entre cafés calles esquinas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;que tenía que besar entre tantas miradas&lt;br /&gt;que tenía que ser otro cualquiera otro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;que todos somos mortales por lo tanto ya nos fuimos&lt;br /&gt;que todo está escrito y sin embargo aún escribo&lt;br /&gt;que todo está vivido y no obstante aún respiro&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es duro ser hombre entre tanto olvido&lt;br /&gt;con la certeza de no recordar de no saber&lt;br /&gt;cuando ni siquiera cómo&lt;br /&gt;será el instante en que todo&lt;br /&gt;absolutamente todo se sepa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Marcelo Zamboni 1956&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8078533061348186049-1606906112641807696?l=barderlute.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://barderlute.blogspot.com/feeds/1606906112641807696/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2009/01/olvidos_11.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/1606906112641807696'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/1606906112641807696'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2009/01/olvidos_11.html' title='Olvidos'/><author><name>LuTe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16283436852338003349</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_s7vDVnVW7YU/SbvKVmd7bMI/AAAAAAAAAAM/qwT4loIYoDA/S220/san+jorge+14.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8078533061348186049.post-2524867883187007360</id><published>2009-01-10T07:40:00.000-08:00</published><updated>2009-01-10T07:42:54.270-08:00</updated><title type='text'>Así las cosas</title><content type='html'>Así las cosas&lt;br /&gt;nos hizo de barro&lt;br /&gt;y pronunció la palabra equivocada.&lt;br /&gt;Fue un error?&lt;br /&gt;Nos condenó a balbucear&lt;br /&gt;a barrer el polvo&lt;br /&gt;de la vieja iglesia oscura&lt;br /&gt;Pudo habernos hecho de oro y plata&lt;br /&gt;perfectos&lt;br /&gt;y obligados a brillar.&lt;br /&gt;Tal vez&lt;br /&gt;a último momento&lt;br /&gt;falló algo&lt;br /&gt;y dejó las cosas inconclusas&lt;br /&gt;todo tirado y se fue.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acá estamos&lt;br /&gt;solos&lt;br /&gt;escoba en mano&lt;br /&gt;con un mundo sucio&lt;br /&gt;eterno interminable&lt;br /&gt;y sin saber qué hacer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;LuTe 2009&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8078533061348186049-2524867883187007360?l=barderlute.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://barderlute.blogspot.com/feeds/2524867883187007360/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2009/01/as-las-cosas.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/2524867883187007360'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/2524867883187007360'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2009/01/as-las-cosas.html' title='Así las cosas'/><author><name>LuTe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16283436852338003349</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_s7vDVnVW7YU/SbvKVmd7bMI/AAAAAAAAAAM/qwT4loIYoDA/S220/san+jorge+14.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8078533061348186049.post-5628634593399598172</id><published>2008-12-23T16:41:00.000-08:00</published><updated>2009-01-31T08:23:17.936-08:00</updated><title type='text'>Las lluvias del MetSat - Novela Inédita -Finalista Premio Planeta 2005</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Novela finalista del Premio Clarín 2005&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;con autorización de su autor: &lt;/span&gt;&lt;span style="color:#3333ff;"&gt;Marcelo Zamboni&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:0;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuántos lobos sentimos que nos pisan los talones,&lt;br /&gt;mientras que nuestros verdaderos enemigos pasan&lt;br /&gt;junto a nosotros con piel de oveja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bajo el volcán.&lt;br /&gt;Malcolm Lowry&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1 oriental&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me despertó el celsat y sentí alivio al descubrir que seguía con vida, que estaba acostado en mi cama en el Metropol. El aparato sonaba sordo, lejano: algo lo ahogaba. Imaginé que moría de asfixia, que nadie me iba a poder llamar más. Todavía dormido lo busqué entre las sábanas. No recordaba dónde lo había dejado. Por el momento, no recordaba nada.&lt;br /&gt;Hice un esfuerzo para estirar el brazo hacia el piso, apartar la ropa que lo cubría y atender.&lt;br /&gt;-Dejáme en paz y morite –protesté.&lt;br /&gt;Oí el mismo silencio. Después, la perra colgó.&lt;br /&gt;Abrí la mano y solté el celsat con el deseo de que se hiciera pedazos; qué me importaba.&lt;br /&gt;Cerré los ojos sin ganas de levantarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche anterior todavía me pesaba. Había bebido no sé cuántas Leizzen y Liliport esperando inútilmente a Jing Po en el Paraíso. Después anduve bajo la lluvia mirando a las chicas del Distrito Hong. Las más jóvenes se exhibían desnudas detrás de las vidrieras. Una taiwanesa de piernas largas y tacos altos, tomó mi mano al pasar y me retuvo.&lt;br /&gt;-Veo tu futuro –susurró –Un yuan sobre mi piel.&lt;br /&gt;La lluvia flotaba entre los dos. Era Intensidad 0.5 de la ISC, suave, casi no mojaba. Las diminutas gotas rodaban por la cara de mi amiga.&lt;br /&gt;-Sería más emocionante arreglar mi pasado –sonreí y me solté despacio.&lt;br /&gt;-Mujeres, LuTe –susurró con fastidio –Soy hermafrodita. La solución perfecta: amante, amigo o compañero. Te vi en TeleDig. Parecías ese actor chino.&lt;br /&gt;-No creas lo que ves, no creas nada. –contesté.&lt;br /&gt;-Ay, el mundo. Es mi trabajo, LuTe. Hacerles necesitar una parte de mí –susurró.&lt;br /&gt;Me encogí de hombros y nos miramos. Luego me di vuelta y crucé la calle hacia Luna Roja.&lt;br /&gt;-Vas a volver –dijo –Me llamo Xiang Zú.&lt;br /&gt;Entré en Luna Roja a tomar sake. Bebí más de la cuenta. Siempre bebo de más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegué al Metropol, la luz artificial del amanecer que había colgado el MetSat, trataba de abrirse paso entre la lluvia. Me sacudí el agua y entré por la puerta de atrás. Necesitaba eludir a Fu Manchú y escaparme de las miradas de mis vecinos, chinos o coreanos, lo que fuesen. Nunca los había visto. Sólo había oído sus discusiones ásperas acerca de cosas pequeñas.&lt;br /&gt;Creo recordar que cerré la puerta, que me desvestí. Después, nada más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al final abrí los ojos y el resplandor me molestó. La luminosidad tenía el tono falso de las tardes del semestre Canicular. No podía saber cuánto faltaba para que anocheciese. Desde la cama veía la mayor parte del publiDig de la oficina de turismo de China. El Holograf 4D sensó que me había despertado, y se acercó para invitarme a disfrutar mis futuras vacaciones, cabalgando sobre monstruos, en las playas Dragonmá del Si-Kiang.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sabía cabalgar. Hacía años que no me tomaba vacaciones.&lt;br /&gt;Tal vez era hora de aprender y de tomarme unos días de descanso en el Imperio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me atraían los colores fuertes del Holograf 4D: el amarillo de la arena, el celeste del cielo, el verde del monstruo, el azul del océano.&lt;br /&gt;Mientras le acariciaba el lomo al monstruo, le dije que lo tenía que pensar. Defraudado, el Holograf 4D se alejó para intentar convencer a un par de africanos que pasaban por la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomé impulso para salir de la cama, pero apenas logré sentarme en el borde. Noté que estaba flaco: piel y huesos. Hacia rato que había perdido las ganas de comer. No importa. Tarde o temprano el apetito vuelve. Entonces de nuevo sentís que la grasa te ahoga, y que el pantalón te aprieta y te va a matar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miré el piso. Aparté con el pie la máscara del Pato Donald y busqué el reloj. Estaba entre la ropa. Se había detenido a las nueve y diez. Lo sacudí. No andaba. Lo había comprado hacía un mes. Era de Plastixen, fabricado en Huan Zei. Una porquería.&lt;br /&gt;Sujeté el reloj a mi muñeca y me levanté.&lt;br /&gt;El celsat sonó otra vez.&lt;br /&gt;-No quiero oírte -contesté cansado, atento al silencio de la perra.&lt;br /&gt;-¿LuTe?&lt;br /&gt;No era su voz. Hubiera reconocido su voz entre millones, sin Multilang y aunque hablase cualquier lengua oriental.&lt;br /&gt;-No estoy seguro –dije.&lt;br /&gt;-Lo vi en el Central de TeleDig. El asunto del desarme del tráfico de Orgix y Viokill; la red de prostitución infantil del Gueto Ruso y de Lejana Alemania –la voz era firme, joven, parecía la de un xeno-nazi –Les van a dar PeCap –continuó -Algún día habrá que pescar al pez gordo y darle la pastilla. Pero aún así, estuvo bien, bien –hizo una pausa -Hato Kai me dio su número, dijo que lo llamase, que usted me iba a ayudar. Me gusta su humor ¿Cuándo está seguro de ser quien es? Yo no sé en qué día vivo.&lt;br /&gt;-Un mundo de Plastixen –miré el reloj y sacudí la muñeca para ver si andaba. Las agujas HF seguían inmóviles –El Central de TeleDig. El lobo hace lo que quiere con las ovejas: las lleva y las trae. Al final, se las come. Tengo las nueve y diez –aparté la ropa con los pies, identifiqué los calzoncillos y estiré la espalda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me pareció que volvían las lluvias del MetSat. Mi bisabuelo contaba que había conocido los desiertos, grandes extensiones de tierra seca, casi sin vegetación, donde nunca llovía. Lo contó ya viejo. Preguntaba si papá era mi hijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Quisiera que nos encontráramos –siguió mi interlocutor –Conversar un rato. ¿Las nueve y diez?&lt;br /&gt;La señal del celsat iba y venía. El tipo estaría llegando por el Subfluvial de Montevideo o en alguna de las Profundidades.&lt;br /&gt;-Tuve una mala noche–contesté –Me voy de viaje.&lt;br /&gt;-¿Dónde nos vemos?&lt;br /&gt;-¿Qué hora es? –pregunté – Hay un bar sobre Confucio casi Malabia.&lt;br /&gt;La comunicación amenazó con interrumpirse. Mejor. No tenía ganas de trabajar.&lt;br /&gt;-Me voy de vacaciones a China –continué sin saber si mi interlocutor estaba en línea -A cabalgar monstruos en la playa Dragonmá, en el Si-Kiang. Es un mal momento. Estoy haciendo la valija y no encuentro las medias.&lt;br /&gt;La señal se hizo clara. Habría salido a la superficie o entrado a Buenos Aires.&lt;br /&gt;-Lao Tsé y Malabia. Si le parece nos vemos en un rato –dijo, pero fue una orden -Estuve en el Si-Kiang hace un par de años. No es arena. Es Xoeton dorado. Y esos monstruos no valen la pena. No asustan a nadie. Son animales desdentados y viejos. Para turistas uruguayos. Vaya a volar Pterodáctilos a las Alturas del Bo-The. Eso es adrenalina pura.&lt;br /&gt;-Confucio y Malabia. Mañana a la mañana –afirmé.&lt;br /&gt;-Nos vemos en un rato –repitió y cortó sin decir chau ni siquiera adiós.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejé el celsat. Al estirar la espalda miré el techo. Era blanco como la espumaGen del mar chino. Imaginé el viento sobre el lomo de los pterodáctilos en las alturas del Bo-The. Noté que las paletas del ventilador no se movían. Fu Manchú no tenía pensado gastar un yuan en aire acondicionado. Me iba a convenir irme del Metropol antes de deshidratarme. La transpiración me empezó a resbalar por la espalda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Consulté de nuevo mi reloj. Estaba clavado en las nueve y diez. Mejor. El tiempo pasa rápido.&lt;br /&gt;En la última línea de Cien años de soledad, se lee que las estirpes condenadas no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra. Mejor. Tampoco creo en segundas oportunidades. ¿Qué hubiera hecho García Márquez con éste reloj de porquería? Hubiese dejado el realismo mágico para los libros, lo hubiera tirado a la basura y se hubiese dedicado a vivir tranquilo. Sin urgencias, sin tiempo, sin nostalgia, sin mirar atrás. Pero no soy García Márquez ni esto es Macondo. Soy LuTe y esto es Buenos Aires.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le di unos golpes al reloj pero las agujas HF ni se movieron. Decidí despabilarme con una ducha de agua fría. Eso alivió el calor por un rato. Luego me vestí y me calcé el MultiLang para salir a encontrarme con mi cliente.&lt;br /&gt;Abrí despacio y espié que no hubiese nadie. La puerta de los chinos o coreanos, lo que fuesen, estaba cerrada. No se oían ruidos. Fu Manchú estaría en el mostrador de la planta baja, leyendo y al acecho. Preparado para saltar sobre la rata y cobrarle los meses chinos que le debía. Atravesé el pasillo en puntas de pie, con mínimos crujidos del piso de madera. Bajé las escaleras y salí a la calle por la puerta de atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2 orientales&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lluvia Intensidad 1 de la ISC, caliente como sopa, me cayó encima. Caminé entre el mar de extranjeros que miraban los Drogos, los afiches 4D de CineVirt o los nuevos diseños de Hui Fang. Las brillantes pantallas del MetSat anunciaban una lluvia Intensidad 2 de la ISC, en 3 minutos con 20. Como hormigas, miles de extranjeros entraban y salían del túnel a la Primera Profundidad. Para hacer tiempo me detuve a mirar una propaganda de turismo sexual invertido en Mongolia. El Holograf 4D mostraba una playa de arenas doradas frente al mar. Pero era verdad. Mirándola bien, debía ser de Xeoton amarillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Tonkín y Coronel Díaz pensé que todos los habitantes de Buenos Aires habían decidido reunirse allí. Tardé en cruzar la avenida con su dragón interminable de autos a Hidróneo. Un par de cuadras después, entré en el barrio Serbio. Hice caso omiso de las prostitutas, de los hermafroditas y de los soñadores mejicanos que me ofrecían en los Drogos. Un SexGun tiene dos veces más potencia que un soñador. Llegué al murallón alto del viejo Botánico y doblé en dirección a Confucio. Recordé que adentro, junto a los restos de la estatua de los Primeros Fríos, hacía muchos años, había conocido a la perra.&lt;br /&gt;Mientras esperaba para cruzar la calle una tailandesa me pidió un yuan. Le dije que no tenía. Me insultó con el chillido de un cuis a punto de ser descuartizado. No quise contestarle y crucé. Un chaparrón Intensidad 2 de la ISC se descargó y me apuré a entrar en el bar. No quería que me matase una centella. Miré la hora: eran las nueve y diez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba casi vacío. Era viejo y se caía a pedazos. La gente va a lugares donde el techo no se te va a venir encima por los doscientos rusos que viven apiñados en los altos. Tenía aire acondicionado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿LuTe? En TeleDig parecía más gordo. El traje le quedaba impecable ¿Me permite?&lt;br /&gt;No lo había visto entrar. Tenía cuarenta y tantos; era atlético, de pelo ondulado, castaño, corto; de ojos claros y altura mediana. Su voz era firme, segura. Sonreí como un profesional del MiCoPer. Estiré la mano para saludar y se sentó. Me devolvió la sonrisa con cansancio. Se acomodó y buscó al mozo con la mirada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Intuí que nuestro diálogo iba a ser igual al de Philip Marlowe con un cliente. Debía atenerme al género.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me llamo Linnex, Ian Linnex.&lt;br /&gt;Una holandesa con pollera verde, camisa amarilla y delantal, se acercó. Linnex pidió una Liliport.&lt;br /&gt;-Una Leizzen y un Ling mei caliente –dije sin pensar.&lt;br /&gt;Unos laosianos hablaban su lengua de susurros en una de las mesas del centro. Linnex los miró sin disimular su disgusto. Volvió a mí con una sonrisa. Abrió su billetera, sacó una VideoPhot y me la tendió. Era de una adolescente con rasgos impresionantes.&lt;br /&gt;-Li, mi hija –explicó –No sabemos dónde está. Mandé el Biosearch pero no lo activó. Estaba seguro de que no lo iba a hacer. Quiero encontrarla antes de que empiece el Semestre Glacial. En las Profundidades es imposible. Hato Kai me dijo que usted es el mejor.&lt;br /&gt;-A esa edad son rebeldes –murmuré.&lt;br /&gt;Activé la VideoPhot. Li reía feliz. La dejé sobre la mesa&lt;br /&gt;-¿Linnex? ¿de Optech?¿LobotQuim?&lt;br /&gt;-No me gusta la Fed. No quiero llamar la atención. Por eso hablé con Hato Kai. Jugamos GolfVirt en BeijingPark. Es amigo de Hum Xi. Me dio su número, dijo que usted era discreto. No me gusta. –hizo una pausa -A Hum Xi tampoco le gusta exponerse. Optech es parte del consorcio Aquam.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hato Kai todavía está en la Fed –observé –Yo la dejé hace mucho.&lt;br /&gt;Linnex suspiró y me miró.&lt;br /&gt;-No queremos que aparezca el circo amarillo de TeleDig –dijo –Que se haga de esto algo que no es. Las imágenes dan la vuelta al globo en segundos y Optech tiene intereses en Beijing, Ámsterdam, Nueva York, Pank Zhei y la Habana.&lt;br /&gt;La holandesa trajo el Ling Mei. Estaba caliente. Parecía crocante. No tenía ganas de comer. No sé por qué lo había pedido. Miré a Linnex. Estaba más preocupado por evitar que TeleDig lo hiciera aparecer en el Central, que por encontrar a su hija. Sé de chicos HC que se ausentan por semanas. No sale la Fed a buscarlos. No son noticia para nadie. Pero un trabajo es un trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Los yuanes no sirven para nada -continuó Linnex mientras miraba las piernas de la holandesa –Trabajo como un chino –aseguró –Nada me devuelve el tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonreí. El cliente siempre tiene razón. Linnex era parte de la cabeza de la hidra Aquam. OpTech se incluía en su vaguedad. Miré su muñeca. Usaba un impresionante reloj de Hidróneo. Con sus inservibles yuanes estaba a punto de comprar mi tiempo. Claro que soy barato y lo tengo disponible en cantidades industriales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Queremos que vuelva. El GeoTer está en marcha y empezarán las nieves –probó la Liliport e hizo un gesto de placer –Nos sentimos mal. Me pregunto qué le hice, en qué fallé.&lt;br /&gt;-A veces es una manera de pedir algo, de pretender que se ocupen de ellos –opiné.&lt;br /&gt;Linnex suspiró y negó con la cabeza.&lt;br /&gt;-Le damos todo lo que los yuanes pueden comprar –hizo una pausa y tomó su Liliport –Nos llevamos bien. No supe de ella por unos días y le pregunté a Hum Xi. Li es como todas; no es mal alumna, tiene amigas, le gusta salir.&lt;br /&gt;-Si uno supiera qué pasa por la cabeza de una mujer joven –dije, me serví Leizzen y tomé un par de sorbos. Todavía estaba fría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El celsat sonó. Me disculpé y lo atendí. La perra se limitó a gemir y colgué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Cinco días –murmuró -¿No va a comer?&lt;br /&gt;Con un gesto le indiqué que podía servirse.&lt;br /&gt;-Yo no le avisaba a mi padre adonde iba –dije.&lt;br /&gt;-Bueno –Linnex mordió el Ling mei y se demoró en la búsqueda de palabras -Se quedan a dormir en cualquier lado. Li suele ir a lo de Xing, a veces a lo de Mali. De vez en cuando duermen en casa.&lt;br /&gt;-Cinco no parecen mucho.&lt;br /&gt;-¿Tiene hijos, LuTe? Entonces me va a entender. Cinco. –Linnex le dio otro mordisco al Ling mei y llamó a la holandesa –Traéme una Hipoka. Creo que cinco, no sé. A veces no veo a Hum Xi en toda la semana -hizo un gesto de resignación -Me gustaría pero el trabajo es como el Orgix ¿no?&lt;br /&gt;-Nadie sabe dónde están sus hijos–acoté –el Orgix mata.&lt;br /&gt;-Mire, LuTe –Linnex terminó la Liliport; la holandesa regresó con la Hipoka, le sirvió y se fue -No sé, tal vez exagero, no me gusta. -comió lo que quedaba del Ling mei y se limpió con la servilleta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Envidié su apetito. Yo no tenía ganas de nada. Ni de oír los gemidos de la perra, ni de respirar, ni de encargarme de una adolescente HC descarriada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Si supiera dónde está iría por ella –siguió sin pasión, sin violencia –No, no sé –agregó y miró la lluvia Intensidad 0.5 de la ISC, que caía en copos blandos y levantaba vapor. Una pareja corría. –Cuándo nos falta la persona que queremos nos arrepentimos ¿no? –me miró a los ojos –Usted me entiende, tiene hijos –y señalando la Leizzen –Eso debe estar caliente, le pido otra.&lt;br /&gt;-¿Cómo estaba vestida?&lt;br /&gt;-Hablé con Xing y con Mali. No recuerdan, no la volvieron a ver. Todas las chicas se visten de la misma manera. Anda por ahí, uniformada –dijo, se dio vuelta para llamar a la holandesa -Nadie nos devuelve el tiempo que perdemos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Li, Xing y Mali. No sé por qué pensé en Lu Shang, la actriz SexFan de Hong Kong Blues y en las series chinas de TeleDig. Y en una boa que tuve que se llamaba Mao.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me miró. Parecía esperar palabras piadosas o gestos de misericordia; Tal vez que le diera la seguridad de que encontraría a Li. Creo que no hice ningún gesto.&lt;br /&gt;-Cuento con usted –agregó y le pidió a la holandesa que le cobrase –Le vendría bien comer algo –sugirió –Esa ropa le queda grande. Si usara traje se parecería a ese actor chino... No recuerdo el nombre.&lt;br /&gt;Esperé que ella le diese el vuelto y que él dejase un par de yuanes sobre la mesa.&lt;br /&gt;-No tengo hambre –respondí –Su mujer podría saber algo.&lt;br /&gt;-Hum Xi está siempre en casa –sacó una tarjeta y me la dio –Llámela. Guardé la tarjeta y nos miramos en silencio, los codos apoyados sobre la mesa. Había parado de llover.&lt;br /&gt;-Es bueno creer en algo –dije.&lt;br /&gt;Metió la mano en el bolsillo y sacó un montón de billetes. Ni los contó. Los puso sobre la mesa, los tomé y los guardé.&lt;br /&gt;-Quién sabe por donde anda –suspiró y miró su reloj –Me voy. Espero su llamado.&lt;br /&gt;Esbozó una sonrisa y se fue. No pude levantarme para despedirlo. No me dio tiempo, no tuve fuerzas. Estaba cansado, débil, quién sabe. Era verdad que tenía que comer. No tenía hambre. Lo vi subir a un auto que se acercó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quedé pensando en nada. En Hato Kai y sus amigos. No sé porqué en mis abuelo&lt;br /&gt;. En la holandesa del bar. En el calor y las lluvias del MetSat. En Buenos Aires. No tenía ganas de volver al Metropol. Podía ir al Paraíso. Ver a Lei Suk, hablar con él, pedirle que averiguase algo. Miré la hora: las nueve y diez.&lt;br /&gt;Saqué los billetes del bolsillo. Hacía mucho que no tenía tanto. Pensé en comprar ropa, pagar el Metropol, huir al extranjero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras caminaba entre las mesas, me acomodé el pantalón. Las ganas de comer vuelven, tarde o temprano. Lo que no vuelve es lo que se pierde para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:lucida grande;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#ff0000;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;continuará&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8078533061348186049-5628634593399598172?l=barderlute.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://barderlute.blogspot.com/feeds/5628634593399598172/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2008/12/las-lluvias-del-metsat.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' 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type='html'>Si tuviera palabras&lt;br /&gt;te escribiría una carta&lt;br /&gt;fechada en Estambul&lt;br /&gt;que no recibirías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las palabras&lt;br /&gt;las di cuando te amé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora escribo versos&lt;br /&gt;hechos de otra cosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;LuTe 2008&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8078533061348186049-4575675310827918942?l=barderlute.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://barderlute.blogspot.com/feeds/4575675310827918942/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2008/12/de-viaje.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/4575675310827918942'/><link rel='self' 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puedo soltarte&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escondes el mapa increíble&lt;br /&gt;de todo un territorio mágico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;John Surgmont 2007&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8078533061348186049-2713164255362851208?l=barderlute.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://barderlute.blogspot.com/feeds/2713164255362851208/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2008/12/perdido.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/2713164255362851208'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8078533061348186049/posts/default/2713164255362851208'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://barderlute.blogspot.com/2008/12/perdido.html' title='Perdido'/><author><name>LuTe</name><uri>http://www.blogger.com/profile/16283436852338003349</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='28' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_s7vDVnVW7YU/SbvKVmd7bMI/AAAAAAAAAAM/qwT4loIYoDA/S220/san+jorge+14.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8078533061348186049.post-3393945059625676725</id><published>2008-12-23T16:33:00.001-08:00</published><updated>2008-12-23T16:33:53.995-08:00</updated><title type='text'>Sobre vos</title><content type='html'>Crujen mis huesos&lt;br /&gt;así escribo&lt;br /&gt;con tormentas a mis costados&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Marcelo Zamboni 2006&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8078533061348186049-3393945059625676725?l=barderlute.blogspot.com' 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